¿Se puede desafiar al petróleo?

Hallazgos tecnológicos, grandes inversiones, conquistas ecológicas: signos todos que anuncian la d
Zacarías Ramírez

No es fácil salir a la defensa del petróleo. Su poder en la economía mundial, antes que servir de equilibrio, ha desbalanceado a países y regiones y en ocasiones ha sido el factor que está detrás de conflictos internacionales. Tampoco ha servido para que países petroleros, como México, salgan de su atraso. Y aparte de todo, ya es visto como un enemigo declarado del medio ambiente.

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¿Se trata de un balance subjetivo? Las cuantiosas inversiones que se llevan a cabo con el fin de desplazarlo parecen decir lo contrario. El propio sector energético tradicional, compuesto por grandes empresas privadas y estatales, reacomoda sus piezas para enfrentar las transformaciones en curso, y más aun, financiarlas. Tan sólo al desarrollo de celdas de combustible, que revolucionarán los conceptos automotrices dentro de unos años, se podrían estar destinando más de $1,000 millones de dólares anuales, calcula Pablo Mulás, especialista en energía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La aparición en el mercado de autos que usen estas celdas, lo que se espera ocurra en unos cinco años, será la mejor evidencia ante los consumidores de que el mundo registra una revolución energética.

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El de los automóviles será un caso visible, pero no el más relevante. Los mayores esfuerzos se orientan al desarrollo de tecnologías para generar electricidad por métodos distintos a los convencionales, basados en carbón y petróleo. Se trata del sector de más rápido crecimiento y el que representa el mayor reto financiero para el futuro, de acuerdo con la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés). Ampliar la capacidad energética en el periodo 1995-2020 –unos 3,475 Gigawatts, de los cuales China requeriría la mitad y los países de la OCDE una tercera parte– exigirá algo así como $3.3 trillones de dólares (de los de 1990), según proyecciones de la agencia.

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Nuevos caminos
Algunas de las tecnologías para la generación eléctrica no son tan nuevas. Es el caso de la energía nuclear, que hizo su aparición comercial hace cerca de tres décadas. Sin embargo, los especialistas consideran que tiene un papel importante que jugar –sobre todo en regiones donde su utilización ha sido limitado, como es Latinoamérica–, principalmente porque las restricciones ecológicas le darán ventajas sobre otros métodos de generación. Sin embargo, el grueso de la población la sigue percibiendo como una tecnología peligrosa, y construir nuevas instalaciones es altamente costoso.

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La geotermia apareció en fechas más recientes. Este tipo de energía se produce aprovechando las anomalías térmicas en la estructura geológica de la corteza terrestre, siempre que coincida con la presencia de un acuífero subterráneo y una roca impermeable que impide que agua fría invada la zona cálida (reservorio). No es peligrosa, pero su potencial de generación es limitado. Para el año 2000, se calcula que la capacidad instalada en centrales geotermoeléctricas llegue a 1,270 megawatts en América Latina, donde la demanda será del orden de 250,000 megawatts.

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La energía eólica es también una alternativa. Su funcionamiento depende de que el viento corra a alta velocidad, lo cual, aún en los sitios con mejores condiciones, se logra de manera intermitente. Esta situación limita el aprovechamiento de la capacidad instalada y afecta el precio final al consumidor. Sin embargo, la instalación de plantas de mediana capacidad podría mejorar su rentabilidad.

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Una tecnología cuya popularidad es más alta que su desempeño es la solar.  Puesto que funciona a partir de la captación de radiaciones intensas, cuanto  mayor es el área de impacto más alta es la capacidad de generación. Por este motivo, se habla de crear una red de zonas de captación, pero no existe todavía. Y pese a que hay distintas modalidades, ninguna resuelve el problema central, su costo: produce al doble de precio que la tecnología convencional.

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Otra posibilidad es la biomasa, que se alimenta de dos fuentes: los bosques y los desechos sólidos agrícolas y urbanos. Paradójicamente (pues vuelve al tema de la madera), este es uno de los métodos con más potencial. Comienza con la administración de bosques de baja calidad y el aprovechamiento de bosques degradados (en México hay 22 millones de hectáreas en esta condición, según Mulás) para obtener cosechas bioenergéticas; también se pueden emplear desechos de cultivos, como ocurre con el bagazo de caña. Sin embargo, se le puede señalar como un sistema que atenta contra la biodiversidad –que en efecto, está en deterioro–. Los desechos sólidos urbanos e industriales son, en cambio, indefendibles y abundantes (México produce sobre 18.4 millones de toneladas anuales), de ahí que la producción de biogas en rellenos sanitarios se perfila como una posibilidad viable.

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¿Quién paga?
Pero una cosa es el regocijo con estas nuevas y más limpias tecnologías, y otra muy distinta pagar por ellas. Antes de comercializarlas y recuperar la inversión, cada una debe pasar diferentes etapas. Primero son las pruebas de laboratorio, dice el investigador, para demostrar que el proyecto funciona; luego, el paso a una planta piloto, para verificar su operatividad a mayor escala; finalmente, la etapa de demostración, donde a la factibilidad técnica se añade la viabilidad financiera.

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Otra condición –insalvable– para llegar a la comercialización es el control de los costos, un asunto del que se esperan resultados satisfactorios en la primera década del próximo siglo. Los avances serán distintos en cada desarrollo. En tecnología nuclear, por ejemplo, serán mucho mayores que en el caso del carbón; pero aun así, sólo las nucleoeléctricas con los costos más bajos del mundo (en China, se dice) podrán igualar a una planta de carbón. (Aunque Japón está rompiendo este patrón mundial: es el único país donde los costos de operación de una de planta nucleoeléctrica son menores a los de una carboeléctrica, de acuerdo con la OCDE).

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Bajar los costos no sólo es una cuestión tecnológica, también intervienen los mercados. Los especialistas han notado que en unos cuantos países la estabilidad en los precios de combustibles fósiles (como es el petróleo) cambia la posición de cada tecnología en el ranking de los métodos alternos; pero en la mayoría de los casos, la producción a base de carbón y de gas es la que termina favorecida con dicha estabilidad de precios, pues ambas mejoran su competitividad frente al método nuclear, y en el caso del gas puede también mejorarla con respecto al método de carbón. “Individualmente ninguna de las tecnologías es económicamente la mejor en todos los países”, apunta Mulás.

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En razón de los montos de inversión requeridos y la longevidad de los proyectos energéticos, la condición económica de los países es también determinante. “(El energético) es un mercado controlado por el largo plazo –añade–, algo que los economistas generalmente no entienden.” La evidencia que ofrece es tan grande como el subcontinente latinoamericano. Estos países, dice el investigador y representante de la región ante la IEA, se proponen crecimientos anuales de 5% y, para eso, la energía eléctrica debe crecer en 7%. A ese ritmo, la capacidad instalada debe duplicarse cada 10 años, cuadruplicarse a los 20 y octuplicarse a los 30.

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Y 30 años, precisamente, es el plazo promedio en el que maduran los proyectos energéticos. ¿Puede México, un país que invierte en investigación tres veces menos que lo que gastaba hace algunos años una sola firma japonesa (Hitachi), hacer frente a proyectos de esta naturaleza? Y en el remoto caso de que pudiera hacerlo, ¿cómo se comportarían los mercados?, pregunta Mulás a los economistas.

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Siglo XXI SA
Que no son las empresas estatales las más doctas en el control de costos es una de las pocas conclusiones con las que el sector energético arribará al primer día del próximo siglo. Ello explica la ola privatizadora que recorre el mundo. Pero, ¿qué tienen que ofrecer las compañías privadas?

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Su primera respuesta ha sido la integración. El gas ofrece el ejemplo más elocuente. Las compañías petroleras y gaseras comienzan su colaboración “aguas abajo”, en la extracción, lo que les da, por lo menos, dos ventajas. Pueden capitalizar, a un precio estable y a mediano plazo, sus reservas antes de desarrollarlas, y pueden, también ofrecer productos de mayor valor agregado para conservar su mercado. En un principio desdeñado por la falta de mercados organizados y el alto costo de transportación, el valor añadido del gas se ha ido concentrando, desde los años 80, en el servicio al consumidor final, al tiempo que los precios en pozo experimentaban fuertes descensos: otro factor que favorece la integración.

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Con las nuevas tecnologías, el gas se ha vuelto estratégico en la generación eléctrica, por lo que la integración entre petroleras, gaseras y empresas de electricidad está yendo más lejos que una simple unión. Están en gestación las llamadas compañías multifacéticas. Integran completamente el negocio energético, desde las reservas de gas hasta la venta de gas y electricidad al cliente final. De acuerdo con un documento dado a conocer en la Conferencia Latinoamericana de Energía, realizada en octubre pasado en Madrid, España, las sinergias existentes entre gas y electricidad representan una excelente oportunidad para llevar a cabo una reestructuración de actividades, disminuyendo al máximo los costos estructurales y comerciales.

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Estas compañías estarán en posición de ofrecer soluciones globales a sus dos clases de clientes: gestión del riesgo a industriales, y facturación única a domésticos. La alianza entre la española Repsol (con experiencia en el negocio del gas), Amoco (infraestructura de superficie: transformación y distribución) e Iberdrola (mercado eléctrico) responde a esta lógica.

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Las integraciones energéticas han alcanzado a las automotrices. En abril de 1998, Daimler Benz (hoy DaimlerChrysler) y Ford firmaron una alianza global con Ballard Power Sistem, de Canadá, para el desarrollo de celdas de combustible. La inversión conjunta en el proyecto suma más de $700 millones de dólares. El acuerdo establece un intercambio de acciones entre Ballard y DBB Fuel Cell, el fabricante de celdas propiedad de DaimlerChrysler; Ford, a su vez, compra participación en ambas y compañías e inyecta $420 millones de dólares a la alianza.

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Esencialmente, la idea es desarrollar una fuente de energía que abastezca, a bordo, las necesidades del vehículo en su totalidad –que en el futuro serán superiores a las actuales, debido a los nuevos aparatos de telecomunicaciones con que serán equipados–. El acuerdo hubiese sido imposible de prever hace 10 años. Las apuestas en ese entonces eran por las baterías de litio, que utilizarían los vehículos eléctricos. Cuando Ballard desarrolló sus celdas, que transforman la gasolina en hidrógeno, la batería comenzó a perder terreno. Simple y llanamente, las automotrices voltearon la mirada hacia la nueva tecnología.

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Los que más pierden con esto no son, sin embargo, los fabricantes de baterías, sino las petroleras. Las celdas de combustión mejoran la eficiencia de la gasolina: en los motores actuales, la eficiencia es de 25%; con las celdas aumentará al doble. Pero no en todos los casos se le puede hacer al petróleo un desaire como este. Las inversiones que se han hecho desde su aparición son incuantificables, además de que, señala Mulás, las que se realizan en el sector energético son de largo plazo. Además de que el gas, elevado ya a la categoría de combustible estratégico, lleva petróleo en la sangre: representa 60% de sus costos totales.

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En otras palabras, los hidrocarburos seguirán dominando el mundo de los energéticos. Hay cambios con una gran inercia, concluye el especialista de la UNAM, pero no una revolución energética.

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El petróleo se defiende solo.

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