¿Secretario o secretaria?

Si llamas a la oficina de un director general y te contesta una voz masculina no te sorprendas: tene
Sam Podolsky

La práctica surgió hace tiempo en el sector público e inadvertidamente se generalizó de tal forma que ahora, cuando deseamos hablar con un funcionario prominente –digamos, un secretario de Estado– lo primero que hacemos es buscar a su secretario particular. De entrada lo reconocemos como el intermediario natural.

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Secretario, a tus secretos
La tendencia a contratar a un secretario particular obedece a la necesidad de que alguien maneje los asuntos delegables que en principio le tocarían al funcionario público o al empresario de alto nivel. Y tal vez así sea: a las funciones que tradicionalmente desempeñaba la secretaria particular le agregaron nuevas responsabilidades y le pusieron traje y corbata. La asistente femenina se sigue ocupando de atender las relaciones cercanas del director general, las que lleva con quienes intima en relación al trabajo. Ella identifica quién llama a la oficina y reconoce el vínculo: su sensibilidad entiende y sabe cómo atender; es la persona que a nombre del superior se dedica a organizar reuniones y eventos, está al tanto de las comidas del jefe y sugiere los menús; a ella corresponde en ciertas ocasiones seleccionar, comprar y enviar regalos con una tarjeta que lleva el nombre del directivo.

A nadie sorprende que una voz femenina informe telefónicamente: “Ay, fíjese que en este momento el señor director no lo puede atender porque…” Esa es la actitud de una secretaria. De ella esperamos cordialidad, su espontaneidad nos endulza el fallido intento de comunicarnos. En cambio, si contesta un secretario particular, dirá simplemente: “Está ocupado.”

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Éste se permite increpar a los directores de área o a los colaboradores inmediatos del jefe: “Los datos que mandaste están incompletos. Los estoy revisando y sé que no le van a agradar. Falta información.” El secretario particular procede como si tuviera dominio tanto sobre el superior como sobre nosotros.

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Mientras el nuevo cargo se generaliza, nos falta el nombre correcto. Con uno de esos bautizos provisionales que usamos en español y que corren el riesgo de fijarse para siempre en el habla coloquial, lo llamamos “secretario particular” para diferenciarlo de la secretaria particular. En inglés lo designan con un término más propio, le dicen chief of staff y así lo reconocen en la generalidad de gobiernos corporativos.

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Si en vez de aquel nombre le designáramos al puesto “jefe de asuntos de la oficina del director”, el vocablo sería más propio, aunque largo e impráctico. Si lo llamáramos “asistente personal” o “asiste del director”, se abarataría: son nombres incongruentes para alguien tan próximo al jefe. Además, no es asistente en el sentido porfiriano de servir al patrón. Tampoco vale traducir literalmente el término del inglés: “jefe del staff” sería inexacto porque no es jefe de nadie, es el filtro para ciertos asuntos entre el director y el resto de la organización.

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La revancha de Eva
Conformarnos con la denominación feminista y derivar el sustantivo masculino del femenino equivale a tomar revancha sobre la historia bíblica del origen de Eva a partir de una costilla de Adán: del nombre de la secretaria particular ha nacido el término para denominar al secretario particular.

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Como hay tal diversidad de circunstancias entre una empresa y otra, cada quien adecua el puesto del secretario particular como le viene en gana. Aun sin ponerse de acuerdo, todos los ejecutivos coinciden en explotar las diferencias culturales entre el papel femenino y el masculino para aumentar el peso específico de su autoridad sobre la organización mediante el trato indirecto.

Hay que reconocer el nuevo puesto y buscarle un nombre apropiado. De esta manera, la cuestión del género –a la que somos tan sensibles en la cultura latina, que reconoce el poder en el puesto per se– recobrará la equidad que se merece.

Sam Podolsky es presidente de Gobernabilidad Corporativa.
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