¿Ésta u otra política económica?

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León Bendesky

El modelo económico aplicado en México desde 1982 ha tenido un carácter eminentemente financiero. Hasta el Tratado de Libre Comercio es, en esencia, un acuerdo sobre flujos de inversión, en el que el aumento y la composición del intercambio aparece como un asunto derivado de las formas de financiamiento. Ese modelo ha sido muy restrictivo para la economía nacional y su agotamiento exige plantear abiertamente alternativas para atender el aspecto crucial del desempeño de la economía, a saber: la creación de riqueza.

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La aplicación de la política económica durante ya casi 15 años ha metido al país en un bache de crecimiento del que no es capaz de salir. En ese sentido, el modelo tiene grandes insuficiencias para hacer compatibles las necesidades del crecimiento interno con las condiciones de funcionamiento de los mercados internacionales. Esto se expresa en las grandes diferencias sectoriales que se han generado, mientras que no ha habido una transformación efectiva de la estructura productiva que permita fincar las fuentes nacionales de producción y las formas de acceder a una duradera competitividad externa.

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El asunto se remite a las definiciones de carácter estratégico que se han adoptado acerca de la gestión económica, al privilegio que se ha dado a las variables financieras y las formas como se han negociado cuestiones cruciales del funcionamiento de esta economía, por ejemplo, la deuda externa y la apertura. En ocasiones parece que, más que negociar, el país ha acabado por convalidar situaciones que han limitado severamente los márgenes de acción del gobierno, las empresas y la sociedad.

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Hoy, la debilidad del nuevo peso se ha convertido en una expresión clara de las limitaciones del modelo económico vigente. Seguirle administrando inyecciones financieras no remediará el origen de la enfermedad, que es la incapacidad de crear las condiciones solventes para la producción. La política del sexenio anterior, en la que el tipo de cambio funcionó como ancla nominal de la gestión monetaria, no logró liberar las condiciones del mercado de dinero para apoyar la producción. Las tasas reales de interés nunca se convirtieron en una condición que promoviera la actividad económica. La crisis desatada con la devaluación de diciembre de 1994 puso de manifiesto esa limitación. El ajuste recesivo por la vía de la violenta restricción del crédito aplicada durante todo este año ha puesto a la economía en la peor de las situaciones, con niveles de tasas de interés que superan ya 60% anual.

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La inestabilidad reciente de los mercados financieros no obedece a una falta de claridad en las acciones del gobierno. Al contrario, esas señales han sido nítidas y los agentes del mercado no han hecho sino actuar de manera consecuente, incluso descontando las expectativas que la propia política económica va creando. En esto su capacidad de respuesta ha sido muy grande y supera las posibilidades de gestión gubernamental en un escenario en el que lo financiero predomina. El tiempo para un ajuste productivo es necesariamente más largo y, por ello, la producción de bienes y servicios no puede contra los embates de los rápidos acomodos del tipo de cambio y las tasas de interés. Aquí no cabe ya más la propuesta teórica acerca de cómo operan los mercados o incluso la afirmación de que la situación marcha bien porque cuadran las cuentas macroeconómicas. Esto significa una especie de refugio político a partir de sostener que los mercados son imperfectos, pues sobre esa premisa se espera, precisamente, que actúe la política económica.

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Esta sociedad requiere de acuerdos básicos -no necesariamente pactos o alianzas- acerca de los compromisos que representa la gestión monetaria. Esto involucra plantear cuánta inflación estamos dispuestos a aceptar a cambio de que crezca la producción y se generen empleos. Qué medidas específicas se usarán para alentar esa producción -que hasta ahora ha sido dejada a un ajuste a merced de la asignación de los recursos por el mercado y que ha sido sumamente ineficiente- La política financiera del país no se ha acompañado de medidas complementarias en la esfera productiva y carecemos de un marco fiscal que aliente la producción o de cualquier acción referente a una política industrial. Es necesario descorrer el velo monetario que cubre a la economía mexicana.

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El autor es socio-director de ERI, SC, Consultores

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