¿Todos a escena?

Nuevas empresas y reformas legalesruedan el despegue del cine mexicano. El reto de los productores e
Jesús Hernández

La luz de la pantalla está cada vez más cerca del cine mexicano. Durante las últimas cuatro décadas los productores nacionales transitaron entre los oscuros de su debacle y los efímeros claros del resurgimiento. Hoy la situación es diferente: nuevos jugadores con visión empresarial, y adecuaciones fiscales y legislativas allanan el camino para que la fábrica de sueños se convierta en industria y deje de añorar una época de oro, que hace mucho dejó de brillar.

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Medio siglo atrás la producción de cine mexicano mantenía un ritmo de cien películas por año, que se exportaban a Centro y Sudamérica y a España. En la actualidad, sólo de 14 a 20 cintas llegan cada año a la exhibición y difícilmente alguna trasciende los límites de las pantallas nacionales.

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El fenómeno no es privativo de México. Un estudio de la empresa española Media Research & Consulting (MRC), señala que en 1999, sólo uno de cada 20 filmes iberoamericanos se exportó y, de cualquier forma, 90% de su recaudación provino de su mercado de origen.

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Esto se debe, según MRC, a que el público de la región está inundado por cintas estadounidenses que ocupan 77% del tiempo de pantalla, en tanto que las películas locales sólo cuentan en promedio con 10% del espacio. El resto se divide entre las cintas europeas (9%), el cine hispano o latinoamericano no nacional (2%), y de otras nacionalidades (2%).

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Ante este panorama, los productores mexicanos enfrentan el reto de revertir las tendencias regionales para inclinar la balanza a su favor.

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Allá en la pantalla grande

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Ignacio Cervantes, director de Consultoría Cinematográfica, explica que la caída del cine nacional sobrevino, entro otras razones, porque en los años 60, cuando el Estado tomó el control de la producción a través de instituciones como el Banco Cinematográfico, Conacine o Conacite 1 y 2, los productores perdieron el interés por hacer películas. Esto sucedió debido al favoritismo y la corrupción en la asignación de recursos para nuevos proyectos fílmicos, y también porque los productores obtenían créditos fáciles, con la única garantía de entregar una producción terminada, y con ello se daban por satisfechos, sin preocuparse por hacer rentable la actividad.

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Héctor Bonilla, actor y productor de la cinta Rojo Amanecer, recuerda que antaño los productores no sólo tenían que preocuparse por el financiamiento, había que buscar consenso entre los políticos que consideraban "una papa caliente al cine" y pagar "vitaminas" (dinero a los sindicatos y programadores de salas) para que la película no saliera de pantalla en una semana.

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La crisis económica de los años 90 repercutió en la reducción del número de salas de exhibición, que pasaron de casi 5,000 en 1990 a 1,300 en 1994. La entrada de empresas como Cinemark, Cinemex y la expansión de Organización Ramírez amplió nuevamente el mercado a su tamaño actual de 2,600 pantallas, con lo que los filmes nacionales, aunque escasos, lograron mayor injerencia en la recaudación.

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Entre 1999 y 2000 la presencia del cine mexicano en las salas cinematográficas capitalinas (que conforman 55% del mercado nacional) se incrementó de 8 a 14%, mientras que la recaudación nacional de taquilla para las cintas locales se elevó de $86 millones de pesos a $159.4 millones.

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Películas como Sexo, pudor y lágrimas (1999) y Amores perros (2000) se convirtieron en grandes recolectoras de ingresos ($47.5 y $45.5 millones de pesos, respectivamente), compitiendo codo a codo con las cintas estadounidenses más taquilleras de esos años: Tarzán (1999; $46.6 millones) y Dinosaurio (2000; $55.9 millones).

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Logros económicos como estos –explica Ernesto Rimoch, presidente de la Asociación Mexicana de Productores Independientes (AMPI)– son "la zanahoria que mueve a los productores a continuar dentro de un negocio de alto riesgo como el cine, pues no existen fórmulas que garanticen el éxito o fracaso de una película".

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Hoy, el costo promedio de un filme en México oscila entre $800,000 y $2 millones de dólares, y permite el retorno de la inversión en un plazo de 18 a 30 meses, una vez que la película transitó por la pantalla.

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Sin embargo, aún cuenta con otras oportunidades para su recuperación, como la venta y renta en video, la programación en televisión de pago por evento, la señal de cable o satélite, la televisión abierta y la posible exportación del filme para recorrer este mismo camino en otros países.

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La respuesta a la cinta en la pantalla grande es básica para determinar el éxito de comercialización en las siguientes ventanas, "de ahí que los productores echen toda la carne al asador en el estreno en cine", comenta Rimoch.

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Estima que de cada 20 filmes que se realizan quizá tres logran utilidades, una decena consigue recuperar la inversión con el paso de los años en las "ventanas" posteriores a la pantalla y el resto registra pérdidas.

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Hacienda, un rollo aparte

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Alejandro Ramírez, director operativo de la exhibidora Organización Ramírez, relata que en 1996 su empresa quiso participar de la reactivación del cine nacional apoyando con $2 millones de dólares a la producción del filme El Cometa. La cinta no recuperó, en parte por la crisis y porque no había instrumentos legales que ayudaran a lograrlo, pero dejó a la compañía una dimensión muy clara del alto riesgo de ese tipo de inversiones.

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Hoy Ramírez cree que las empresas exhibidoras pueden encontrar en el cine una opción de negocio viable, si crean una división especial para ello y se consolidan los mecanismos legales necesarios para el funcionamiento de esta parte del negocio fílmico.

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Algunos de estos mecanismos ya está en marcha: en 1998, la aprobación de una nueva Ley de Cinematografía permitió, entre otros conceptos, 10% mínimo de tiempo en pantalla dedicado al cine nacional (en la ley de 1992 la protección era nula); la creación de Fidecine, un fondo gubernamental de apoyo a la producción, que contará con $100 millones de pesos, y abrir la puerta a estímulos fiscales (artículo 31) a todo aquel que produzca, distribuya, exhiba o promueva el cine mexicano.

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A decir de María Rojo, actriz y principal impulsora de la ley ante el Congreso, las reformas que se consiguieron no son suficientes para garantizar el desarrollo de una industria: "Fue lo que se pudo."

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Quedó de lado la redistribución de los ingresos de taquilla, donde el productor es el último en recibir dividendos (se tarda entre 12 y 18 meses en obtener dinero de la película). Tampoco pasó la propuesta para que recibieran –como en otros países– un porcentaje de los ingresos generados por la publicidad de las televisoras durante la exhibición de sus filmes en la pantalla chica, un esquema que se había sugerido para apoyar la realización de nuevos rodajes.

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Daniel Birman Ripstein, director financiero de la productora Alameda Films, considera que la televisión podría ser el detonante de la industria nacional, si se adoptan las formas de financiamiento de Francia y España, donde además de contar con parte de las utilidades publicitarias de las televisoras, éstas participan directamente en la inversión de filmes.

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Según Cervantes, a las televisoras mexicanas no les interesa participar en el cine, en parte por el riesgo de las inversiones y además por el bajo costo que pagan por la explotación de hasta 10 años de una cinta (entre $150,000 y $200,000 pesos).

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En respuesta, Eckerhardt von Damm, director de Televisa Cine, alude que el corporativo invierte en filmes sin necesidad de ley alguna que lo obligue. La prueba es que "Televisa fue el único jugador que no se retiró ni en los momentos de peor crisis del cine."

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En cuanto a los estímulos fiscales de la nueva ley, Cervantes comenta que la decisión de fijar los porcentajes corresponde al Poder Ejecutivo y aún no se han dado a conocer, aunque la intención de algunos productores es conseguir hasta 30% de deducibilidad de impuesto acreditable aplicado a la inversión cinematográfica.

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Anteriormente, una inciativa de la AMPI logró una adecuación fiscal a la Ley del Impuesto sobre la Renta (ISR) en la que se permite a los productores considerar una película como producto y no como activo, tal como se le concebía desde 1963.

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El beneficio de la reforma –explica Alfredo Nava, presidente de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (Canacine)– es que el productor puede deducir fiscalmente sus costos de producción en el mismo año de realización en vez de en cinco, lo que redunda en mayor liquidez y facilita la reinversión en nuevos proyectos.

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Nuevos productores, rumbo a la otra conquista

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Bajo esta perspectiva, el mercado ha resultado atractivo para nuevos productores como Altavista Films, Titán Producciones o Argos Comunicación, que gracias al respaldo de grandes corporaciones o con ideas novedosas para financiar sus proyectos ven en la producción cinematográfica un plan de negocio a mediano plazo.

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Federico González Compeán, director de Estudio México Films (controladora de las acciones de Altavista), señala que para lograr una mayor rentabilidad para el cine mexicano se requiere construir una industria que deberá ocupar entre 40 y 50% de las salas cinematográficas con filmes nacionales en un plazo de siete a 10 años.

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Actualmente, una cinta estadounidense se estrena en México con 150 o 200 copias que representan $300 mil dólares de costo, además de un promedio de $1.2 millones de pesos de gasto en publicidad. Según Compeán, el cine nacional debe intentar competir en igualdad de condiciones con los filmes estadounidenses, tanto en el lanzamiento como en la presencia constante de títulos, de tal forma que "al final no importe si son películas chicas o grandes, sino el porcentaje de bateo".

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Para Matthías Ehremberg, director de Titán, la fórmula consiste en ampliar la base de espectadores (hoy calculada en 130 millones de asistentes) y generar un flujo constante de películas con diversidad de temas para crear una presencia en el mercado que garantice su distribución y consumo.

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Tras la experiencia de Sexo, pudor y lágrimas, cinta de la que Titán fue socia mayoritaria, la productora adoptó mecanismos como el patrocinio de inversionistas privados tanto para completar el financiamiento de los filmes, como para ayudar a los gastos de lanzamiento, pues de esa forma las películas pueden asegurar una mejor salida al mercado.

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Inna Payán, directora de la subsidiaria de Argos Comunicación, Argos Cine, cree que la mejor forma de invertir es crear sinergias entre productoras, porque de esta forma se diversifica el riesgo y cada compañía aporta de acuerdo a sus posibilidades, en especie o capital.

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La ventaja de casas como Altavista Films, Televisa Cine y Argos Cine es que dentro de sus corporativos cuentan con empresas o divisiones filiales que facilitan el acceso a otras ventanas de comercialización, como la distribución o la salida a televisión y video.

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El otro cine

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Aunque los mecanismos para la comercialización de las cintas son semejantes en todo el mundo, los productores dedicados al cine de aliento artístico tienen otros instrumentos a su alcance. Para éstos, la comercialización del filme en el mayor número de países para su exhibición en pantalla y televisoras culturales constituye un nicho de mercado perfectamente determinado, que se deriva de los festivales internacionales.

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Jorge Sánchez, director de Amaranta Producciones, señala que en este tipo de cine apuestan a la coproducción internacional (por la reglamentación de tratados globales hasta con cinco países) que les garantiza la distribución en un mayor número de territorios.

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Él se transformó en empresario, confiesa, ante la necesidad de crear nuevas compañías que completen la cadena de comercialización de sus películas, pues al no tener un gran acceso al gran público, "esta infraestructura se convierte en la forma de sobrevivir en el mercado".

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Al igual que algunos filmes comerciales, las cintas de arte utilizan fondos estatales de financiamiento para lograr su cometido. Aunque por sí solos los fondos no son la solución para crear una industria, explica, inciden en el incremento del número de películas, cuyo volumen y variedad es lo que contribuye a crear una industria.

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"Hay que recordar –invita Birman, de Alameda Films– que el cine, además de director y productora, tiene una nacionalidad. Se trata de un producto que además de ser negocio es también cultura y reflejo de nuestra identidad. De ahí que su subsistencia sea de interés nacional."

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