¿Un tratado a la deriva?

Ya van dos años con acuerdo comercial —anunciado como el gran salvador— y los anaqueles europeos
Marco Appel / Bruselas

Céline está resignada: cuando va al supermercado ya no busca ni compra productos mexicanos, ni siquiera los más típicos que tanto le gustaron durante su estancia en el Distrito Federal. Sabe que chiles en conserva, salsas y tortillas son siempre de marca estadounidense, y lo poco auténtico que encuentra en Europa es caro. Un limón veracruzano le cuesta $0.50 dólares, casi el doble de uno africano; un aguacate mexicano vale $1.62 dólares, el israelí $0.71. Lo mismo ocurre con el kilo de plátano: el colombiano está a $2.25 dólares; el de México a $3.60.

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¿Y qué decir de las bebidas que son orgullo nacional?: el costo de una cerveza es 70% mayor al de sus competidoras estadounidenses y el precio de una botella de tequila de segunda clase puede superar el de un whisky de prestigio. Céline, una chica francesa residente en Bélgica desde hace dos años, ha llegado a la conclusión de que le da igual que México y la Unión Europea (UE) tengan un Tratado de Libre Comercio (TLC) desde el 1 de julio de 2000.

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Los productos de consumo final mexicanos, muchos de ellos ya con desgravación arancelaria completa, y con ese enorme mercado potencial que representa la UE, parecen tener una gran dificultad para competir en precio con los de otros países.

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Ignacio Martínez, director de Investigación en la Asociación Nacional de Importadores y Exportadores de la República Mexicana (ANIERM), estima que de las 1,200 empresas que la conforman, no más de 50 fueron lo suficientemente motivadas por el Tratado para saltar el charco y colocar sus artículos.

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Por otra parte, el hecho de que solamente 6% de la oferta exportadora a la UE la cubran pequeñas y medianas empresas, cuando 95% de los establecimientos comerciales en el país son de este género, es una señal de que hace falta mucho por hacer para cumplir con la promesa de que con el acuerdo comercial ellas tendrían mayores posibilidades de intercambio con Europa.

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Martínez conoce bien el mercado europeo porque residió en Francia y Gran Bretaña, y piensa que estos dos años han sido suficientes para que el gobierno mexicano se dé cuenta que debe invertir en infraestructura y lanzar un esquema de desregulación de permisos de exportación que permita a las compañías reducir tiempos y costos, “con el fin de que en los supermercados europeos podamos competir” con los demás productos.

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Un balance realizado por Eurostat –la oficina de estadística comunitaria–, estima que las exportaciones mexicanas a la UE crecerán 50% y de las ventas europeas 33% en el segundo año de vigencia del tratado (julio 2001 junio 2002) con respecto al año previo a su entrada en vigor (julio 1999-junio 2000).

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Sin embargo, según datos de la Secretaría de Economía (SE), en 2001 las ventas mexicanas al Viejo Continente cayeron 5%.

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La participación en el mercado comunitario de las exportaciones mexicanas no ha podido brincar la barrera de 0.7% desde hace al menos 22 años. Y como México no pasea por Europa como Juan por su casa, aunque sea con un TLC bajo el brazo, las exportaciones de otros 29 países fueron más significativas que las suyas, que ascendieron a $7,208 millones de dólares el año pasado, según las aduanas del viejo continente (aunque el dato oficial aquí es de $5,352 millones).

Por otro lado, Eurostat señala que para la UE el mercado mexicano fue en 2001 recipiente de 1.5% de sus exportaciones totales ($14,815 millones de dólares), un porcentaje apenas dos décimas por arriba del que tenía en 1980 cuando la integraban 9 países (sin España) y no los actuales 15. ¿Se trata del mismo TLC “histórico” que los funcionarios europeos han calificado de ser “el más ambicioso de los negociados con terceros países”? ¿El que inició “una nueva era” en las relaciones bilaterales?

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Dependencia vigente
El gobierno de Ernesto Zedillo justificó la negociación del TLC con los europeos con una palabra: diversificación; la alternativa real a nuestra superdependencia de la economía estadounidense. El régimen de Vicente Fox la retomó e incluso personalmente habló a los hombres de negocio europeos en enero de 2001, en Davos, sobre la urgencia de acrecentar ese intercambio comercial como contrapeso a la recesión de la unión americana que entonces se avecinaba. La mesa estaba servida: unas puertas se medio cerraban, otras se abrían.

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Desafortunadamente todo se quedó en un muy aplaudido discurso. México dejó de percibir por la caída de las compras del vecino país del norte $7,286 millones de dólares en 2001, 4.6% de las exportaciones totales, de acuerdo con cifras de la SE; en lugar de compensar esta caída, las ventas de productos mexicanos a los europeos cayeron $269 millones de dólares. Según datos de Eurostat, que tiene una medición diferente, por mercaderías efectivamente ingresadas, hubo un aumento de $200 millones de dólares, que de todos modos representa únicamente 2.7% de la merma registrada en el comercio con la unión americana.

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El comercio hacia Latinoamérica sí se acrecentó ($208 millones de dólares), y se guardaron para mejores tiempos los proyectos de aventurarse al otro lado del Atlántico.

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El panorama no abriga esperanzas de cambio: Estados Unidos absorbe 88.5% de las ventas mexicanas al exterior, y con su recuperación económica todo apunta al reforzamiento de ese cordón umbilical; mientras, los europeos sólo compran 3.4%, una participación que se mantuvo igual de 2000 a 2001, y que es menor incluso a la que existía en 1999 y de 1997 hacia atrás.

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Para que la proporción de la UE en el total de las exportaciones mexicanas aumente un punto porcentual por año durante un quinquenio, y suponiendo que las ventas globales se incrementen a la misma tasa en que lo hicieron desde que comenzó el Tratado con América del Norte, el monto de ese flujo comercial hacia el viejo continente tendrá que crecer a un ritmo de casi 40% al año, una meta que no parece muy realista, dadas las dificultades encontradas hasta ahora.

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Aún así, los funcionarios de la SE en Bruselas confían en que el TLC con Europa “madurará” en otros cuatro o cinco años, siempre y cuando la economía global marche sin sobresaltos de consideración. El embajador de México ante la UE, Porfirio Muñoz Ledo, formula un escenario ambicioso, pero poco probable, al calcular que una décima parte de las exportaciones nacionales irán a ese continente en 2010.

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Concentración
También existen pesadas críticas al TLC en cuanto a la composición de la lista de productos mexicanos que se exportan, que es tildada de “altamente concentrada y desfavorable” por las 80 organizaciones no gubernamentales agrupadas en la Red Mexicana de Acción frente al Libre Comercio (RMALC). Los 15 principales productos de venta a la UE acaparan 57% del total, y ocho de ellos provienen de sólo tres sectores: petróleo y derivados, automotriz e informático.

Las exportaciones petroleras a la región ascendieron a $1,198 millones de dólares en 2001 y representaron para México 22.4% del total, según la SE; el crudo sigue siendo la joya de la corona a pesar de que se busca “despetrolizar” la economía. Para la UE, sin embargo, éstas no son de vital importancia porque casi la totalidad de sus necesidades energéticas –arriba de 98%– las cubren Noruega, Rusia y países árabes de Medio Oriente y África, por lo que la caída en las ventas de oro negro (en 2000 fueron de $1,500 millones de dólares, indica Eurostat) no debiera tomarse con ligereza.

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La medalla de plata es para el sector automotriz, que representa 17% de las compras que la UE hace a México, y 8% de las ventas. Sin embargo, una vez más se impone el abismo: en 2001, la cantidad que el bloque europeo compró a los mexicanos en vehículos representó sólo 2.3% del total que adquiere en el mundo, y lo que le vendió significó 2.6% del total.

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Algunas mercancías muestran incrementos espectaculares. Por ejemplo, la tasa de 3,800% de crecimiento que obtuvieron las exportaciones de preparaciones aromáticas; pero en el total no tienen incidencia: antes eran de $1,1 millones de dólares y hoy de $44 millones (0.8% del total).

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Las importaciones europeas están más diversificadas: los automóviles y sus partes, los artículos relacionados con la telefonía y las telecomunicaciones son los mejor apreciados en el mercado nacional, sin que éstos en conjunto superen 10% del total.

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Sergio Gómez-Lora, el jefe consejero de la SE en Bruselas, no está preocupado. Afirma que en este caso lo relevante no es la composición de las exportaciones ni el abundante déficit comercial con la UE ($10,813 millones de dólares, el más alto de México considerando los saldos por regiones) ya que éste se está generando porque el país está comprando bienes intermedios –como lo demuestra el aumento en maquinaria, equipo no eléctrico y equipo de transporte–, que impulsan la modernización de la planta productiva nacional y generan empleos.

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Alfonso Moro, representante de la RMALC en París, tiene otro punto de vista sobre quiénes son los que se benefician del Tratado: “Seis de los principales productos que exportamos los fabrican empresas de capital europeo.” Para él, se repitió el modelo del TLC con Estados Unidos y Canadá porque 48% de la oferta exportable a Europa proviene de la maquila. “No se previeron medidas que reflejaran más claramente las disparidades que hay entre México y la mayor potencia exportadora a escala mundial, por encima de la unión americana, que es la UE.”

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Inversiones dispares
¿Cuál ha sido el comportamiento de inversionistas mexicanos y del viejo continente ante el TLC? Un alto responsable europeo, encargado de los asuntos latinoamericanos y que prefiere no ser citado, dice: “Los mexicanos tienen el mismo trato que nosotros en el TLC, las mismas reglas, ¿por qué entonces ustedes no ponen fábricas aquí?, ¿por qué no vienen a producir, a invertir?”

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A René Rodríguez, de la organización no gubernamental Iniciativa de Copenhague para América Central, radicada en Bruselas, le parece obvia la razón: “No se pueden comparar peras con manzanas”, porque la capacidad de exportación y de inversión de los europeos es muy superior a la mexicana.

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Cálculos no oficiales indican que mientras unas 2,000 empresas de aquel continente fueron establecidas en México a raíz de la entrada en vigor del TLC, las mexicanas –la mayoría establecida con anterioridad– al otro lado del Atlántico no pasan de una decena que sólo invirtió $100 millones de dólares en 2000.

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Hay 5,066 compañías con capital europeo en el país (4,137 de propiedad mayoritaria), “cuyo intercambio regular entre las matrices y sus filiales son parte muy significativa del comercio bilateral”, observa el último reporte de la delegación en México de la Comisión Europea.

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De los 34 nuevos gigantes multinacionales que ingresaron al listado de Las 100 de Expansión de 2001 (por operaciones de 2000, año en que comenzó el TLC), 10 son europeas: Philips (Holanda); Novartis (Suiza); Jefferson Smurfit Group (Irlanda); Basf, Boehringer Ingelheim Mannheim, Beiersdorf, Bertelsman, Sued Chemie (Alemania); Societé Bic y Vivendi (Francia). Sumadas a las que ya integraban el registro desde años anteriores, son 32 firmas de 100.

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México obtuvo $2,580.6 millones dólares en inversión directa del viejo continente, ingresada los primeros meses del TLC pero registrada en 2001, según confirma un vocero gubernamental en Bruselas. Este flujo anual de capitales productivos que llegan al país aumentó tres puntos porcentuales luego del Tratado y hoy representa 23% del total de la inversión extranjera (segundo sitio tras Estados Unidos).

“Si se sigue impulsando solamente una política de promoción de inversiones sin fijar una verdadera estrategia de desarrollo social, los resultados a mediano plazo van a ser muy desfavorables”, advierte Moro. Y las pequeñas y medianas empresas mexicanas son el nudo más débil en ese sentido.

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Retos futuros
México ha explotado su posición privilegiada al lado del mercado estadounidense, el más pujante del planeta. Ahora, con el acuerdo comercial le ofrece a los europeos su territorio como una plataforma de lanzamiento hacia Norteamérica, algo conveniente para los empresarios del viejo continente dados los menores costos de producción en el país. Pero otras economías latinoamericanas también están haciendo lo suyo estrechando relaciones con la UE, de forma tal que en algún momento el país puede perder las ventajas que hoy goza; por ejemplo, frente a otros artículos de su región que también quieren cruzar el Atlántico; además, Centroamérica puede adelantarse como puente de los europeos hacia Sudamérica, un mercado mayor que el mexicano.

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La propuesta del Parlamento Europeo de firmar un acuerdo birregional con América Latina dentro de ocho años no ha tenido mucho eco en los gobiernos que conforman la zona, pero la idea refleja una inquietud real. Chile tiene ya un Tratado que los analistas en Bruselas no dudan en calificar como “mejor al de México”, y si no fuera por la crisis en que está envuelta Argentina, el Mercosur tendría un tercero. También hay una fuerte presión de los países centroamericanos y andinos con el fin de que Europa se decida por la asociación comercial con ellos.

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Para la UE, las exportaciones mexicanas representan 25.8% del total de lo que importa de Latinoamérica, detrás del Mercosur (43.7%) y bastante adelante de la Comunidad Andina (12.6%), Centroamérica (6.8%) y Chile (6.4%), con datos de 2000.

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En la dirección inversa, México absorbe 14.4% de las exportaciones comunitarias hacia América Latina, detrás del Mercosur, que acapara 48.6% y la Comunidad Andina (16.2%), y encima de Chile (10.6%) y Centroamérica (8.8%).

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La competencia continental será más dura para el país y eso no pasará inadvertido. No hay nada peor que cerrar los ojos y confiar en la indudable posición geoestratégica, porque mientras el gobierno mexicano piensa así, retumban peligrosamente las palabras de un funcionario comunitario involucrado en la negociación del Tratado, que unos meses antes de que entrara en vigor advirtió: “Para nosotros México es una migaja en la gran mesa de nuestras relaciones comerciales.”

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