¿Y después de la desaceleración?

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Sergio Sarmiento

México sufrió en el primer semestre de 2001 una desaceleración dramática. La tasa de crecimiento del producto interno bruto (PIB), que fue de 7 % en el año 2000, ha bajado a cifras inferiores a 1 %. La gran pregunta que hay que hacerse en este momento es si la caída continuará o si ya hemos tocado piso.

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Una desaceleración o una recesión implican sufrimiento en la forma de menores ventas, mayor desempleo, menores salarios y cierres de empresas. Los momentos difíciles, sin embargo, también depuran el mercado: eliminan a las compañías sin posibilidades de sobrevivir y dejan el terreno a las más capaces.

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En el caso de la economía mexicana, los seis meses iniciales de este año tuvieron todas las consecuencias negativas que ya conocemos, pero también presentaron aspectos positivos. Quizás el más importante sea que las tasas de interés han bajado de manera espectacular. Por primera vez en los tiempos modernos estamos viendo réditos de Cetes de un solo dígito. Ya no es una locura contratar un préstamo en pesos, como lo fue tanto tiempo.

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México puede utilizar la depuración para iniciar un proceso de crecimiento sólido en el futuro. Las menores tasas de interés ayudarán a la realización de inversiones.

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El problema, sin embargo, es que la economía del país sigue agobiada por problemas estructurales que hacen muy difícil que las firmas nacionales puedan competir con efectividad en los nuevos mercados globales. La burocracia a la que se enfrentan las organizaciones mexicanas sigue siendo muy superior a la de las naciones ricas. Nuestra infraestructura –carreteras, ferrocarriles, instalaciones portuarias, aeropuertos, telecomunicaciones– es insuficiente o excesivamente cara. La corrupción y la inseguridad pública añaden un sobreprecio al costo de hacer negocios en nuestro país.

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México ha abierto su economía, disminuido su déficit de presupuesto y privatizado muchas empresas que no tenían por qué estar en manos del sector público. Pero hay una segunda generación de reformas que aún parecen lejanas: la fiscal, la apertura a la inversión privada del sector energético y el combate eficaz al crimen y la corrupción.

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Las perspectivas de una recuperación económica parecen atadas a Estados Unidos. Si nuestro socio en el TLC empieza a crecer nuevamente, arrastrará a nuestro país, y si queremos construir una nación que se desarrolle a su propio ritmo, tendremos que completar esa segunda generación de reformas a la que temen los legisladores.

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–El autor es investigador asociado del Centro para Estudios Estratégicos Internacionales de Washington

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