¿Y las máquinas?

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Paul Saffo

Un anuncio de mimeógrafos que aparece en la edición del Literary Digest del 11 de junio de 1927, me hace esta pregunta “¿Entiende usted de máquinas?”. Su desconocido autor la responde con la reconfortante certeza: “Quienes entienden de máquinas comprarán el mimeógrafo”, confiando, como en asuntos de fe, en que desempeñará una nueva e importante función que redundará en menores costos de operación y mayor eficacia.

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Como es natural, las compañías productoras de computadoras y de programas de computación alegan lo mismo hoy en día: “Compre nuestras máquinas para mejorar su negocio”. Pero tanto hoy como mañana, los administradores que entienden de máquinas recelarán de ese alegato, porque ahora, la naturaleza de la máquina y del reto han cambiado.

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En 1927, el desafío consistía en reducir el costo de la mano de obra para reunir y diseminar información. Liberados del fatigoso trabajo de la reproducción manual, los empleados podían ser asignados a tareas de mayor valor. Las herramientas eran más sencillas en ese entonces y sus beneficios, más obvios.

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Setenta años después, el reto es muy distinto. El empleo de las máquinas es esencial, pero no suficiente. A medida que nuestras herramientas se hacen cada vez más complejas, que aumenta su interconexión y se hacen más imprescindibles para el manejo de los negocios, también es más difícil reconocer sus beneficios. Más aún, los ejecutivos necesitan conocer y comprender la lógica del trabajo realizado por las máquinas, y, sobre todo, los límites a partir de donde ya no es posible sacarles provecho.

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Mientras tanto, el volumen de la información generada por máquinas que conversan con otras en nuestro nombre continúa aumentando exponencialmente. Todas las actividades de negocios dejan tras de sí un caudal de información; desde las cifras que salen de los controladores de los procesos de la línea de producción, hasta los registros de transacciones con tarjetas de crédito transmitidos por las redes de ventas al menudeo.

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Todas nuestras innovaciones nos abandonan a la deriva en un creciente mar de información, donde tenemos que navegar con herramientas que están muy lejos de ser las apropiadas para la tarea. Ni siquiera comprendemos plenamente nuestro predicamento; nos equivocamos llamándolo “sobrecarga de información”, aunque, en realidad, no es una consecuencia de la cantidad de datos que nos confronta sino de la disparidad entre su volumen y la eficacia de las herramientas tecnológicas.

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En la década siguiente, los nuevos dispositivos de realidad virtual, los más importantes, serán los que ayuden a las personas a visualizar y simular. Las técnicas de visualización reducen enormes y enigmáticas montañas de datos, convirtiéndolas en imágenes de fácil comprensión. Sin embargo, en la medida en que se perfeccionen las herramientas de simulación y las técnicas de la realidad virtual nos sentiremos tentados a sustituir, con ellas, el criterio humano. Eso sería un error.

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Hace 70 años, los administradores que entendían de máquinas podían adoptar casi cualquiera de las tecnologías de la información, como el mimeógrafo, con la confianza de que les sería de utilidad para reunir y diseminar información –cuanta más, mejor– y así perfeccionar sus negocios. Hoy en día, los ejecutivos que entienden de máquinas sabrán no sólo cuándo y cómo utilizar las nuevas herramientas que la tecnología les proporciona, sino, de igual manera, cuándo desconectar sus computadoras y consultarse a sí mismos.

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