Zedillo, ¿acierto o error?

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Ricardo Medina

El Banco de México emite unos curiosos pagarés que no generan intereses para el acreedor y que, por lo general, pierden paulatinamente su valor. Por ejemplo, para 1998 los señores de la Secretaría de Hacienda, con el beneplácito de los señores y las señoras de la Cámara de Diputados, ya nos avisaron que esos pagarés perderán probablemente 12% de su valor (o más) a lo largo del año.

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Esos pagarés son los billetes y monedas y la pérdida de su valor es otro nombre de la inflación.

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Si vendemos algo se supone que tenemos que aceptar con placer que el comprador liquide su deuda con esos pagarés; esto se aplica también a la venta de nuestro trabajo.

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En un texto muy citado, que se llama Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, se dice que el Banco de México tiene como principal tarea evitar que esos pagarés pierdan su valor. Mientras menor sea la pérdida del valor de esos billetes y monedas mejor habrá cumplido su trabajo el banco central.

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Sin embargo, los que saben de estas cosas advierten que hay factores fuera del control del Banco de México que pueden inducir una pérdida de valor en los pagarés que emite el banco. Por ejemplo, la determinación del valor de esos pagarés en relación a los pagarés que emiten los bancos centrales de otros países, especialmente en relación a los pagarés verdes que emite la Reserva Federal de Estados Unidos, también llamados dólares, puede ser arbitraria. Los señores que conforman la llamada Comisión de Cambios tiene el privilegio de decidir ese valor.

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Esos señores pertenecen tanto al banco central como a la Secretaría de Hacienda, pero en último término quien tiene voto de calidad, definitivo en esa comisión es la Secretaría de Hacienda, es decir el Poder Ejecutivo. Por eso, dicen los que han meditado en estas cosas, la autonomía del banco central es relativa. Por eso, también, el Banco de México no tiene a la mano todos los instrumentos necesarios para cumplir cabalmente su misión.

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A pesar de que resulta obvia la importancia del tema, las “señales” enviadas por el gobierno y por los políticos son contradictorias. Por ejemplo, en un documento llamado Plan Nacional de Desarrollo en una página se propone que el valor de esos pagarés (en relación a los pagarés verdes de los “gringos”) se fije de acuerdo a las diferencias de inflación entre los dos países, pero en otra página se habla de que sea la gente que compra y vende pagarés (para cambiar sus pesos por dólares o sus dólares por pesos) quien determine el precio de los pagarés verdes expresado en pesos. Eso, “la gente comprando y vendiendo”, es lo que se llama “el libre mercado”.

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Hay políticos muy simpáticos, como el señor Vicente Fox, que gobierna en Guanajuato, que proponen que el valor de los pagarés mexicanos (pesos) en relación a los pagarés verdes de Estados Unidos se fije de forma tal que los exportadores puedan vender sus productos sin problema. Sin embargo, parecen olvidar que si hacemos que los pagarés mexicanos pierdan valor para que los exportadores reciban más pesos por los mismos dólares, serán los trabajadores mexicanos quienes tendrán que subsidiar esa “competitividad” ganando menos. A mí se me hace sumamente injusto.

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Todo esto viene a cuento, porque mientras el nuevo jefe de gobierno del -DF es recibido con muestras de esperanza, fervor y alegría, el nombramiento de un nuevo gobernador del Banco de México no ha despertado tanta atención y, sin embargo, es algo tanto o más importante.

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Cuando usted, estimado lector, lea estas líneas ya se conocerá el nombre del nuevo gobernador del banco central. Con esa decisión el presidente Ernesto Zedillo pudo haber consolidado la recuperación de la economía mexicana (que los pagarés conserven su valor) o haberla frustrado. Nada más y nada menos.

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