La ciencia de hacer negocios

Imaginar y crear productos puede dejar mucho dinero. ¿Cuánto? Según cálculos del Conacyt, por cada peso invertido en investigación científica se generan 12 pesos en ventas.
1075 Picf029  (Foto: Alfredo Pelcastre / MondaPhoto)
Verónica Díaz Rodríguez

Los últimos gritos tecnológicos en lavandería tienen lugar en el Parque Industrial Jurica de Querétaro. Allí, en un concierto estentóreo de motores afanados en diferentes tareas, 28 lavadoras trabajan bajo la inspección de investigadores y de un equipo externo que tiene la facultad de decidir si éstas operan correctamente o no sirven para nada: las amas de casa. Es allí donde está el pequeño laboratorio de Mabe, donde la firma le da rienda suelta a su imaginación para después materializar sus ideas en productos que pretenden sorprender al mundo.

Éste es el ‘mundo Mabe', donde se inventó la Aqua Saver, lanzada al mercado en diciembre de 2010, galardonada por la Asociación Mexicana de Directivos de la Investigación Aplicada y el Desarrollo Tecnológico (ADIAT) y patentada en México, Estados Unidos y Brasil. Entre sus virtudes se encuentra la de ahorrar hasta 120 litros de agua, de los 200 litros que en promedio se utilizan en cada carga de ropa.

Para su creación, y posterior fabricación, la opinión de las mujeres fue determinante, ya que ellas definieron la capacidad de carga (19 kilos), así como los nuevos componentes de desarrollo y ahorro de agua con las que dispuso, junto con los métodos de lavado y enjuague de ropa.

Julieta Puig, ingeniera responsable de este laboratorio de desempeño donde inició la planeación de este artefacto, recuerda cómo en 2006 empezó a concebirse lo que ahora es la lavadora más moderna: "Todo empezó con la consigna del departamento de Mercadotecnia que teníamos que desarrollar un nuevo producto. Después le siguió la idea de hacer realidad la preocupación ecológica de las amas de casa. Por tanto, para su creación teníamos la encomienda de ahorrar energía y agua".

Así, sobrevino un desfile de centenares de amas de casa, algunas armadas con la ropa sucia de su familia. Cada una se apropió de un equipo para lavar. Éste era el trabajo fino: tres talleres con usuarias de equipos de lavado que cada día debían responder a las preguntas que toda madre de familia se hace en estos menesteres: ¿Cómo le gustaría que fuera la lavadora de sus sueños?

Hasta el Parque Industrial Jurica, donde se ubica el Centro de Tecnología y Proyectos de Mabe, llegaban las mujeres con sus propias manchas, ya que aunque hay un estándar de ‘manchas mundiales' (sudor, grasa humana, sangre, chocolate y vino), lo que importaba era descifrar qué querían las compradoras en potencia, quienes también presentaban sus recibos de luz y agua para hacer las cuentas de un ahorro ideal.

Este fue el desarrollo de Aqua Saver. Su motor resuelve la exigencia de lavar la ropa blanca pero, a la vez, trata con delicadeza las prendas finas y tiene una capacidad mayor de carga.

"Todo lo que sugerían -que desmanchara pero que no maltratara la ropa fina, que lavara los edredones, etcétera- eran inquietudes que en el laboratorio debíamos convertir en variables medibles, en números, mismos que transferimos al departamento de Diseño e Ingeniería que los tenía que transformar en componentes mecánicos, como el tipo de motor o la transmisión", cuenta Puig.

La fabricación de la plataforma Aqua Saver requirió cuatro años de trabajo, durante los cuales se crearon 118 partes nuevas, con la participación de 13 ingenieros de producto, seis de evaluación, cuatro líderes de soporte técnico y un equipo de investigadores externos. Ahora es un hit.

Mabe no es un caso único, pero sí es de esas empresas que podrían, metafóricamente, contarse con los dedos de una mano en cuanto a su interés por invertir en investigación científica y desarrollo tecnológico.

"Nadie invierte en ciencia en México", acusa René Drucker, neurobiólogo y actual director general de Divulgación de la Ciencia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). "Y eso tiene que ver con que la investigación científica contempla plazos muy largos, costosos e inciertos. Ello rebasa las ambiciones políticas y la cultura de no arriesgar", asegura.

Tesoro por explotar

El año pasado, Israel invirtió 4.6% de su PIB en investigación y desarrollo tecnológico (IDT), mientras que México se colocó como uno de los países que invierte muy poco en ello (0.37% de su PIB). En el resto de los países de América Latina, la tasa promedio es de 0.54%, de acuerdo con cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Bajo este panorama, no se ha explorado del todo la ciencia como negocio en México. La inversión en este rubro es ejecutada por las grandes empresas (Cemex, Casas GEO, Mabe, Sony...), motivadas, principalmente, por un factor: la competencia que enfrentan, según el testimonio de quienes participan en este ámbito. Es decir, la investigación científica se convierte en todo un tema cuando los participantes del mercado libran una franca competencia y, por tanto, son obligados a innovar.

"Hemos podido colocarnos como una empresa líder porque hemos apostado a tener tecnología propia. Para nosotros es un asunto de supervivencia. Si no tuviéramos el Centro de Tecnología y Proyectos, simplemente no existiríamos", confiesa José Berrondo, vicepresidente de Tecnología y Proyectos de Mabe.

Esta empresa invierte 1% de sus ventas en investigación y desarrollo, 6% del tiempo de su personal lo dedica a capacitación y cada año registra un promedio de 15 patentes. Trabaja aproximadamente 50 proyectos de desarrollo por año, de los cuales 25 cuentan con el apoyo directo de recursos bajo algún esquema de los programas del Consejo Nacional para la Ciencia y la Tecnología (Conacyt).

Bajo esos términos, Mario Molina, Premio Nobel de Química 1995, acusa: "A los empresarios mexicanos les cuesta hacer investigación, lo dudan mucho y prefieren que se haga en otro país. Claro, necesitan incentivos fiscales, apoyos directos e indirectos como los tienen en otros países".

Sin embargo, con base en cálculos oficiales, invertir en ciencia podría ser muy rentable. Por cada peso invertido a través del Programa de Estímulo a la Investigación, Desarrollo Tecnológico e Innovación (PEI), operado por el propio Conacyt y que está destinado a apoyar al sector privado, se generan 12 pesos en ventas, dice Miguel Chávez, encargado de la dirección de Negocios e Innovación del organismo científico.

De esta forma, la comunidad científica consultada que opera desde el sector privado, junto con expertos y legisladores, sostiene que es hora de promover una cultura empresarial a favor de la creación de valor. En resumen, no nada más sostener la filosofía de lo ‘hecho en México', sino impulsar ‘lo creado en México'. Un matiz que hace diferencia.

Crear y competir

Las empresas podrían detonar el cambio. Como referente, la consultora global Booz & Company estudió el gasto corporativo en innovación de las 1,000 compañías que más invirtieron en IDT en el mundo. En 2007, antes de la crisis global, el primer lugar lo ocupó Toyota, que invirtió 8,400 MDD en este rubro y sus ventas registraron una cifra récord: 8.42 millones de vehículos en todo el mundo.

"Estados Unidos, Corea, Japón y otras que conforman la OCDE invierten entre 3 y 4% de su PIB, pero su sector empresarial aporta cerca de 80% de sus recursos a este rubro", refiere Leonardo Ríos, director adjunto de Desarrollo Tecnológico y Negocios de Innovación del Conacyt, quien pone en su justa dimensión la realidad nacional: "México invierte apenas 0.37% de su PIB, mientras que las empresas aportan 0.3%".

En otras palabras, el sector privado, en comparación con la inversión pública, sí invierte, pero no lo suficiente.

Frente a estas circunstancias, es necesario cambiar la mentalidad. "México necesita pasar de la manufactura a la innovación. Las empresas y gobiernos de países industrializados, trabajando de la mano en la búsqueda de megatendencias y generando clústers, han formado economías basadas en el conocimiento innovador", sostiene Berrondo, de Mabe.

A nivel global, IBM es la compañía tecnológica con más registros de patentes de la historia en EU, con 4,186, según el despacho IFI PatentIntelligence. Después, sobresalen Samsung (3,515) y Canon (2,114 patentes). IBM invierte más de 6,000 MDD anuales en IDT y en sus laboratorios trabajan más de 3,000 investigadores. Las patentes mexicanas, en contraste, son pocas: en 2010, de las 951 presentadas sólo se concedieron 229, según datos del Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual (IMPI).

La investigación científica en México enfrenta a un monstruo de mil cabezas, pues las dificultades para invertir en ésta contemplan desde la incapacidad de la administración pública hasta las resistencias que hay en el sector privado para sacar recursos de su chequera. "Los programas oficiales sólo logran cubrir 15% del total de las solicitudes que llegan", menciona Guillermo Fernández de la Garza, integrante de la Fundación México-Estados Unidos para la Ciencia (Fumec).

Pero las empresas que han apostado por ello, hoy, están en las nubes.

Una de ellas es Plastiglás, que fabricaba láminas de acrílico para canceles de baño, domos y anuncios luminosos, y que se enfrentó a la encrucijada de renovarse o morir.

A fines de los 90 estaba a punto de escribir su epitafio ante la marabunta china que le arrebataba mercado. De pronto, apareció una mente brillante que cambió la suerte de esta empresa que ahora se quiere comer el mundo.

Plastiglás, una subsidiaria de lo que antes era Grupo DESC (actualmente Grupo Kuo), registraba año con año un crecimiento que significaba una tasa de doble dígito, pero algo vino a triturar sus expectativas: la competencia asiática, específicamente china, que traía en su portafolio de productos una hoja de PVC, que, a diferencia de un anuncio luminoso hecho a base de lámina, no corría el riesgo de romperse tan fácilmente como la de otras empresas que ofrecían productos similares.

La amenaza se cernía sobre el segmento más importante de Plastiglás, sobre todo porque no encontraba la respuesta a una pregunta clave: ¿cómo hacer una lámina indestructible? La pregunta llevaba jiribilla, ya que tenía presente que un material así permitiría taladrar, atornillar y manipular la lámina sin que se quebrara. Algo que sus clientes le pedían. Fue así que un equipo de investigadores inició la operación para descubrir la fórmula mágica. Al cabo de dos años fue desarrollada la lámina de alto impacto, basada en el sistema que se utiliza para blindarse ante un impacto de una bala.

"La lámina de acrílico que hacíamos era un commodity de uso general, que se transformó con la incorporación de otro tipo de química y que la hizo completamente diferente en sus propiedades y desempeño. Habíamos creado una tecnología única en su tipo que terminó siendo un factor diferenciador en mercados que ni siquiera nos imaginábamos", cuenta Simón Rosen, quien encabezó la investigación.

Plastiglás, con su nuevo descubrimiento, pudo enfrentar a la competencia china y, además, se diversificó, ya que incursionó en la fabricación de botes y yates, pues muchas de las partes con las que se construyen son de acrílico, como las compuertas, las escotillas y las puertas de las cabinas.

Los beneficios de esta historia hoy se manifiestan: Grupo Unigel, uno de los consorcios petroquímicos más importantes de Brasil, en 2006 compró, por más de 20 MDD, Plastiglás,  que para 2011 cubre 60% del mercado nacional y exporta a Estados Unidos, Canadá, América Latina, Europa y Asia. En tanto, Simón Rosen es el coordinador de Global Technologies de Grupo Comex.

"Los dueños de Plastiglás pasaron de casi perderlo todo a garantizarse un ingreso que no figuraba en sus expectativas", relata Leonardo Ríos.

La clave

Laboratorios Silanes es otro ejemplo de éxito. Cada año destina 10% de sus ventas (100 MDD) a la investigación científica y, con apoyos gubernamentales de España, Estados Unidos y México, se vincula con instituciones de investigación y educación superior como la UNAM y la Universidad de Tucson, en Arizona, con las que desarrolla cada año 50 proyectos de investigación.

Hasta ahora, Silanes es la primera y única empresa mexicana en ser certificada por la FDA (Food and Drug Administration de EU) para elaborar y comercializar el antiveneno de alacrán, Anascorp, desarrollado con la UNAM, a través de un equipo de trabajo encabezado por el doctor Alejandro Alagón para la subsidiaria de Silanes, Bioclon.

"El papel de nuestro equipo fue para mejorar el producto, innovarlo y generar todas las herramientas analíticas para controlar el proceso de producción. Todo comenzó en 1995, terminamos en 2000 y tardamos 10 años (2010) en trabajar para recibir la aprobación de la FDA", apunta Alagón, quien calcula que el mercado mexicano para este medicamento involucra a 200,000 personas al año que son picadas por un alacrán.

Por otro lado, en algunos círculos del servicio público empieza a trabajarse en un proyecto que, de prosperar, podría significar un cambio en el modelo de gestión de las políticas públicas relativas a la investigación científica. En la ciudad de Irapuato, los investigadores del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad (Langebio), dependiente del Centro de investigación y de Estudios Avanzados del IPN (Cinvestav), alistan un proyecto que les permita crear una empresa que pueda capitalizar las investigaciones del Langebio.

"Las pláticas van muy avanzadas", informa Alfredo Herrera Estrella, coordinador académico del Langebio. "De hecho, ya tenemos un proyecto en puerta que podría comercializarse: la fabricación de un nuevo fertilizante alterno al fósforo, que sea renovable y que no afecte el desarrollo de las plantas".

Simultáneamente, desde la misma administración pública hay varios programas que buscan apoyar este tipo de actividad. Uno de ellos es el Programa de Estímulos a la Innovación (PEI). Entre los proyectos que apoya está el de la empresa Compañía Mexicana de Radiología CGR, que consiste en incorporar la función de tomografía lineal y controles de pantalla sensibles al tacto en los equipos de rayos X.

El apoyo recibido es de 4 millones 852,505 pesos. Otro proyecto es el diseño y desarrollo de un autobús híbrido, a cargo de la empresa Dina Camiones, en vinculación con el Centro de Tecnología Avanzada (Ciateq), para el que se otorgó un apoyo de 4 millones 269,000 pesos.

"Gracias a este programa, en tres años se detonó la inversión privada alcanzando 9,638 MDP, lo que sumado a los 6,435 MDP del PEI dan como resultado 16,073 MDP", concluye Miguel Chávez, del Conacyt. Queda claro que, entonces, la ciencia puede ser un muy buen negocio.

FUERA DEL MAPA
Los países que disponen de una política pública que impulsa la investigación científica ya gozan de su principal objetivo: crecer económicamente. México no figura.
País
Desarrollo de estrategia integral de innovación
Crecimiento económico en el quinquenio anterior*
Crecimiento económico en el quinquenio posterior
Finlandia Mediados de los 90 1990-1994: -1.2% 1995-1999: 4.5%
Irlanda 1997 1992-1996: 5.9% 1997-2001: 9.2%
Singapur Mediados de los 80 1981-1985: 6.5% 1986-1990: 8.5%
EU Inicios de los 80 1978-1982: 1.8% 1983-1987: 4.5%
*Crecimiento real anual promedio del PIB en PPP (paridad de poder de compra).
FUENTE: Cálculos de la Secretaría de Economía con datos de la OCDE, el Banco Mundial y sitios sobre las políticas de innovación de los distintos países.
POBRE INVERSIÓN
En el club de la OCDE, México está en el sótano en cuanto a inversión de su PIB en investigación y desarrollo tecnológico (IDT).
País
% del PIB en gasto en Investigación, Desarrollo y Tecnología
Israel 4.66
Finlandia 3.72
Suecia 3.7
EU 2.79
República Eslovaca 0.47
México 0.37
4,186
son las patentes de IBM
(la cifra más alta en la historia de EU).
México, en 2010, concedió 229.
FUENTE: OCDE.
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