Empresitas y empresotas

No todas las compañías resuelven su expansión con más capital. Se requiere de un mejor entorno y el ADN adecuado.
1077 picf033  (Foto: Federico Gama)
Pablo Peña

El primer trabajo que tuve fue como mesero en un restaurante. Mi paga eran las propinas y todos los antojitos jaliscienses que quisiera. Mis patrones eran mi mamá y dos de sus hermanas. Juntas compraron el restaurante. Tenían una microempresa hecha y derecha.

Quien haya llevado un restaurante sabe que expandirse no es cosa fácil. Y de hecho puede ser una pesadilla. Ese restaurante sigue en manos de una de mis tías y opera básicamente con la misma escala. Desde que lo adquirieron en 1983 no ha crecido. ¿Por falta de financiamiento? No lo creo. ¿Por falta de interés? Tampoco. Me parece que es porque su mercado no da para más (está ubicado en una ciudad pequeña) y porque su modelo de negocios no puede reproducirse rentablemente.

La pregunta que aplica al restaurante puede plantearse más generalmente. ¿Por qué existen tantas empresas pequeñitas? Más de 90% de las empresas en México son pequeñas o micro. Y más generalmente, ¿qué determina el tamaño de las empresas en una economía? A nivel teórico existen sectores en los que, para sobrevivir, las empresas deben tener una escala mínima para cubrir sus costos fijos. Pero existen otros sectores en los que podría haber una escala máxima: si las empresas rebasan esa escala, su rentabilidad baja porque su modelo de negocios no puede expandirse sin perder.

En la práctica vemos muchas empresas pequeñitas. Antes de pensar en qué hacer para que crezcan, lo primero es preguntarnos si debemos hacer que crezcan. ¿Cómo podemos saber si en México debería haber más empresas grandes y menos pequeñas?

La ley Zipf y la estatura de los niños

El mundo está lleno de regularidades estadísticas. Una de ellas es la ley de Zipf. Si tú tomas un número suficientemente grande de textos puedes crear un ranking de las palabras más frecuentes. Si lo haces, encontrarás que hay proporcionalidad en ese ranking. Un estudio para el idioma español utilizó una muestra de noticias de la agencia EFE como base para encontrar las palabras más frecuentes. La lista de los términos más populares está encabezada por ‘de'. Le siguen ‘la', ‘el', ‘que' y ‘en'. En promedio, la segunda palabra más popular se usa 17% menos que la primera, la tercera se usa 17% menos que la segunda, y así sucesivamente. La ley de Zipf es ese comportamiento proporcional y también se observa en otros idiomas.

Algunas variables económicas también presentan regularidades estadísticas sorprendentes. Por ejemplo, el tamaño de las ciudades en términos de su población sigue una regla de proporcionalidad como la de las palabras más frecuentes que se conoce como la ley de Gibrat: la diferencia proporcional entre la ciudad más grande y la segunda más grande es similar a la que hay entre la segunda y la tercera, la tercera y la cuarta, etc. La ley de Gibrat también incluye las empresas. Cuando se analizan los datos del tamaño de las empresas en distintos países y en distintos momentos en el tiempo también se observa una distribución que, en promedio, cumple una regla de proporcionalidad. En otras palabras, parece haber una distribución ‘natural' del tamaño de las empresas.

Si tienes hijos, seguramente conoces las gráficas que ilustran los patrones ‘naturales' de crecimiento de los niños que usan los pediatras. Esas gráficas muestran las trayectorias de las estaturas según la edad. Así como hay niños y adultos que miden lo mismo, también hay empresas muy jóvenes y otras muy antiguas que tienen el mismo tamaño. Ahora bien, cuando un niño está muy chaparrito para su edad, los pediatras se preocupan. Puede que le prescriban complementos nutricionales.

Cuando las autoridades establecen un programa para ayudar a que las empresas pequeñas crezcan, no consideran su edad. Tampoco consideran un parámetro de ‘sano' crecimiento. Esos programas son equivalentes a recetar complementos nutricionales a la gente sin importar su edad, nada más fijándose en su estatura.

Opacidad como regla

Parte de las justificaciones para usar dinero de los contribuyentes para dar subsidios a las empresas pequeñas es el empleo. Como la gran mayoría de los trabajadores son empleados por pequeñas empresas, dicen las autoridades que "hay que darles dinero para que crezca el empleo". La lógica es incorrecta. Es como decir que para estimular el empleo hay que darle subsidios a las grandes ciudades porque concentran más empleos que las ciudades pequeñas.

No hay una justificación clara de por qué tenemos que gastarnos millones y millones de pesos en subsidiar empresas pequeñas cuando hay usos alternativos del dinero de los contribuyentes que tienen alto valor. Por ejemplo, el dinero regalado a las empresas pequeñas podría usarse para equipar escuelas de mejor manera.

Tampoco hay medidas de efectividad. No sabemos si el dinero que regala el gobierno tiene el efecto deseado. Si el objetivo de los subsidios es que las empresas crezcan, debería ser muy fácil averiguar si han funcionado. Por ejemplo, con la información de las declaraciones del SAT podrían ver si los ingresos se incrementaron, o si la nómina subió como resultado del apoyo.

Tomemos como ejemplo el Fondo PyME. Nafin usa los recursos de ese fondo para que los bancos presten más barato a más pymes. Sin embargo, no queda claro si ese subsidio se traduce en más crédito a tasas más bajas.

Los programas de subsidios para las empresas pequeñas necesitan rendición de cuentas. Los contribuyentes debemos saber por qué existen y qué tanto funcionan. Y si  no funcionan, hay que dejar de tirar nuestro dinero porque podemos invertirlo en mejores proyectos.

Las lecciones

En un foro organizado por la revista The Economist en México hace unos días, el académico Daniel Isenberg discutió algunos determinantes de lo que hace que la gente tenga éxito emprendiendo negocios. Para argumentar que no todos los empresarios ven su empresa con la misma ambición, contó una anécdota personal. Sus padres eran inmigrantes que tenían un pequeño negocio, y buscaron que él se dedicara a otra cosa.

No es que los pequeños negocios sean una terrible forma de vida, a muchos asalariados nos gustaría tener nuestro propio negocio. Pero la pregunta es ¿cuántos propietarios de negocios que tú conoces quieren darle a sus hijos educación y competencias para que no tengan que manejar un negocio como el de ellos? Desafortunadamente, no hay una estadística. En mi experiencia personal, creo que son la mayoría. Muchos empresarios carecen de ambición. Ven su negocio casi como un trabajo por el que reciben un salario. Esos negocios son los que no crecerían aun con todo el financiamiento del mundo.

Los estudiosos del entorno en que nacen y crecen las empresas usan la palabra ‘ecosistema' para referirse al contexto de los empresarios. Lo que trae a mi mente ese término es un bosque con árboles y con arbustos. Las políticas públicas de apoyo a pymes riegan y fertilizan tanto a arbolitos como a arbustos para que crezcan y lleguen a ser árboles. Pero por más ayuda que reciba no es parte del código genético del arbusto llegar a ser un árbol.

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Si el gobierno cree que hay "demasiados arbustos y muy pocos árboles" y quiere gastarse nuestro dinero regalándolo a micro y pequeñas empresas, tiene que haber rendición de cuentas. Al menos debe existir una evaluación que cuente de todas las empresas apoyadas cuántas han crecido y cómo se compara ese crecimiento con el de las que no fueron ayudadas.

El autor es profesor en la Universidad Iberoamericana y director general de Estudios Económicos de la CNBV.

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