Auge amargo

Los agricultores empobrecidos de África occidental están siendo expulsados de la fiebre global del algodón por los monopolios locales y sus socios europeos.
Cam Simpson y Alan Katz

Manado Kafando inclina la cabeza hacia atrás, sonríe y señala al cielo de África occidental recordando el momento en el que se supo que los precios del algodón había alcanzado un récord. "Alabamos a Dios y dijimos, ‘¡por fin!'", recuerda Kafando, parado frente a la casa de adobe donde vive con sus 11 hijos y sin electricidad.

En unas semanas, el gobierno y los monopolios algodoneros regionales, a quienes los agricultores de Burkina Faso deben vender su cosecha, anunciaron que cobrarían a los agricultores 36% extra por los fertilizantes, y que les pagarían 39% menos del precio mundial por su cosecha. En mayo, miles de agricultores de la nación salieron a las calles y amenazaron con un boicot a la cosecha más cara de la historia en uno de los países más pobres del mundo.

Del otro lado del océano Atlántico, en ese mismo mes, Jerome Vick se sienta en una silla de piel color vino y declara que él hará precisamente lo opuesto. "Vamos a vender tanto algodón como podamos", dice Vick, agitando sus manos hacia los 5,000 acres (2,023 hectáreas) que él y su familia cultivan en Wilson, Carolina del Norte. Los Vick ya habían acordado un precio de aproximadamente 1.25 dólares la libra (454 gramos), más del doble de lo que posiblemente obtendrá Kafando por aproximadamente 40% de su cosecha de fin de año. Si el clima  coopera en Carolina, y si los precios no caen nuevamente como sucedió en junio y julio, esperan obtener ganancias de 1 millón de dólares (MDD), dinero suficiente como para adquirir 300 acres más.

La suerte tan distinta de Kafando y de Vick surge, en parte, de los monopolios a los cuales los agricultores de Burkinabe venden su algodón. En marzo, cuando el algodón alcanzó su precio máximo desde los años en que Estados Unidos se estaba recuperando de la Guerra Civil, un comité dominado por los monopolios modificó la fórmula para fijar los precios por libra que obtiene cada agricultor. El cambio redujo en 39% el pago de los cultivos del año, disminuyendo los pagos de bonos finales y bajando la base de precio anunciada en abril para las cosechas de este año. Los representantes de los tres monopolios algodoneros regionales de Bukina Faso -Socoma, Faso Coton y Sofitex- se negaron a nuestras múltiples solicitudes de entrevistas.

"Estos mecanismos dieron como resultado la pobreza de los productores y la riqueza de las empresas y de los operadores algodoneros", dice Thomas J. Basset, profesor de Geografía de la Universidad de Illinois, que ha estudiado a los agricultores algodoneros de África occidental durante años. "Son mecanismos sutiles y crueles".

Las compañías de comercialización internacional del algodón, como la empresa con base en París Geocoton, y Paul Reinhart, de Winterhur, Suiza, son los principales accionistas en estos monopolios. Yannick Morillon, CEO de Geocoton, el principal accionista de Socoma, defendió los cambios en la fórmula de precios que se puso en vigencia este año. El comité de fijación de precios, integrado por representantes de las empresas regionales y de los gremios nacionales de cultivadores de algodón, estableció en 2006 la fórmula, en parte para establecer una forma de pago justa para los agricultores en base a los precios globales. La ecuación también se ideó para facilitar los movimientos de precio a través de varios años para los agricultores.

El oro blanco

Morillon dice que las empresas algodoneras hubieran quedado devastadas si no se hubiese alterado la fórmula, dejando a Socoma con 6 millones de euros (8.4 MDD) de pérdida. Las compañías algodoneras de Burkina Faso habían acordado vender la mayor parte de su producción de la fibra antes del incremento del precio, durante la segunda mitad de 2010, según un reporte del 31 de marzo realizado por los asesores contratados para proponer los cambios en la fórmula. Por lo tanto, al recortar los pagos a los productores, el comité los obligó a sufrir las consecuencias de los contratos realizados por los monopolios en un mal momento.

Cualquier pérdida en las ganancias del algodón afecta profundamente a los pueblos pobres de África occidental y central, donde el medio de vida de aproximadamente 10 millones de habitantes depende de la fibra. Unos tres millones de ellos están en Burkina Faso, un país sin acceso al mar, donde, según estimaciones del Banco Mundial, una de cada seis personas dependen del algodón para vivir.

En la población de Bakata, en Burkina Faso, dos calles de tierra roja convergen en un conjunto de negocios operados en chozas construidas con las ramas entretejidas de los árboles. Un par de litros de combustible es todo lo que la mayoría de las personas necesitan en este pueblo, donde escasean los automóviles, pero está presente el sonido de los ciclomotores y las nubes de polvo que dejan a su paso.

El pueblo, a 27 kilómetros de la carretera pavimentada más cercana, es el lugar de nacimiento de Amado Kafando y donde actualmente él cosecha algodón. Antes de producir la fibra, su familia cosechaba sólo cultivos para la subsistencia de la familia (maíz y mijo), porque Kafando padre tenía nueve hijos que alimentar. Después, hace ya más de 30 años, paseando por los negocios de los vendedores del pueblo, Kafando notó cómo la gente comenzaba a tratar a su padre de manera diferente: algunos asentían con la cabeza o hasta hacían una pequeña reverencia al paso del patriarca. La familia acababa de vender su primera cosecha de algodón. "Me di cuenta de que, con el algodón, todo era posible", dice Kafando.

Si el algodón sirve para que los hijos de Kafando aprendan a leer, estarán en mejores condiciones  que más del 71% de sus compatriotas que son analfabetos, según Naciones Unidas. Aproximadamente 46% de los 17 millones de habitantes de Burkina Faso vive en condiciones de pobreza, de acuerdo con las estimaciones del Banco Mundial.

En una mañana calurosa y brillante de mayo, Kafando manejó su motocicleta china más de 20 kilómetros de camino de tierra para tomar un autobús. Éste lo llevaría unos 450 km por la principal carretera pavimentada del país a una de estas reuniones, en el centro católico de conferencias en Bobo-Dioulasso. Kafando y otros 200 hombres llenaron el recinto. Al frente de la sala se sentó el ministro de Agricultura de la nación, Laurent Sedogo.

Un afiche proclamaba que los agricultores debían establecer ‘contratos nuevos y dinámicos' con las empresas algodoneras y el gobierno, que había prometido impulsar la producción en esta temporada a 600,000 toneladas métricas, 71% más.

Mientas Sedogo explicaba su postura, una lluvia torrencial comenzaba a golpear sobre los techos de metal del centro de conferencias. Los agricultores, que habían estado esperando que lloviera durante la temporada de siembra, voltearon hacia las ventanas. "Ésta es una señal de que Dios está con nosotros", dijo Sodogo a los hombres reunidos. Al día siguiente, a unas pocas millas de allí, más de 70 representantes de los sindicatos locales llenaban una sala de juntas para debatir cómo interpretar el mensaje de Sedogo. "No tenemos armas. No tenemos tanques. Sólo tenemos nuestras azadas y nuestros arados", dijo Zobon Drissa, provocando un estallido de aplausos estridentes.

La barrera de los monopolios

Hoy, la segunda participación más grande en Faso Coton es de Reinhart a través de su propiedad directa o indirecta. Empresa familiar que compra algodón desde 1788, esta compañía sigue siendo uno de los mayores operadores de la fibra en el mundo, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Reinhart se negó a hacer declaraciones para esta nota.

Los monopolios del algodón acuerdan con los agricultores un precio base que se establece cada primavera  a través de una fórmula controlada por un comité. La fórmula fue ideada para poder alinear con mayor exactitud los precios pagados a los agricultores con los mercados mundiales en baja de la última década. A la vez, con la fórmula, los agricultores iban a tener mayor transparencia para entender cómo se alcanzaban los precios. El comité también prometía a los agricultores que se les pagaría en base a los precios mundiales promedio, no de acuerdo con las habilidades de venta de los monopolios.

Este año, cuando los precios mundiales alcanzaron cifras récord, el comité modificó la fórmula, reduciendo el pago en 39% para la temporada que finalizó en marzo. Algunos de los meses de mejor desempeño se excluyeron de los promedios de precios, mientras que se tomaron en cuenta los meses más pobres. Los meses en los cuales los monopolios no lograron vender también se consideraron en los promedios. Esto implica que fueron los agricultores quienes  pagaron el precio de la oportunidad perdida por las empresas en el momento de mayor aumento de la fibra a nivel global, a partir de 2010, según demuestra el reporte.

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Karim Traore, presidente del gremio nacional de los cultivadores de algodón de Bukina Faso, dice que el cambio en la fórmula era necesario para preservar a las empresas algodoneras. "Yo quiero que mi cosecha dé dinero, pero también necesitamos tener un equilibrio para que todos obtengan su parte", comenta Traore. "Los asesores nos explicaron que si los precios se mantenían como hasta ese momento, las empresas algodoneras tendrían que cerrar. Pero los agricultores dependen de las algodoneras para subsistir. Y las empresas no pueden subsistir sin los agricultores".

El gremio de los agricultores tiene una participación financiada por el gobierno en cada uno de los tres monopolios. Basset, el profesor de Illinois, dice que los gremios de agricultores en África occidental, y en particular en Burkina Fasso, están muy cerca de las empresas algodoneras para negociar los precios para sus miembros o son incapaces de reunir la excelencia técnica necesaria para una defensa sólida. ¿Quién está protegiendo los intereses de los productores?", dice Basset. "Las empresas algodoneras representan sus propios intereses".

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