El habitante 7,000 millones

De no aprovechar el bono demográfico, en el futuro no habrá recursos humanos que potencialicen el desarrollo del país.
Xavier Ginebra Serrabou

El 31 de octubre, un recién nacido fue designado por la Organización de Naciones Unidas (ONU) como el habitante número 7,000 millones del planeta. El nuevo récord que la población global está a punto de alcanzar, ¿debe constituir una alarma mundial? ¿Deben incrementarse en México los métodos de control de la población?

Naturalmente, se trata de una señal artificial. No sólo porque la fecha fue elegida unilateralmente por la ONU (según datos del censo de Estados Unidos se estima que el ‘récord' no se alcanzará hasta marzo de 2012). Llegar a 6,000 o a 7,000 millones en sí mismo no significa nada, según han señalado múltiples estudiosos y diversas publicaciones, como la revista The Economist.

"Lo que más influye son los cambios relativos -como el crecimiento de una parte de la población en comparación con otra, o la variación de la edad media de los habitantes-, antes que el número absoluto de personas". La tendencia del crecimiento demográfico muestra signos importantes de desgaste. El bebé 6,000 millones nació hace 12 años. Ahora, la ONU estima que los 8,000 millones tardarán al menos 14 años.

El crecimiento actual, alrededor de 1% al año, es la mitad del máximo registrado a finales de los 60. La causa es el rápido descenso de la fecundidad mundial: de 4.45 hijos por mujer en 1970 a 2.45 en el presente, casi la mitad en cuatro décadas. La baja tasa de las naciones ricas -casi todas- no basta para explicarlo. Incluso, los países musulmanes, como Bangladesh e Irán, apenas alcanzan ya el umbral de remplazo: con 2.16 y 1.9 hijos por mujer, están a la mitad o a una tercera parte que hace 20 años. Hoy, cerca de la mitad de la población mundial vive en naciones con fecundidad de 2.1 o menos.

Esto supone una tendencia general al envejecimiento. Para los países que ahora tienen fecundidad alta -que son la minoría-, supone también,  junto a las amenazas, una próxima oportunidad de rápido crecimiento económico. Si en ellos se repite la trayectoria seguida antes por las naciones ricas, llegará un punto en que a las generaciones más numerosas sucederán otras notablemente más pequeñas, y por tanto tendrán una tasa muy baja de dependencia económica.

Tales países serían capaces de producir mucho y, con la consiguiente expansión económica, lograr el aumento de productividad que les permita mantener la prosperidad cuando suba la tasa de dependencia. Esta evolución es previsible, sobre todo, en zonas como el África subsahariana, la única parte del mundo donde bajará la tasa de dependencia en los próximos 40 años.

A China le espera un futuro poco promisorio, con el agravante de que no es todavía un país rico. Por la reducción artificial de su fecundidad debido a la política del hijo único, está envejeciendo a una velocidad sin precedentes. En 2030, la población china será más vieja que la europea, y habrá un déficit artificial de mujeres de 16 millones con respecto a los hombres ya para 2025. Esta amenaza podría nublar definitivamente al gigante asiático. Sin población joven, ningún país puede aspirar al desarrollo.

En cuanto a una posible catástrofe alimentaria, lo relevante no es el aumento de la población, sino la posibilidad de que la producción de alimentos crezca proporcionalmente. El Banco Mundial calcula que la productividad agrícola tendría que aumentar 60% hasta mediados de siglo. Pero esto es  posible para muchos, en comparación con lo ya conseguido: en 2010 era tres veces y media mayor que en 1970, aunque ahora la productividad aumenta más despacio.

En dos o tres décadas, la proporción de la población mexicana en edad productiva empezará a decrecer. Es decir, será el fin del bono demográfico y se reflejará en un fuerte aumento de la proporción de la población mayor de 60 años. Seremos 22.2 millones en 2030, cuando actualmente son 10 millones, una tasa anual de crecimiento de 4% en promedio. Esto implica que habrá más dependientes por cada persona en activo.

Es una circunstancia que no sería hoy demasiado problemática si hubiéramos hecho redituable el bono demográfico, generando ahorros en la etapa en la que hay más personas en edad productiva. No lo hemos hecho.

El autor es doctor en Derecho Económico, profesor investigador de la UAEM (Morelos) y responsable del área de competencia y consumidores  del despacho Jalife y Caballero.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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