La simulación de la RSE

Muchas empresas se dicen socialmente responsables, cuando en realidad ni siquiera entienden a plenitud este concepto.
Luis Gottdiener

En varios países -Grecia, España, Chile, Estados Unidos- recientemente ha habido expresiones populares de descontento no sólo con las políticas gubernamentales, sino con las grandes corporaciones, a las que se acusa de concentrar beneficios en perjuicio de las mayorías. Sectores especialmente señalados, no sólo ahora sino desde antes, son: el bancario (cobros excesivos); el de las aseguradoras (resistencia a pagar); el petrolero y el automovilístico (agresión ecológica); el de alimentos (comida chatarra); el farmacéutico y de salud privada (precios exorbitantes); el hotelero (destrucción ambiental); el de medios (banalidad y distorsión), etc. Incluso se les ha culpado de impedir el correcto funcionamiento democrático al utilizar su influencia para promover leyes benéficas para sus intereses y desfavorables para la población.

Las grandes empresas, tanto privadas como públicas, fácilmente abusan de su gran poder económico y publicitario, y podrían citarse numerosos ejemplos de ello. Cuando en México algunas han proporcionado libros de quejas y sugerencias a sus clientes, es obvio para quien los haya hojeado que, a pesar de los ISO 9000 que presumen, las reclamaciones abundan.

Una reacción tradicional de las grandes empresas ante las acusaciones ha sido la negación. Las tabacaleras rechazaron por décadas que fumar perjudicara la salud. Cuando Mario Molina y Sherwood Rowland advirtieron en 1974 sobre la posibilidad de que los gases de clorofluorocarbonos (CFC) destruyeran la capa de ozono, la industria química lo negó hasta que ello se hizo evidente. Asimismo han recurrido a desacreditar a los oponentes y tacharlos de charlatanes, comunistas, vagos, catastrofistas o enemigos del libre mercado o del progreso. Menos agresivo es acusarlos de exagerar los problemas, o aducir que las empresas "no son beneficencias". Una respuesta más ideológica la dio el economista Milton Friedman, al sostener que la única responsabilidad social de las empresas es generar utilidades.

Pero desde hace algún tiempo y por diversas razones, incluyendo la mejora de su imagen, muchas compañías reconocieron el concepto de Responsabilidad Social Empresarial (RSE). Aunque posiblemente mostraron poca elegancia para hacer concesiones, y más bien las aceptaron después de años de resistencia, hubo cierto adelanto, como limitaciones en la publicidad del tabaco y énfasis en la moderación del consumo de alcohol, y diversos programas de apoyo a la sociedad.

No obstante, uno puede preguntarse hasta qué punto la RSE practicada por las empresas es real y hasta qué punto, publicitaria. Repartir juguetes, otorgar becas, sostener escuelas para alumnos de pocos recursos, etc., son acciones valiosas, pero constituyen más bien actividad filantrópica y no propiamente comprometerse. Otras iniciativas podrían incluso calificarse de simulaciones. Los letreros en los envases desechables: "Deposita en la basura", "Cuidemos el planeta", etc., o los que indican que pueden retorcerse antes de ser descartados, recuerdan las leyendas en los productos pirata: "Di no a la piratería". Depositar un envase en la basura es obviamente preferible a tirarlo en la calle, pero no por ello dejan de constituir millones de ellos un gigantesco problema, sin contar con que mucha gente seguirá arrojándolos en cualquier lado.

Si realmente las empresas tuvieran conciencia ecológica, eliminarían al mayor grado posible los envases desechables o tratarían de recuperar 99% de los que producen, estimulando al público a devolverlos mediante un pago y un plan conjunto con los puntos de venta, para luego procesarlos. Esto las impulsaría a vender únicamente empaques fácilmente reciclables. Me he extendido con este ejemplo para mostrar la diferencia entre una práctica ecológica genuina y la inútil de colocar leyendas seudoecológicas, y ostentarse por ello como "respetuosas del ambiente".

Otra práctica cuestionable son los premios y títulos de ‘Empresa Responsable' que las mismas empresas, u organizaciones controladas por ellas, se otorgan, y que por lo mismo resultan poco convincentes. La falsa RSE podría ser incluso peor que su ausencia, ya que contribuye a la cultura de simulación que permea hoy en día a la sociedad y que impide la solución de numerosos problemas.

Varias cuestiones detienen una RSE efectiva. Primero, la confusión entre los conceptos de acción filantrópica y RSE. Ésta, a diferencia de la primera, consta de múltiples aspectos dentro de la actividad normal de la empresa: elaborar productos útiles para el cliente, en los tamaños que requiere, con transparencia en lo que se ofrece y lo que se cobra. Publicidad no engañosa que promueve valores útiles, no esnobismo. Disposición para remplazar productos defectuosos. Trato correcto a empleados. Manejo responsable de desechos. Códigos de ética para los diversos ramos, incluyendo el respeto al lenguaje y la cultura del lugar donde se opera. Si la empresa, además de la RSE, practica la filantropía, tanto mejor, pero ésta es complementaria y no sustitutiva. La segunda cuestión es la falta de evaluación adecuada, lo cual lleva a lo mismo que ocurre -y se critica- en los informes de los políticos: autoexaltación en vez de diagnóstico veraz. La evaluación de la RSE necesita ser, en gran medida, externa y realizada por elementos representativos de la sociedad.

Erróneo también ha sido sostener la vía de la ‘autorregulación', método totalmente insuficiente. Al contrario, tendrían las empresas que proponer bases regulatorias que proporcionen una cancha pareja para todas. Bajo una RSE seria, muchos ramos empresariales probablemente modificarían su giro, hacia la fabricación de productos similares pero no dañinos. Si esa migración ocurre cuando hay avances tecnológicos que ponen en riesgo la compañía o el ramo, ¿por qué no cuando se afecta a la sociedad o la ecología?

No está claro aún cómo se resolverá la confrontación actual. Su solución rebasa el radio de acción de las empresas, pero en lo que a ellas toca, pueden seguir esencialmente dos caminos. El primero consiste en ignorar o minimizar las críticas y continuar con una RSE insuficiente o simulada, con apoyo de gobiernos afines. El segundo es la aceptación -voluntaria o impuesta- de la RSE como compromiso social genuino, capaz de resistir un examen riguroso realizado no sólo por sus allegados sino por sus críticos. Tal vez sea utópico pensar que las empresas acepten de buen grado este compromiso, pero con frecuencia ha ocurrido que, lo que al principio pareció doloroso, a la larga constituyó un factor de estabilidad para el país y para las empresas mismas. Muchas de las denuncias de la industria automotriz hechas por Ralph Nader en los años 60, finalmente fueron adoptadas por ésta y la beneficiaron, así como al público. La institución del seguro social médico, considerada ‘socialista' por la derecha estadounidense, en México es quizá la más importante del país, conveniente incluso para las empresas.

¿Por cuál de los dos caminos optarán las corporaciones? Podría pensarse que por el primero, ya que una de las lecciones de la historia es que los sectores que abusan de sus privilegios normalmente no efectúan a tiempo las concesiones que deberían hacer. Pero la historia también muestra que, a la larga, todo sistema basado en una mentira, cae.

El autor es físico y tiene un doctorado por la Universidad de Sussex. Es profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM.

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