La ola de ‘desglobalización’

Nadie sabe a dónde se fueron todos aquellos que defendían la globalización de manera ortodoxa. Tampoco si México se sumará a la nueva tendencia proteccionista que está haciendo eco.
Luis Miguel González

Las grandes crisis confunden los roles. Ése es uno de sus efectos más curiosos. Hace apenas cuatro años parecía claro quién estaba a favor de la globalización y quién en contra. Los banqueros, grandes grupos industriales, banqueros centrales y la mayoría de los Nobel de Economía se reunían para fortalecer la agenda de la globalización: libre comercio, reducción de aranceles y abatimiento de las normas que impedían el libre flujo de mercancías y capitales.

Las grandes crisis revuelven las hojas de los calendarios. Ésa es otra de sus curiosidades. El 2012 está más cerca de la década de los 30 que de 2006. La mala situación económica mundial ha provocado un movimiento del péndulo en dirección opuesta al libre comercio. Vivimos "la edad de la furia", (The age of rage), según The New York Times. Ahora son minoría los que defienden la apertura de los mercados sin adjetivos.

Predominan los matices y la oposición sotto voce. El proteccionismo está asomando su larga cola. El máximo de apertura tiene sentido cuando se tiene la esperanza de atrapar la prosperidad que viene de fuera. Cerrarse es una opción lógica en momentos en que el exterior es más una fuente de riesgos que una ventana a las oportunidades. Los partidarios del libre comercio siguen siendo muy poderosos, pero viven una crisis de fe que se traduce en una crisis de vocaciones (o viceversa).

La promoción de la agenda del libre comercio sigue, pero se ha vuelto más ambigua que nunca. No es una casualidad que el informe 2011 sobre el comercio mundial de la World Trade Organization lleve en su título un llamado a la coherencia. Está de moda la formación de bloques y medidas de trato preferencial, advierte la OMC.

El nacionalismo ruge en todos lados, advierte The Economist. Estados Unidos no ha renunciado formalmente a la agenda de liberación del comercio, pero eso no le impide tener un programa Buy American que promueve la discriminación positiva de los productos estadounidenses en las compras gubernamentales. China juega en el tablero del comercio mundial con sus propias reglas. Apoya a sus productores al límite permitido por la OMC. Con frecuencia rebasa los márgenes de lo aceptable, como queda claro por la reiteración de las acusaciones en su contra por prácticas dumping.

En Europa se pueden escuchar todas las voces y casi todos los argumentos. En ese coro desafinado puede distinguirse el crecimiento de las posiciones a favor de desglobalizar. Se pone en escena en los campamentos occupy y en las tiendas de campaña de Los Indignados. Se escucha en las campañas presidenciales francesas, donde los llamados al proteccionismo están en la agenda de todos los candidatos. El Instituto Fraser de Canadá registra en su índice de libertad económica un retroceso desde 2007. En este indicador, lo contrario de libertad no es esclavitud, sino proteccionismo.

En este mar de dudas sobre la apertura y la globalización, México parece una isla de fe. Somos el país que tiene más tratados de libre comercio y vamos por más. En el horizonte está el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica que nos vincularía a países como Malasia, Singapur y Vietnam. También está la ampliación de los acuerdos con Brasil y Perú. Podemos ufanarnos de ir en contra de la corriente, pero la originalidad no es garantía de éxito. La mayoría de los países con los que podríamos compararnos son un poco o bastante más moderados en su política de apertura comercial. Los BRIC son proteccionistas al igual que el grupo llamado The Next Eleven, por ejemplo Turquía o Indonesia.

En 2011, México exportó 349,000 millones de dólares e importó 350,000 millones. Estas cifras son siete veces mayores que las registradas antes de la entrada en vigor del TLCAN. ¿Es eso bueno? Los partidarios de la apertura enfatizan los empleos generados por las ventas al exterior. Los detractores se refieren a los sectores afectados por las importaciones.

Los resultados alcanzados por México con la apertura son difíciles de evaluar, entre otras cosas porque el punto de referencia requiere un ejercicio de imaginación. ¿Qué hubiera pasado si hubiéramos seguido una estrategia de apertura diferente? Lanzar esta pregunta no quiere decir añorar la era de la economía cerrada, sino recordar que hay matices y estilos. ¿Qué sigue? Un año electoral es una excelente oportunidad de averiguar qué opinan los aspirantes a la presidencia y sus equipos.

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El autor es director editorial del periódico El Economista.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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