¿Vivir mejor? Comprar mejor

El gobierno federal puede generar un minimilagro económico si mejora su proceso de compras.
Los editores

En una reunión celebrada a principios de este año, un alto funcionario de la Secretaría de la Función Pública (SFP) contó una historia emblemática de cómo se cuidan los recursos en el gobierno federal.

Cuando inició el sexenio de Felipe Calderón, quienes llegaron a la sede de la SFP encontraron cajas llenas de documentos. Al mirar de cerca descubrieron que eran las observaciones ya cerradas que los antecesores de esta secretaría le hicieron a diversas compras realizadas en el sexenio anterior, el de Vicente Fox. Uno de los responsables decidió deshacerse de las cajas pensando que al estar cerrado el caso, no era necesario conservarlas.

Entonces intervino una joven con un rango menor en el organigrama, y propuso examinar la información para detectar el tipo de problema que podría encontrar la nueva administración y actuar anticipadamente. Con esta información se pudo diseñar un par de programas que le han generado ahorros en tiempo y dinero a los procesos de compra del gobierno de este sexenio.

Ésta es una pequeña prueba de que el gobierno federal tiene en sus manos una de las herramientas más poderosas para gastar mejor el dinero de los contribuyentes. La historia que ahora les ofrecemos en la portada de esta edición revela lo que pasaría si el gobierno federal, al ser el principal comprador de este país, estableciera procesos para adquirir bienes y contratar servicios y obra pública que premien la mejor relación entre el costo y el beneficio. Algo lejano, a juzgar por lo que sucedió con la Estela de Luz, el monumento que costó 160% más que lo originalmente presupuestado y se entregó 15 meses después de lo prometido.

El primer impacto es el ahorro que así se generaría, el cual podría ser equivalente a 1% del PIB, de acuerdo con los cálculos de la OCDE. Esta cifra no es menor, si se considera que el gobierno gasta un poco más del equivalente a 6% del PIB. A estas alturas, gastar bien podría ser la diferencia entre un déficit y un superávit en la cuenta pública.

El segundo efecto sería aún más grande que el primero. Si el gobierno federal fuera más riguroso con sus proveedores, obligaría a las empresas a ser más eficientes, creando un efecto bola de nieve en su cadena de abastecimiento, pues esa búsqueda de eficiencias se trasladaría a los proveedores de los proveedores. Y no sólo se obligaría a la eficiencia, sino que, en ese ánimo de competir, se fomentaría aún más la innovación. Venderle al gobierno se volvería un sello de calidad para los productos que éstos fabrican, replicando, en alguna medida, lo que Walmart ha logrado hacer con su cadena de abasto.

Esto crearía un círculo virtuoso: más empresas querrían venderle al gobierno porque saben que éste es un filtro para diferenciarlos de su competencia. Y si el gobierno tiene más oferta de bienes y servicios puede negociar mejores precios y mejores condiciones.

Alinear estos incentivos no es nada fácil. Entendemos que hay diferencias importantes entre ser un comprador del gobierno federal y uno de Walmart, en donde puede haber un beneficio personal a través de bonos de compensación si la empresa logra sus objetivos financieros.

Lo mismo sucede con la necesidad de diseñar políticas públicas que vayan en el mismo sentido. La tentación de crear programas que apoyen las pymes es muy alta; es ahí donde se genera la mayoría de los empleos.

Pero este objetivo puede estar en riesgo si se colocan los incentivos en un mal lugar. El gobierno federal se impuso la obligación de comprar una parte de lo que requiere a través de estas empresas. Esta estrategia busca la diversificación de proveedores y la especialización de los mismos. Es probable también que los contribuyentes estemos pagando más de lo que deberíamos cada vez que el gobierno le hace un pedido a una pequeña empresa, que quizá no sea la más competitiva de su industria.

El reto es convertir la demanda que el gobierno genera en un incentivo para que sus proveedores sean más eficientes e innovadores, y puedan competir mejor en otros mercados, dentro y fuera de México. Hasta ahora, ningún precandidato o partido ha presentado un plan concreto al respecto. Aún hay tiempo.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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