El fantasma del proteccionismo

Si México no hace nada frente a la cerrazón de otros países y sigue con su discurso de apertura total, puede llevar a las empresas al precipicio.
Xavier Ginebra Serrabo

El proteccionismo vuelve por sus fueros. Muestra de ello es la amenaza de abandono del Acuerdo Automotriz México-Brasil ACE 55 por parte del país carioca, que hizo arrodillar al gobierno de México, o la reciente expropiación de la empresa YPF, filial de la española Repsol en Argentina. Y en el mundo, la guerra comercial entre Estados Unidos y China (que amenaza volverse bélica); la imposición (finalmente revocada) de aranceles a los refrigeradores coreanos y mexicanos; los llamados de Sarkozy al "compre europeo"...

El contexto actual del libre comercio está a la baja, con tasas de crecimiento cada vez menores, pues mientras en 2010 eran de 13.8%, en 2011 pasaron a 5% y se espera que en 2012 lleguen a 3.7%, según datos del secretario de Economía, Bruno Ferrari.

La esquizofrenia hacia el libre comercio no es nueva. Refleja, además, que no es un producto "milagro" que cura todos los males, el remedio que debe recetarse ante cualquier enfermedad, como hacemos en México con los antibióticos. A ello se agrega la suficiente evidencia empírica de que los países más exitosos en la actualidad mantienen una postura más bien camaleónica hacia el tráfico jurídico internacional. En el comercio, algunos son más iguales que otros, como reseña La Rebelión en la granja, de George Orwell.

Lo sorprendente ante la reciente ola de guerra comercial es la actuación y el discurso de México: una apertura comercial sin reciprocidad, una desprotección generalizada contra las importaciones chinas en sectores como el acerero, el textil, de la confección y del calzado, a los que el presidente Felipe Calderón califica de improductivos por ser sectores protegidos. Y ello a pesar de que, desde hace muchos años, han sido punta de lanza de muchos empresarios mexicanos. Ante la casi total desindustrialización de México y el neoproteccionismo del país del samba, nuestros gobernantes tecnócratas señalan que el salvavidas es un TLC con Brasil. Como lección de la historia económica, los economistas señalan -y no les falta razón- que la ola de nacionalismo económico propiciado por la Gran Depresión de 1929, cristalizado en la  ley de aranceles Smoot-Hawley de 1930, dificultó de manera importante la recuperación económica mundial, aunque sus efectos han sido sobredimensionados.

Cuatro cosas están claras. Una, que en la guerra nadie gana, y tampoco en las guerras comerciales. Si las naciones se vuelven islas, como en el pasado, tardaremos en volver a ver la luz. Pero las naciones desarrolladas, y ahora en particular las emergentes, no pueden jugar al libre comercio sólo cuando les conviene.

Dos, que la ayuda al desarrollo y la solidaridad internacional no se limitan al libre flujo de bienes y mercancías. Los países ricos y los emergentes no deben sólo forzar a que los vecinos abran sus fronteras, sin reciprocidad, ayuda económica ni flexibilidad en la implementación de políticas comerciales.

Tres, grandes problemas exigen grandes remedios.  Hay que ajustarse el cinturón, pero en momentos de dificultad, la ayuda al desarrollo se debe incrementar, no disminuir, como ha sostenido Jeffrey Sachs.

Y cuatro, es preciso estar armados para la guerra. Si, a pesar de los llamados en contra del proteccionismo, las naciones adoptan posturas nacionalistas y unilaterales, México debe hacer lo mismo. Si los demás países no respetan sus compromisos internacionales, México no se puede chupar el dedo.

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Master y doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de Competencia y Consumidores del despacho Jalife y Caballero.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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