Primavera mexicana

Las próximas elecciones son el pretexto ideal para que los ciudadanos decidan el futuro que quieren y no el que les imponen.
Armando Regil Velasco

Si el 1 de enero de 2011 se hubiera planteado la posibilidad de que una serie de levantamientos derrocarían a varios líderes en el mundo árabe, quizás la mayoría habría dicho que era poco probable o incluso imposible. Hasta entonces, la tradición revolucionaria de muchos países en el norte de África y en la península árabe era mediante golpes de Estado que imponían a gobiernos autoritarios o muy poco democráticos.

En esta ocasión la historia fue distinta. El deseo de vivir en libertad llevó a millones de jóvenes a manifestarse de forma masiva a finales de 2010 y durante 2011. No cabe duda de que la innovación tecnológica en la comunicación, principalmente las redes sociales, jugaron un papel determinante para llevar a cabo revoluciones más democráticas que en el pasado. La lucha por la libertad se expresó de distintas maneras en cada país. Algunos fueron más violentos y exigentes que otros. Al final, el resultado se tradujo en una serie de cambios que, unos meses atrás, parecían impensables. El principal reclamo fue y sigue siendo la mejora sustancial de las condiciones de vida.

La revolución tunecina fue el detonante, seguida por las protestas en Argelia, Jordania y Omán hasta llegar a Egipto, en donde los ciudadanos, principalmente los jóvenes, derrocaron al presidente Hosni Mubarak, quien durante tres décadas ostentó el poder. Después siguieron manifestaciones en Siria, Yemen, Bahréin, Irán y Kuwait hasta llegar a la revolución que puso fin a la dictadura de Muamar Gadafi en Libia. La exigencia de mayor libertad en la sociedad civil, la economía y la política fue el origen de lo que el mundo conoció como ‘Primavera árabe'.

Guardando toda proporción en las diferencias culturales, sociales, económicas, políticas y religiosas entre México y los países árabes, existe un común denominador: el abuso, la corrupción y la imposibilidad de los ciudadanos de participar activamente en la toma de decisiones, entre otros elementos, generan sentimientos de frustración y coraje que desgastan la credibilidad en las estructuras de poder convencionales.

El acceso a nuevas herramientas de comunicación permite a los ciudadanos estar mejor informados y comparar su realidad con la de personas que viven en otros países. Entonces surge la pregunta: ¿por qué no? ¿Qué nos impide lograr lo que otros han hecho con tanto éxito cuando se trata de  mejorar su calidad de vida? La experiencia ha mostrado que cuando las personas se unen en torno a una causa y esa causa busca un bien mayor, entonces se genera una sinergia imposible de parar.

México es un país cansado de tanta incongruencia. La palabra olvidada, la promesa incumplida y la falta de verdad en lo que se dice y se hace, han generado una crisis profunda en la que la desconfianza se ha convertido en el principal obstáculo para la productividad, la competitividad, el crecimiento y el desarrollo.

Las condiciones para una primavera mexicana no son mera ilusión. La sociedad civil está despertando y pronto podría pasar de la resignación y la complicidad a la organización y a la acción. Cada día los ciudadanos, principalmente los jóvenes, expresan su deseo de vivir en libertad y en paz.

Reconociendo que la violencia sólo empeora los problemas sociales y que la única manera de transformar un país es actuando de forma organizada, pacífica y propositiva, los mexicanos tenemos que tomar una decisión muy pronto. Ha llegado la primavera y con ella la oportunidad de elegir ser o no ser libres, asumir nuestra responsabilidad o dejarla en manos de alguien más.

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El autor es Presidente Fundador del Instituto de Pensamiento Estratégico Ágora (IPEA), primer Think Tank de jóvenes mexicanos.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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