Un misterio llamado ambición

El intenso deseo de conseguir algo puede cambiar todo un país. También puede ser un incentivo para cometer atrocidades.
Luis Miguel González

A los seis años yo quería ser cocinero. A los siete, quería ser Napoleón. Desde entonces mi ambición siguió creciendo", dijo Salvador Dalí.

La ambición es la materia con la que están hechas algunas de las grandes obras del mundo, los sueños y las pesadillas también. No basta con tener casa, comida y el cariño de los que te conocen. Siempre hay algo más, mejor dicho: siempre hay alguien que quiere algo más.

Ambición es el deseo ardiente de poseer poder, riqueza o fama. ¿Por qué unas personas tienen esta flama? ¿Por qué otros carecen de ella? No es un asunto de familia. En un mismo árbol genealógico hay muchos frutos. Alguien que está dispuesto a trabajar 70 horas semanales y otro que no quiere que lo molesten después de las seis ni los fines de semana. Tampoco es un asunto de género, aunque la ambición se expresa de manera distinta entre hombres y mujeres. Hay un componente de clase social, si le creemos al antropólogo Edward David Lowe, de la Universidad de Soka en California. La chispa de la ambición puede brotar en cualquier lugar del espectro socioeconómico, aunque parece haber una mayor frecuencia en la clase media alta. Allí está relacionada con la ansiedad del estatus, de acuerdo con Lowe, "se desarrolla más en aquellos que gozan de cierta tranquilidad económica, pero saben que no están a salvo de un cambio de fortuna".

Hablamos de la ambición como si fuera algo que sólo tiene que ver con los individuos, pero no es así. Existen empresas ambiciosas, ciudades e, incluso, países con ambición. Microsoft, el Real Madrid, Nueva York y la China de principios del siglo XXI merecen este adjetivo. ‘Organizaciones ambiciosas', se llama un artículo de Douglas Ready y Emily Truelove en Harvard Business Review. Ellos destacan el comportamiento del líder, el sentido de propósito y la capacidad de fijar metas que no sean demasiado lejanas ni laxas. Una virtud es una cumbre entre dos defectos, de acuerdo con el filósofo francés André Comte-Sponville. La ambición es una flama que puede pecar por defecto o por exceso. Si es muy débil, la persona estará suspirando por sus sueños sin poder realizarlos. Si es demasiado intensa, las consecuencias son impredecibles. Podremos tener a alguien capaz de trascender su circunstancia, tenemos los ejemplos de Benito Juárez y José Saramago. También podemos encontrarnos a un sociópata altamente productivo en su desviación, como el Mochaorejas o cualquiera de los ex gobernadores que a ti, amable lector, te venga a la cabeza en este momento.

‘Ambición' no tiene por qué ser una palabra sucia, aunque es inevitable ponerle un asterisco en momentos en los que algunos episodios de corrupción y daño social están relacionados con ambiciones desbocadas. La ambición desmesurada de Bernie Madoff lo llevó a tramar el mayor fraude financiero de todos los tiempos.

¿Dónde están los contrapesos? Derrick Ball, de la Facultad de Derecho de Harvard, habla de ambición ética y la define como aquella que colma nuestros sueños y necesidades, pero también honra nuestros valores.

La ambición es un elemento fundamental para convertir a alguien en sobresaliente, pero por sí misma no es suficiente para explicar los casos notables, nos re­cuerda Malcolm Gladwell en Outliers. La detección temprana de talento, la existencia de una red de mentores y un espacio profesional o institucional para desarrollarse son cruciales. La ausencia de alguna de estas circunstancias puede producir monstruos. Una ambición des­mesurada en un entorno que no tiene reglas ni límites puede producir al Chapo Guzmán. En este mundo hay ganadores y perdedores, pero los ganadores no siempre ganan y los perdedores no siempre pierden, ya lo dijo el entrenador de futbol americano Vince Lombardi.

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El autor es director editorial del periódico El Economista.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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