El gris futuro del euro

Europa lleva décadas buscando consolidar su integración, pero poco se ha ocupado por tomar en serio los riesgos económicos que esto conlleva.
Xavier Ginebra Serrabou

Las dificultades económicas que está padeciendo Europa son terribles y no sólo por el sufrimiento que provocan, sino también por sus implicaciones políticas, como señala el siempre lúcido premio Nobel Paul Krugman en Acabad ya con esta crisis.

Durante 60 años, Europa se ha entregado a un noble experimento: un intento de reformar mediante la integración económica un continente azotado por la guerra para situarlo de forma permanente en el camino de la paz y la democracia.

Gracias al impulso de los países del Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo), se proyectó en 1950 la creación de una organización con el fin de poner en común, en primer lugar entre Francia y Alemania, la gestión de la producción del carbón y del acero.

Este objetivo se definió, en sus aspectos fundamentales, en la llamada Declaración Schuman. En ella, el ministro francés de Relaciones Exteriores manifestó la voluntad de un grupo de estados de organizar la producción de carbón y acero, mediante la creación de un órgano supranacional, esto es, independiente de la influencia de los estados miembros participantes.

Según la Declaración Schuman, el objetivo era hacer desaparecer los motivos que llevaron al estallido de la Segunda Guerra Mundial, eliminando, en última instancia, la posibilidad de que se repitiera un conflicto semejante.

 En 1957, se firmó el Tratado de la Comunidad Económica Europea (TCEE), que entró en vigor en 1958. El artículo 2 disponía que los medios para alcanzar tales fines eran "el establecimiento de un mercado común, y la progresiva aproximación de las políticas económicas de los Estados miembros".

El error fatídico fue pasar a una moneda común, como señala Krugman en su más reciente libro. Las élites europeas estaban tan emborrachadas con la idea de crear un poderoso símbolo de unidad que exageraron los beneficios de una moneda única e hicieron caso omiso de las advertencias sobre varios inconvenientes importantes.

La unión monetaria está provocando que Europa se desintegre, lo opuesto a lo que se pretendía. Según el FMI, el PIB este año se contraerá 4.7% en Grecia, 3.3% en Portugal y 1.8% en España. El desempleo es de 24.4% en España, en Grecia, de 22%, y en Portugal excede 14%.

Si no hubiera habido euro, no hubiera habido una bonanza de préstamos en la periferia y ninguna burbuja inmobiliaria en España. Y si todavía existieran el dracma, la lira, la peseta y el escudo, las economías europeas más débiles simplemente podrían devaluarse para salir de la recesión, como solían hacerlo, en vez de tratar de reducir salarios, recortar el gasto y aumentar los impuestos.

La única salida es avanzar en la integración fiscal y bancaria, como acaban de decidir los líderes europeos auspiciados por Angela Merkel. Pero esto no es suficiente si Alemania no permite la emisión de eurobonos con el aval del Banco Central Europeo y no se elimina la obsesión teutona por la "austeridad fiscal".

Máster y doctor en Derecho de la Competencia, profesor investigador de la uaem y socio del área de Competencia y Consumidores del despacho Jalife y Caballero.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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