Good bye, Kyoto

Las reglas del comercio de bonos de carbono cambiarán en 2013. En México, sólo los mejor preparados sobrevivirán.
Emilio Godoy

Manuel Quijano se dedica a la compra, venta y exportación de ganado porcino y está convencido de que en sus 9,000 cerdos hay otra oportunidad de negocio: la venta de bonos de carbono, un mecanismo que permite "comprar el oxígeno generado por alguien más" para compensar la emisión de dióxido de carbono.

Sin embargo, Quijano ve cada vez más lejana la posibilidad de hacer dinero al transformar en energía limpia el metano que generan las excretas porcícolas. Faltan cinco meses para que se acabe el año y aún no recibe la autorización para comercializar bonos que otorga el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL), administrado por la Organización de las Naciones Unidas.

Si Quijano y el resto de los empresarios que decidieron incursionar en el mercado de bonos de carbono  no obtienen la autorización antes de que concluya el año, los bonos de carbono que generen ya no podrán competir en el Sistema de Comercio de Emisiones de la Unión Europea.

Éste es el mercado obligatorio más grande del mundo y el principal comprador de bonos mexicanos. En 2011, negoció bonos por 147,848 mdd, 84% del volumen mundial.

A partir de 2013, el sistema europeo cerrará sus puertas a nuevos proveedores y sólo aceptará proyectos registrados en el MDL hasta 2012. Además, dará prioridad a los países menos desarrollados, entre los cuales México no está contemplado.

Los bonos de carbono pueden comercializarse en dos tipos de mercado: el obligatorio y el voluntario. Los compradores del mercado obligatorio son gobiernos y empresas que tienen metas estrictas de reducción de emisiones (como las acordadas en el Protocolo de Kyoto) y si no las reducen, pueden adquirir bonos generados en países en desarrollo. En los mercados voluntarios participan empresas, individuos y organizaciones que desean aportar al ambiente, movidos por la buena voluntad o simplemente por factores reputacionales.

En 2011, México colocó 1.39 millones de bonos en el mercado obligatorio, mientras que en plazas voluntarias vendió apenas 100,000 a un precio promedio de 9 dólares.

La posibilidad de generar bonos de carbono y venderlos a terceros interesados en compensar sus emisiones contaminantes fue propuesta en 2005 en el Protocolo de Kyoto sobre cambio climático.

El protocolo -cuya primera fase expira el último día de este año- obliga a los países desarrollados que lo ratificaron a disminuir sus emisiones contaminantes. Si no logran su meta de reducción, pueden adquirir certificados de países en desarrollo para compensar ese faltante.

En diciembre, la comunidad internacional acordó en Durban, Sudáfrica, la extensión parcial del protocolo hasta 2015. Debido a la ausencia de compromisos adicionales por parte de los países, el Sistema de Comercio de Emisiones de la UE decidió que, a partir de 2013, sólo permitirá la participación de proyectos registrados antes de ese año.

Quijano desea sumarse al grupo de 30 empresas mexicanas que producen bonos de carbono. Sin embargo, el futuro es incierto, pues la mayoría prefiere vender bonos al sistema europeo por cuestiones de volumen y precio, además de que ofrece certidumbre legal y contratos de largo plazo.

En el municipio de Conkal, a las afueras de Mérida, junto a los 9,000 cerdos de Quijano, está un biodigestor que quema el metano generado por las excretas y lo transforma en electricidad para la granja.

Al proyecto de Granja Porcícola Santa María, propiedad de Quijano, ya se sumaron 11 granjas más. "Decidimos entrar en ese esquema porque era una oportunidad de ganar dinero disminuyendo las emisiones de metano. Estamos quemando el gas y podemos generar bonos", dice Quijano.

Pero la única alternativa para él y el resto de los empresarios que desean incursionar en la generación y venta de bonos de carbono será el mercado voluntario, que en 2011 demandó 0.33% del total mundial.

Mercado oscilante

Jaime Saldaña dirige Seisa, una empresa que, al igual que la de Quijano, genera bonos de carbono a partir de metano. Sin embargo, a Saldaña no le preocupa que el comercio de bonos de carbono sea más competido a partir de 2013, pues previno y firmó un convenio para generar bonos para el Banco Mundial hasta 2017.

Seisa comercializa los bonos que produce el relleno sanitario de Monterrey, que recibe diariamente entre 5,000 y 6,000 toneladas de basura cuyo biogás electrifica dos líneas del metro citadino, el alumbrado público y algunos edificios de gobierno.

Saldaña previno que, de no negociarse un protocolo que sustituyera el de Kyoto, la demanda de bonos de carbono se contraería. Por ello, en noviembre de 2011 firmó un convenio con el Banco Mundial para proveer 350,000 bonos de carbono anuales hasta 2017, año en que podrá renovar el acuerdo.

El desarrollo del mercado mexicano de bonos es oscilante y Saldaña lo conoce bien, en 2009 comercializó los primeros bonos de la empresa. El proceso inició en 2005 con la inscripción ante el MDL del proyecto de generación eléctrica de Monterrey.

El MDL tiene registrados 4,346 proyectos, de los cuales 141 se desarrollan en México, según la ONU.

Alberto Carrillo, socio de la consultora Carbonding Climate Community, explica que la cifra no refleja el número de proyectos que realmente operan, pues aunque México es uno de los países con más proyectos registrados, la mayoría no genera bonos, pues no logra demostrar cuántos bonos produce.

"Hasta 2008, México era de los países más productivos en términos de registro, pero en los últimos años la tasa cayó bastante, debido a la crisis financiera y a que las empresas no tuvieron éxito", dice.

El precio de los bonos de carbono se derrumbó desde 2008 a causa de la crisis global y el crecimiento de la oferta de bonos. Incluso, la Bolsa de Carbono de Chicago, un mercado voluntario creado en 2003, no tuvo otra opción que cerrar en 2010.

A pesar del éxito obtenido y de la negociación que cerró con el Banco Mundial, Saldaña, de Seisa, observa con prudencia el futuro de los bonos de carbono. "Quien no ha emitido bonos, que ya no lo haga, y que espere a que se definan reglas más claras sobre un nuevo tratado internacional o nuevos mercados voluntarios", aconseja.

Sin embargo, sabe que pronto será necesario explorar nuevos mercados: "Nos gustaría ver un mercado nacional o mirar hacia uno voluntario".

En el aire

Scolel Te -‘árbol que crece', en tojolabal- compite con éxito en el mercado voluntario y es un ejemplo de que, a pesar de la contracción que experimentará el mercado a partir de 2013, aún será posible hacer negocio con el mecanismo de descontaminación.

La empresa protege 7,000 hectáreas de selva en Chiapas y Oaxaca y ha emitido 402,000 bonos desde 1997 a un precio de entre 4 y 12 dólares.

Elsa Esquivel, una de las fundadoras de la empresa, encuentra en el mercado voluntario una alternativa. "Se ha generado experiencia internacional sobre los bonos de carbono. Algunas preocupaciones son la devaluación que han tenido, que no puedan seguirse posicionando cantidades como las de antes, por la incertidumbre sobre el Protocolo de Kyoto, y los mismos mercados existentes", dice.

Sin embargo, Gustavo Alanís, presidente del Consejo Mexicano de Derecho Ambiental, considera que la falta de definición de un tratado internacional crea incertidumbre en el mercado. "(Los bonos) son un mecanismo interesante, atractivo y de transición hacia una economía de bajo carbono", dice.

En años recientes, el mercado perdió el impulso que obtuvo con la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto en 2005. A ello, ahora se suma que el principal mercado cerrará sus puertas a proyectos registrados antes de 2013.

Carrillo, de Carbonding Climate Community, explica que es difícil predecir cómo se comportará el mercado, pero sigue seguro del potencial. "En el mercado voluntario importa qué tipo de proyecto es y sus componentes de sostenibilidad", apunta. "Los proyectos más viables serán los de pequeña y micro escala, porque pueden comercializar en el mercado voluntario y, en algunos casos, con mejores tasas".

A partir del 1 de enero de 2013 el joven y voluble mercado de carbono pasará un momento de incertidumbre y sólo los participantes mejor preparados sobrevivirán. Sin embargo, no todo depende del Protocolo de Kyoto, explica Jesús González, socio en el área de Sustentabilidad de la consultora KPMG. "El mercado quedó en el limbo, pero hay una necesidad ambiental y financiera", plantea. "El tema se va a mantener, porque hay necesidad de reducir costos, un asunto de reputación, el combate al cambio climático, la anticipación a cambios legales".

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Mientras llega 2015 y la comunidad internacional intenta llegar a un nuevo acuerdo, los bonos estarán en el aire.

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