La viabilidad de las reformas

Enrique Peña Nieto tiene un gran capital político para impulsar las tan esperadas reformas estructurales. Sin embargo, nada está escrito aún.
Xavier Ginebra Serrabou

Las elecciones del 1 de julio no sorprendieron a nadie, salvo a los encuestadores, que daban a Enrique Peña Nieto una cómoda ventaja de hasta 20 puntos. Pese a alcanzar 38% de la votación, Peña Nieto contará -gracias a su coalición con el Partido Verde y el apoyo de Elba Esther- con mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y constituirá la primera minoría en el Senado. Esta configuración le facilitará el fast track para la aprobación del presupuesto, pero le dificultará la toma de decisiones.

Las cacareadas reformas estructurales (fiscal, laboral, energética y de la seguridad social) y la educativa se han convertido en un ‘mantra' que aglutina a los inconformes.

Peña tiene ‘vía libre' y cierto ‘bono' (democrático o no) para proponerlas. Su aprobación será fácil entre los diputados, pues cuenta con la mayoría de los priístas y forman parte de la agenda electoral prometida por el PAN. Los medios de comunicación -encabezados por Televisa, su principal mecenas, ahora a los pies del futuro presidente- alaban tales decisiones. No tendrá muchas dificultades entre los representantes de los estados si consigue el apoyo de Acción Nacional. Tal vez su mayor resistencia la encontrará entre los sectores tradicionalistas del propio Revolucionario Institucional.

De aprobarse las reformas, México emprendería la senda del crecimiento y la prosperidad. Volveríamos a otro milagro económico: a una economía de otro planeta, como dijo el secretario de la OCDE, Miguel Ángel Gurría.

Como siempre sucede, las cosas no son tan fáciles. El primer problema que surge cuando se habla de reformas estructurales es que no se les pone contenido concreto. Para la opinión de ciertos analistas, la fiscal implica IVA a alimentos y medicinas; la laboral, flexibilizar las relaciones obrero-patronales; la energética, permitir la inversión privada en Pemex y en la CFE; la de seguridad social unificar los regímenes, eliminar las cuotas obrero-patronales y establecer un régimen de prestaciones de seguridad social universal, y a la educativa no se le etiqueta tan fácilmente como a las otras, si bien todos están de acuerdo en la necesidad de desmantelar el poder de los sindicatos.

El segundo ‘quid' es poner de acuerdo a los ciudadanos sobre el contenido de las reformas. En todo cambio hay ganadores y perdedores, intereses afectados y resiliencias. Los cambios no suceden por arte de magia. Las leyes por sí solas no arreglan nada, menos en un país donde prevalece la cultura de la ilegalidad y el desprecio al Estado de Derecho.

¿Y es suficiente? El modelo neoliberal, implantado en nuestro país desde mediados de los 80, está agotado. Dicen que la locura es pretender que los mismos remedios tengan diferentes efectos. ¿Tendrán sentido reformas en el mismo sentido? Estimamos que no.

Como lo demuestran las políticas adoptadas por los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China), las reformas deben ir además, en otra línea. En estos países, las reformas han implicado una activa participación del Estado, protección y desarrollo de su mercado interno, fuertes inversiones en educación, grandes obras de infraestructura, una regulación financiera más estricta y una banca de desarrollo más activa. Tenemos que ver a detalle lo que hacen las economías emergentes. Como señala el economista Ha Joon Chang, hay que hacer lo que las economías desarrolladas hicieron para crecer, no lo que nos dicen que tenemos que hacer para ser competitivos y que ellas no hicieron.

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El autor es doctor en Derecho Económico, profesor investigador de la UAEM (Morelos) y responsable del área de competencia y consumidores del despacho Jalife y Caballero.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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