Cuánto vale la cultura

Potenciar la industria de la cultura está en los planes de las autoridades para atraer más turistas. Pero ¿cómo hacerlo si es un sector que no se mide?
Luis Miguel González

México tiene una cultura tan extensa que necesita a alguien como Carlos Monsiváis para abarcarla: de Octavio Paz y Luis Barragán a Cantinflas y Juan Gabriel. Nuestra producción cultural es tan grande que podríamos definirla como invaluable e inconmensurable, si empleáramos un poco de esfuerzo y mucha cursilería. Es inconmensurable, entre otras cosas, porque no nos hemos dado a la tarea de medirla. No sabemos con precisión cuánto vale, ni cuántos empleos genera. Para ser francos, no está muy claro cuáles son sus límites precisos.

El INEGI ha hecho un primer intento de medición, dentro de lo que se llama Cuenta Satélite. Estima que la industria cultural vale entre 2.5 y 3% del PIB. La sitúa en una magnitud parecida a la agricultura y similar a la aportación al producto nacional que hace una entidad federativa como Sinaloa. El INEGI no es la única voz que se ha hecho oír en este tema. El investigador Ernesto Piedras, utilizando otra metodología, lleva la cifra hasta un 7% del PIB. A Piedras le interesan las actividades que están protegidas por derechos de autor.

La diferencia de las cifras refleja diferentes metodologías y la dificultad para delimitar el objeto. El contenido cuenta, pero también la forma de empaquetarlo: unas enchiladas en la fonda de la esquina son una cosa, pero un festival de las enchiladas en una expo es otra. La UNESCO define las industrias culturales como "aquéllas que combinan la creación, producción y comercialización de contenidos que son intangibles y culturales en su naturaleza". ¿Les quedó claro? A mí no.

La cultura es algo que está en constante redefinición. Trasciende las bellas artes y lo bello. Un puesto de tacos puede convertirse en una instalación si pasa de la calle a una galería. El tango era un baile popular de clases bajas a principios del siglo XX. Ahora está en salas de conciertos y en los comerciales de las tarjetas de crédito, pero sigue en las pistas de baile y en cualquier conversación que quiera definir lo argentino. Desde el principio era cultura, nos diría un historiador, pero el veredicto de la historia no siempre es tan elocuente. El definir qué es cultura, sobre todo qué es la industria cultural, se ha vuelto una obsesión de tiempo completo para alguien como Eduardo Cruz, un experiodista cultural que ahora es armador de rompecabezas de tiempo completo en el Grupo de Reflexión sobre Economía Cultural de la UAM.

¿De qué otra forma llamar a esa actividad que consiste en juntar retazos de información heterogénea y luego tratar de hacer la suma de las peras y las manzanas: la Guelagetza, el barro de Tlaquepaque, los conciertos de Café Tacvba y los libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez?

Cruz explica que "la cultura necesita ser valorada como generadora de riqueza económica. No sólo es un asunto de mejorar las políticas públicas, sino también de hacer que funcionen mejor los mercados". La ignorancia de lo que valen los productos culturales hace difícil definir cuál es el precio adecuado para un espectáculo, de qué tamaño es el subsidio que realmente necesita una actividad y cuál es la política pública más adecuada para promover una industria.

En Estados Unidos, que fue pionero en la medición econométrica de las industrias culturales, pasó de un poco más de 3% del PIB en los 70 a más de 7% en los más recientes estudios. Lo que se mide casi siempre crece, porque la medición afecta al objeto medido, podríamos decir parafraseando el concepto de la ciencia que dice que la observación altera lo observado.

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El autor es director editorial del periódico El Economista.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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