El empresario político

Roberto González Barrera navegó siempre cerca de las aguas de la política y supo aprovecharlas a su favor.
Roberto González Barrera maseco expansion1100  (Foto: Gilberto Contreras)
Alberto Bello /

El Scherzino mexicano, de Manuel M. Ponce, sonaba al piano en el patio del Museo de Antropología de la Ciudad de México mientras legisladores, senadores, sindicalistas y directivos de empresa tomaban asiento para homenajear al empresario y banquero Roberto González Barrera, fallecido el 25 de agosto pocos días antes de cumplir 82 años.

Los asistentes a su homenaje eran toda una definición del entorno en el que se movió Don Roberto. Abundaban los abrazos de palmada o apretones de manos de los legisladores del momento, los priistas Manlio Fabio Beltrones  o Emilio Gamboa, la ex candidata presidencial del pan, Josefina Vázquez Mota, el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, la lideresa de los maestros, Elba Esther Gordillo, o el petrolero Carlos Romero Deschamps, así como varios directores generales de los bancos o Juan Manuel Ley, presidente de Casa Ley. Otro homenaje en Monterrey días atrás había tenido lugar bajo la mirada del gobernador Rodrigo Medina. Ahora, el presidente Felipe Calderón daría algunas palabras en recuerdo del fallecido.

En vida, fue un empresario criticado y mantenido a distancia por parte de la comunidad empresarial debido a sus vínculos y negocios con el poder. Tal vez también por su origen humilde y falta de estudios. Estos factores lo alejaron, para su frustración, del reconocimiento de las grandes familias empresarias de su estado, Nuevo León. No le impidieron superar en varios aspectos a todos los que alguna vez lo miraron por encima del hombro: fue el último gran banquero de Monterrey, una vez que familias locales como los Sada perdieron Serfin o como los Garza Lagüera vendieron Bancomer. En los días de su muerte, era uno de los empresarios más importantes  de México, 12do en el ranking que publicamos en esta edición por encima de figuras como Emilio Azcárraga Jean, Carlos Fernández González y Antonio del Valle.

González Barrera, identificado con el PRI, fue siempre leal a los presidentes del pan. De Calderón, admiró su postura ante el crimen organizado que tanto golpeó  su estado natal y su combate al tráfico de drogas. Conocía el efecto que éstas tenían en los jóvenes de Cerralvo, su pueblo, donde cada año otorgaba becas a los mejores estudiantes. En el museo, Calderón no dudó en calificarlo como un gran mexicano, el primero en ofrecer ayuda y alimentos cuando golpeaban los huracanes y las inundaciones.

Guillermo Ortiz, depositario de la continuidad de Banorte y defensor de la banca nacional cuando era gobernador de Banxico, no ocultó su admiración. "Yo le vendí un banco que era el número 18. Hoy es el tercero", dijo Ortiz, responsable a principios de los años 90 de la privatización de los bancos como subsecretario de Hacienda y hoy presidente de Grupo Financiero Banorte. "La quiso preservar como banca mexicana y el tiempo le dio la razón".

 ‘El Maseco', el fundador de Gruma y presidente de Banorte, fue ante todo un sobreviviente con una insólita capacidad de adaptación al entorno político. En el mundo vertical  y presidencialista del México posrrevolucionario, se hizo valer en los pasillos del poder en la capital como un emprendedor que revolucionó la industria de la alimentación. Eran los años del desarrollo estabilizador, cuando México crecía 6% anual, y González Barrera se convirtió en la herramienta perfecta para una política pública en torno a la tortilla. Sólo con la llegada de Luis Echeverría al poder estuvo a punto de deshacerse de la empresa, ante el giro populista del nuevo gobierno.

Roberto había crecido en las calles de Cerralvo, un pueblito mínimo que alguna vez fue la capital de Nuevo León. De niño, bajo el cuidado de su abuela, trabajó de bolero, vendedor de puerta en puerta o chico de los mandados mientras sus padres trabajaban de braceros en Estados Unidos. El reencuentro familiar llevó a su paso por algún internado y, finalmente, a la ruptura con su padre. Roberto dejó el hogar para trabajar en Veracruz para Pemex y montar una empresa en torno a los cocos. Siempre recordaba con sentimentalismo los años del Mocambo, al Trío Matamoros en vivo y la vida en torno al esplendor de Veracruz.

La creación en 1949 de la empresa que daría lugar a Maseca, a partir de la compra de un molino de harina de maíz, cambió la manera en que se hace tortilla, el ingrediente esencial en la alimentación de los mexicanos. Supo crecer después a la sombra de las amistades leales y los subsidios. Eran los años del gobierno centralizado y corporativista y las empresas públicas Conasupo y Diconsa y sus antecesoras le entregaban grano barato y le garantizaban la distribución subvencionada de su producto. Algunos de sus amigos, como Carlos Hank González o Raúl Salinas de Gortari, estuvieron en algún momento al frente de estas empresas.

Él no engañaba. "Todo se lo debo a dos Salinas: a mi general Bonifacio Salinas y a don Raúl Salinas Lozano", me dijo, provocador, en la serie de entrevistas que le hice para la biografía incluida en el libro Amos de México.

Es un México diferente al de hoy. Así nació gran parte del tejido industrial mexicano, en la sustitución de importaciones, la estructura oligopólica de los mercados, la captura de rentas, siembre bajo el lema del abastecimiento alimentario a toda la población o de la industrialización.

El general Bonifacio Salinas, gobernador de Nuevo León en los primeros años 40, otorgó a la emprendedora familia González, de Cerralvo, varios contratos y concesiones. Cuando González Barrera y su padre decidieron arrancar el negocio del maíz, fue el general quien les dio el crédito necesario para comprar un molino de maíz e iniciar el negocio que revolucionó la manera de hacer tortillas, al simplificar el proceso tradicional de la nixtamalización. Fue también el general quien le abrió las puertas de la política y le acercó a los grandes políticos que crecerían en el sexenio de López Mateos.

"¿Cómo le puedo ayudar?", le preguntó alguna vez el secretario de Hacienda Antonio Ortiz Mena, consciente de la necesidad de empresas fuertes. "Usted sólo déjeme acompañarlo en el elevador y que me vean", le respondió González Barrera, conocedor de la llave que suponían las buenas relaciones con el entorno presidencial para hacer negocios en aquellos años.

Don Raúl Salinas Lozano fue un personaje de larga presencia en la vida de González Barrera. Padre de Carlos y Raúl Salinas, fue secretario de Industria y Comercio durante la presidencia de López Mateos, y fue un apoyo esencial para el crecimiento de la compañía de harinas de maíz que decidió fundar la familia González. Don Raúl perdió influencia política por hacer la apuesta equivocada en la sucesión de López Mateos,  pero González Barrera siempre lo mantuvo cerca y como consejero con sueldo hasta los años 90. Nunca perdió su gratitud con el político, regiomontano como él. En el cambio generacional del empresariado mexicano en los años de Salinas de Gortari, en los que se consolidaron nuevas fortunas en torno a la liberalización de los mercados, la privatización de empresas y la apertura al exterior, González Barrera pasó el corte con éxito. Tuvo acceso a participar en la nacionalización bancaria, mientras otros perdían el tren de la modernización.

Lo sorprendente es que este hombre sin estudios logró adaptarse a la apertura de los mercados mejor que la mayoría de sus contemporáneos. Internacionalizó su compañía antes de los tratados comerciales, acompañó a los emigrantes en Estados Unidos con sus tortillas y estableció una planta en Costa Rica a principios de los años 70. Fue el único banquero mexicano que no quebró en 1995 y que el día de su muerte podía presumir de presidir el tercer banco del país y el mayor de los controlados por capital mexicano.

"Yo triunfé en Estados Unidos y a mí el gobierno de Estados Unidos no me paga un peso", dijo alguna vez, ante las críticas acerca de si su empresa vivió de los subsidios. En el homenaje que se celebró en el Museo de Antropología, Joel Sánchez, director de Gruma, anunció la apertura de la planta número 100 de la empresa, hoy presente en cuatro continentes.

La tentación de volver a empezar

González Barrera tuvo dos tentaciones: la política y, en una crisis de los 40, la de estudiar lo que no había estudiado en la vida.

Sufrió la tentación de la política de la mano del gobernador Eduardo Livas, que le ofreció ser legislador local. Hasta que el general Alfonso Corona del Rosal, entonces presidente del PRI, le arrebató su sueño -"¿Qué cree? No va a ser usted el candidato"- y le encomendó una misión clara: seguir creciendo la compañía.

En los albores del sexenio de Echeverría, el empresario tuvo la tentación de abandonarlo todo por un cheque. El gobierno quería comprar la compañía que fabricaba gran parte de la harina de maíz del país, sólo rivalizada por la gubernamental Minsa. Esta paraestatal fue dirigida por el mismo Hank a través de Conasupo. Minsa languideció, como consecuencia de arreglos entre ambas compañías que difícilmente autorizaría hoy la Comisión Federal de Competencia.

González Barrera se dejó seducir, afectado por "un mal de amores", por el cheque de Echeverría. Llegó a rentar una casa en Lausana, Suiza, con vistas al lago. Un breve sueño del que lo disuadieron en una noche de tragos y pláticas su futuro consuegro Carlos Hank y quien fuera el secretario de Hacienda más exitoso de la historia mexicana, Ortiz Mena. Éste fue quien le ofreció -en las puertas de su salida del gobierno, camino del Banco Interamericano de Desarrollo-, un cheque de crédito para la expansión de Maseca. Una oferta que González Barrera no rechazó. El sexenio de Echeverría lo llevó fuera de las fronteras de México, a Costa Rica, donde vivió largas temporadas, y a iniciar la exportación de harina Maseca a Estados Unidos. También arrancó ahí la profesionalización de la compañía, con la contratación de administradores de carrera, como Eduardo Livas Cantú.

Durante la preparación de la biografía de González Barrera, varios antiguos colaboradores o políticos que habían tratado con él se negaron a concederme entrevista bajo el argumento de que no iba a querer escribir "lo malo". Lo malo, sin duda, es que González Barrera no se tocaba el corazón. Era implacable con los colaboradores que le "fallaban". Tenía mano de hierro en la negociación con los productores de maíz y con los secretarios de Estado, ante quienes no dudaba en ejercer el poder que le daba su red de relaciones para mantener vivos los subsidios. Fue leal con varios amigos, pero una historia es la excepción.

Durante el juicio a Raúl Salinas de Gortari celebrado en la segunda mitad de los 90 por presunto lavado de dinero, González Barrera se negó a declarar alegando que era amigo del acusado. "Que vean cuántas veces me visitó en prisión", se lamentaba Salinas, que afirmaba que los recursos por más de 250 millones de dólares que tenía en Suiza eran fondos cedidos por empresarios entre los que estaba González Barrera. Salinas de Gortari siempre hizo público el sentido de traición de quien había sido protegido de su padre, beneficiario de las empresas en las que había trabajado él y receptor de la privatización de un banco como cabeza de un grupo de inversionistas.

No estaba ningún Salinas de Gortari entre quienes homenajeaban al empresario en agosto. En el aire quedaban algunas incógnitas con su muerte y la claridad de que, en la sucesión, González Barrera tampoco se tocó el corazón. La sucesión en Banorte estaba clara bajo la batuta de Ortiz. ¿Qué pasará en Gruma, donde Joel Sánchez quedaba como director general y dos hijos del fallecido quedaban en direcciones regionales: Roberto González Alcalá, director general para México y Latinoamérica, y Juan Antonio González Moreno, director general de Gruma Asia y Oceanía?

La familia González es dueña de 51% de las acciones de Gruma. En el informe anual a la Bolsa de Nueva York, dice que Archer Daniels Midland (ADM), socio con 23% de las acciones de la empresa, 18% con derecho a voto, tiene derecho preferencial a la compra de acciones en caso de que éstas se vendan bajo ciertas condiciones. El consejo deberá decidir quién ocupa su presidencia, hoy en manos de Sánchez.

Fin de una era

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Roberto González Barrera simboliza el fin de un perfil empresarial. Un hombre de origen rural que apenas terminó la primaria representó al empresario del México posrrevolucionario y llegó a ser el principal banquero mexicano gracias a una profunda disciplina, a una gestión con los pies en el suelo. Gracias a sus vínculos con el gobierno, construyó un imperio empresarial con la industrialización del proceso de fabricación del principal alimento del país. Se adaptó a los cambios económicos, políticos, empresariales y tecnológicos mejor que muchos de sus contemporáneos para construir una multinacional que sobrevivió incluso a la crisis de los derivados en 2008. Conquistó el mercado estadounidense aunque no hablaba inglés, puso el pie en China y dejó una estructura profesionalizada en todas sus empresas.

La manera en que hizo su fortuna puede parecer intolerable en una época en que la competitividad, la transparencia y la regulación nos parecen mínimos innegociables. No es ése el mundo en el que nació González Barrera y no fueron las reglas con las que jugó. El presidente Calderón dijo que era un ejemplo de "un mexicano de esfuerzo y trabajo". Escuchar eso le hubiera parecido justo y le hubiera hecho muy feliz.

UNA HISTORIA DE INVERSIONES
Gruma, la empresa insignia de Roberto González Barrera, se expandió por el mundo a lo largo de más de 60 años y llegó a cerca de 100 países.
1949 Roberto González Barrera y un grupo de empresas fundan GIMSA, empresa dedicada a la producción y venta de harina.
1972 Incursiona en el mercado centroamericano. El primer país donde pone una planta fuera de México fue Costa Rica.
1977 Entra al mercado de Estados Unidos. Su oferta incluye tortillas empacadas, harina de maíz y otros productos relacionados.
1993 ELlega al mercado venezolano al invertir en Demaseca, firma dedicada a la producción de harina.
1994 Inicia operaciones de tortilla empacada en México, buscando diversificar sus líneas de productos en el país.
1996 Fortalece su presencia en Estados Unidos a través de una asociación con la empresa Archer Daniels Midland.
2001 a 2003 Decide vender el negocio de pan bajo la marca Breddy, en el norte de México.
2004 Adquiere Ovis Boske, una compañía holandesa de tortillas, y Nuova De Franceschi & Figli, una firma italiana.
2006 Completa las adquisiciones de dos plantas de tortilla en Australia: Rositas Investments y OZ-Mex Foods.
2007 Celebra un contrato para vender 40% de su participación en Monaca a sus socios de Demaseca.
2008 a 2010 Hace importantes inversiones para la construcción de plantas de tortilla en el sur de California, Australia y Ucrania.
2011 Adquiere Semolina, el productor líder de tiritas de maíz en Turquía, y dos plantas de tortillas en Estados Unidos.
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