La última llamada

El país ha renunciado a la posibilidad de aumentar su intercambio comercial ante presiones de ciertos sectores. En abrirse puede estar el futuro.
Xavier Ginebra Serrabou

El 18 de junio, siete meses después de su solicitud inicial, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, invitó a México, en el marco de la Cumbre del G20, a unirse a las negociaciones del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés). Sin embargo, esta participación no será una realidad sino hasta octubre de 2012, una vez que la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos haya concluido el proceso de consultas de 90 días establecido con su Congreso para definir objetivos de negociación.

Aunque el presidente de México, Felipe Calderón, calificó el TPP como "una de las iniciativas de libre comercio más ambiciosas", el país llega tarde a esta negociación.

México fue invitado a formar parte de ella desde 2008, pero, en su momento, el gobierno mexicano rechazó la propuesta ante la oposición del sector privado. Más aún, los propios funcionarios titubearon sobre la dirección de la política comercial y cayeron en la trampa de la parálisis.

Como el invitado que llegó tarde a la mesa, México tuvo que aceptar ciertas condiciones. Por ejemplo, se dice que Estados Unidos le pidió que diera muestras de ‘confianza' de que asumirá los más elevados estándares comerciales que se propone establecer el TPP. Como respuesta, el presidente Calderón firmó el Acuerdo Comercial contra la Falsificación (ACTA), a pesar de la oposición del Senado.

De acuerdo con la publicación Inside US Trade, México entra al TPP con ciertas restricciones. Por ejemplo, el país tendrá poca capacidad de maniobra para reabrir textos ya acordados después de 14 rondas de negociación, a menos que los nueve miembros del TPP accedan a ello (el único capítulo cerrado hasta el momento es el de las pyme).

¿Por qué México estaría dispuesto a pagar este precio? El primero tiene que ver no sólo con el acceso al mercado de Estados Unidos, sino con la necesidad de garantizar su participación en ese mercado frente a nuevos socios de nuestro vecino del norte. Esto es de especial relevancia para México, pues 80% de sus exportaciones van a Estados Unidos. Al intervenir en el TPP se abre la posibilidad de participar junto con los otros países de este acuerdo en las cadenas de producción de sectores como calzado, textil, confección, automotriz o acero.

El segundo tiene que ver con la necesidad de México de construir puentes más sólidos con mercados clave de Asia. Hoy, sólo tiene un acuerdo comercial con Japón.

El tercero se refiere a la participación de México en la definición de las nuevas normas del comercio internacional. México aseguró a los socios del TPP que está comprometido con un acuerdo de elevadas ambiciones, que incluirá temas de nueva generación, como la coherencia regulatoria.

México tiene en la actualidad una batería firmada de 12 acuerdos comerciales, cuyo contenido lo compromete con 42 países. Registra un déficit comercial con 75% de sus socios comerciales y en los últimos 20 años ha sufrido pérdidas en su balanza comercial con 18 de ellos. El déficit comercial con China es el peor de todos (41,000 mdd en 2010), a pesar de las cuotas compensatorias vigentes hasta hace algunos meses. Este tipo de datos lleva a pensar que no vendría mal una revisión de la política de comercio exterior.

La actividad comercial global representa cerca de 30% del PIB mundial. El intercambio del comercio internacional es una actividad que junto con la revolución industrial, hoy tecnológica, llegaron para quedarse.

El autor es doctor en Derecho Económico, profesor investigador de la  UAEM (Morelos) y responsable del área de competencia y consumidores del despacho Jalife y Caballero.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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