Un Brasil de clase media

Entre 30 y 40 millones de personas dejaron la pobreza. La presidenta dice que quiere más.
Joe Leahy / Financial Times

La trigésima sexta presidenta de Brasil se inclina hacia adelante y mira a su alrededor con determinación, asegurándose de que nadie se pierda de su idea simple pero atrevida de lo que quiere para el país.

Después de casi 10 años de gobierno del Partido de los Trabajadores, la mayor economía de América Latina disminuyó sus niveles de pobreza y logró importantes avances en la reducción de la desigualdad, tendencia contraria a la creciente brecha en otros países.

"Pienso que esto es un logro muy importante para Brasil: transformar el país en una población de clase media", dice Dilma Rousseff en su oficina en el Palácio do Planalto en Brasilia, la maravilla modernista de mármol diseñada por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. "Queremos esto. Queremos un Brasil de clase media".

Brasil logró notables avances en mejorar las condiciones de vida de millones de personas en la que continúa siendo una de las sociedades más desiguales del mundo. Este milagro económico ayudó a sacar de la pobreza a entre 30 y 40 millones de personas, además de crear mercados para empresas nacionales y multinacionales y atraer a inversionistas mundiales.

No obstante, tras una década de condiciones mundiales favorables en términos generales, la economía brasileña se desaceleró repentinamente. Así que para que el país cimiente su nueva prosperidad y continúe siendo uno de los motores del crecimiento mundial junto con Rusia, India y China -los otros países del grupo conocido por el acrónimo BRIC-, Rousseff debe encontrar un nuevo modelo de desarrollo.

En un mundo afectado por la crisis económica, la pregunta es si logrará que se aprueben los cambios que se requieren para desencadenar una segunda década de crecimiento. Entre ellos: hacer frente a la falta de competitividad de Brasil y los elevados costos laborales, ambos temas contenciosos.

"Tenemos que hacer las cosas difíciles", dice José Scheinkman, profesor brasileño de Economía en la Universidad de Princeton.

Sin embargo, cuando Rousseff entra a la modesta sala de conferencias ubicada junto a su oficina en el palacio presidencial, no se nota si enfrenta o no presión. Entra confiada pero, por las dudas, toma precauciones: en la muñeca lleva un amuleto tradicional para evitar el ‘mal de ojo'.

Tiene fama de ser firme y de hacer llorar a los ministros en las reuniones si no hacen su tarea.

Sin embargo, cuando un hispanoparlante en la sala intenta hablar portugués con un fuerte acento, bromea con él imitando su cadencia. "También hablamos español aquí", dice con un toque de humor.

Cuando Rousseff, asumió el cargo en 2011 como la sucesora escogida por el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, había escepticismo sobre si esta tecnócrata que nunca había ocupado un cargo público sería capaz de controlar su coalición de más de 10 partidos, encabezada por el Partido de los Trabajadores.

No obstante, los críticos no contaban con la determinación que mostraría la primera presidenta de Brasil. En 1967 se unió a un grupo militante de izquierda que se rebeló contra la dictadura de derecha del país y asumió el nombre de guerra de Estela. A principios de los años 70, fue capturada, torturada y pasó casi tres años en la cárcel.

Cuando Lula da Silva ganó la presidencia en 2003, eligió a la economista Rousseff como su ministra de Energía y luego como su jefa de gabinete. Como presidenta, compensa su falta de experiencia electoral siendo diferente. Cuando sus ministros se vieron involucrados en escándalos de corrupción el año pasado, hizo algo inusual en Brasilia: no los defendió y simplemente los despidió, a siete en total. Los electores aplaudieron su decisión.

Al mismo tiempo, la tasa de desempleo siguió bajando, hasta alcanzar un mínimo récord este año de menos de 6%, y su popularidad subió a un máximo histórico de más de 70%.

"La gente decía que no tenía experiencia política", dijo Fernanda Montenegro, la actriz brasileña nominada al Oscar, en un evento el año pasado en honor de la mandataria en Nueva York. (Se dice que Montenegro es la actriz favorita de Rousseff). "No obstante, creo que ganamos con Dilma porque... no sigue la forma tradicional de hacer política en Brasil".

Mientras que el año pasado puso a prueba las habilidades políticas de Rousseff, este año está bajo presión para reactivar la economía. Luego que la economía se expandió 7.5% en 2010 debido a los elevados precios de las materias primas y a un auge del crédito y el consumo, el año pasado el crecimiento bajó a 2.7%.

Este año, podría caer aún más, hasta 1.5%.

¿Defensa o proteccionismo?

Cuando se le pide enumerar sus principales retos, Rousseff apunta a uno de los sospechosos de siempre. Si una política monetaria relajada en Estados Unidos no viene acompañada de políticas fiscales para absorber los fondos excedentes, se producen devaluaciones competitivas e inflación. "Las políticas monetarias expansionistas que llevan a una depreciación de la moneda crean asimetrías en las relaciones comerciales, serias asimetrías", enfatiza.

Ahora que Estados Unidos y otros países están buscando salir de la desaceleración exportando, Brasil se niega a convertirse en mercado para estos bienes. El gobierno intenta proteger sus industrias adoptando medidas como subir los impuestos a los automóviles con un contenido de componentes importados superior a 40%. Esta medida, aunada a la decisión reciente de aumentar los aranceles a cientos de productos que van desde ductos hasta llantas para camiones, desencadenó quejas de sus socios comerciales, incluso Estados Unidos. Sin embargo, en un discurso en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidades el mes pasado, Rousseff dijo que "las medidas legítimas de defensa" no pueden ser tachadas de proteccionismo.

"Este país no sólo ensambla cosas", dice Rousseff. "Queremos un país que produzca, que cree conocimiento y lo aplique aquí. Queremos una fuerza laboral capacitada".

No obstante, reconoce que muchos de los problemas de Brasil son propios. Los altos costos laborales, la baja productividad, la mala infraestructura y los elevados impuestos llevan a que la inflación suba cuando la economía empieza a crecer. El gasto del gobierno equivale a 36% del producto interno bruto, igual al de muchos países europeos avanzados pero sin los mismos niveles de eficiencia.

Tony Volpon, economista de Nomura en Nueva York, argumenta que el ritmo de crecimiento potencial de Brasil -la velocidad a la que puede expandirse sin generar una elevada inflación- cayó desde 4% en la última década a cerca de 3%. Esto se debe a que en la década pasada el crecimiento fue parcialmente resultado de la incorporación de una mayor cantidad de personas al empleo formal. Hoy en día, con un desempleo relativamente bajo, esa meta fácil de alcanzar ya no existe.

"La pregunta es: ¿vamos a ser más ambiciosos y atender otras cosas? -se pregunta Volpon-. O no y seremos una economía con un crecimiento de 3% y una elevada inflación".

Aunque la presidenta no promete un paquete de reformas tipo ‘Big Bang', como se vio recientemente en India, que abrió los sectores minorista y de aerolíneas, Rousseff dice que Brasil abarata la mano de obra bajando los impuestos a las nóminas. Hasta el momento, 40 sectores industriales se beneficiaron. Y hay otras medidas fiscales en camino.

"Esto es importante porque no queremos penalizar a quienes generan empleo", dice.

El gobierno también intensifica la venta de concesiones de infraestructura. Ya vendió aeropuertos en São Paulo, en la vecina Campinas y en Brasilia, el más grande del país. También se prepara para vender concesiones de carreteras y trenes por 133,000 millones de reales (65,481 millones de dólares). Y después vendrán los puertos. Estos proyectos grandes son considerados cruciales ahora que Brasil será sede del Mundial de fútbol en 2014 y de los Juegos Olímpicos dos años después. "Queremos socios del sector privado de cualquier origen", puntualiza Rousseff.

El otro programa importante del gobierno es reducir las tasas de interés tradicionalmente elevadas del país. El banco central bajó las tasas 500 puntos básicos en 12 meses, hasta un mínimo récord de 7.5%. Pero Rousseff y sus ministros también intervinieron y presionaron a los bancos para que bajaran las tasas de interés. Aunque los bancos son criticados por cobrar tasas de usura en el país -las de las tarjetas de crédito superan el 100%-, la intervención verbal del gobierno desencadenó temores de interferencia en el mercado. Rousseff no se disculpa por ello.

Brasil era el último banquete gratis en el mundo para los bancos, dice, en referencia a las elevadas tasas de interés que cobran a los clientes: "Estamos regresando a niveles normales de rentabilidad. Esto significa que algunos de nosotros tendremos que empezar a buscar ganancias adecuadas en actividades productivas que sean buenas para el país".

La presidenta es igualmente inflexible sobre otra área en la que el gobierno es acusado de interferir con el sector privado: su decisión de reducir las ganancias de las empresas de electricidad. Toma una libreta y dibuja una gráfica que representa la vida de una planta hidroeléctrica promedio, que continúa produciendo electricidad muchos años después de que la inversión original fue recuperada. No obstante, las compañías quieren seguir cobrando los mismos precios. Por eso, el gobierno dio a los operadores dos opciones: bajar los precios ahora y renovar el contrato o esperar a que el contrato venza y arriesgarse a perderlo. El resultado fue una reducción de 16% en los precios de la energía para los consumidores y de 28% para los clientes industriales.

"Esto es muy importante porque necesitamos reducir los costos", dice Rousseff sobre la iniciativa.

Mirar hacia adentro

Aunque su predecesor gozó de la atención mundial, Rousseff es una diplomática indiferente. En la Asamblea General de la onu el mes pasado causó revuelo entre los representantes de Estados Unidos y Europa cuando dijo que la islamofobia aumentó en los países desarrollados. Pero en general asegura que Brasil es amigo de todos y que tiene una relación especial con los países africanos que hablan portugués y vínculos cercanos con Europa a través de la inmigración. "Para nosotros, el mundo es multipolar", dice.

Rousseff no quiso hablar sobre un histórico caso de corrupción en la Suprema Corte que data del primer mandato de Lula da Silva. El caso, conocido como mensalão o ‘gran mensualidad', involucra a muchas figuras del partido del ex presidente, a las que se acusa de utilizar fondos públicos para comprar el apoyo de políticos de la oposición para la agenda legislativa del gobierno en el Congreso. Algunos involucrados ya fueron condenados.

Sin embargo, Rousseff parece claramente preocupada con la responsabilidad de gobernar. Habla sobre un alcalde que se supone que estaba construyendo dos escuelas con fondos del gobierno federal, pero de hecho sólo estaba edificando una y se estaba quedando con el resto del dinero. Se le pidió poner fotos en internet de los establecimientos que estaba construyendo. Lo sorprendieron porque el mismo perro apareció en fotos de lo que se suponía eran dos escuelas distintas.

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"Uno tiene que estar preparado para todo en la vida, pero ¿que un perro denuncie a un alcalde?", dice la presidenta, riéndose. De pronto, se pone seria: "Estamos computarizando toda la estructura del gobierno porque eso nos permitirá controlar lo que hace". Esos procesos son "banales", pero necesarios, explica.

Una presidenta que presta atención al detalle quizá sea lo que Brasil necesita para consolidar los logros de la década pasada y continuar su ascenso como un país de clase media. No obstante, mucho dependerá de cuán dispuesta esté a hacer lo difícil.

DE MILITANTE A PRESIDENTA
Nació en 1947, en la ciudad de Belo Horizonte. Es hija de Pedro Rousseff, un inmigrante búlgaro, y su esposa Dilma, profesora.
En su juventud, se unió a una guerrilla de izquierda cuando el Ejército tomó el poder en 1974, aunque niega haber participado en operaciones armadas. Fue arrestada en 1970, torturada por 22 días y detenida por casi tres años. Al ser liberada, retomó su vida en el sur de Brasil, en donde trabajó para gobiernos municipales y estatales antes de ser descubierta por Luiz Inácio Lula da Silva, sindicalista líder del Partido de los Trabajadores y, más adelante, presidente.
Carrera: fue nombrada ministra de Energía por Lula da Silva en 2003 y se convirtió en su jefa de gabinete dos años después, luego de que su predecesor fue separado del cargo por un escándalo de corrupción. Sobreviviente del cáncer, se convirtió en la primera presidenta de Brasil en 2010.
Familia: se divorció dos veces y tiene una hija.
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