Prestigio en duda

La educación universitaria de Estados Unidos pierde credibilidad ante las crecientes dudas sobre su calidad y sus altos costos.
Economist Intelligence Unit

A primera vista, la educación superior en Estados Unidos sigue gozando de buena salud. En los rankings mundiales de las 100 mejores universidades del mundo, la mitad son estadounidenses y ocho de las 10 mejores, también. Albergan la mayoría de los premios Nobel y producen la mayor parte de los artículos científicos del mundo. Además, sus graduados universitarios, en promedio, reciben mejores prestaciones que quienes no tienen un título.

Sin embargo, hay  preocupación en Estados Unidos por la educación superior. Siempre se ha pensado que un título es la clave para obtener un buen empleo. Pero las colegiaturas al alza y la deuda estudiantil en aumento, sumado a un detrimento en los sueldos de quienes estudiaron, están disminuyendo la idea de que la universidad es una buen inversión.

Las dudas surgen a partir de una serie de elementos: el aumento de las colegiaturas, el crecimiento en los niveles de deuda de estudiantes y universidades y una caída en la formación de los graduados. El costo por estudiante aumentó casi cinco veces la tasa de inflación desde 1983, haciendo que la universidad sea menos asequible y elevando la cantidad de deuda que tiene que asumir cada estudiante. Entre 2001 y 2010, el costo de la educación universitaria pasó de representar 23% de las ganancias medias anuales de un egresado a 38%. Ahora, dos tercios de los graduados piden préstamos, por lo tanto, la deuda estudiantil se duplicó en los últimos 15 años.

Los estudiantes que obtuvieron una licenciatura en 2011 tuvieron 26,000 dólares de deuda, en promedio, según la organización sin fines de lucro Project on Student Debt.

El porcentaje de estudiantes estadounidenses que obtiene un título de cuatro años en seis es de 57%. El promedio es bajo con relación a los estándares internacionales: tanto en Australia como en Gran Bretaña los estudiantes consiguen mejores resultados.

Al mismo tiempo, las universidades han estado gastando más de lo que tienen. Muchas se endeudaron y esto se refleja en sus balances financieros. Además, los préstamos estudiantiles llevaron a una serie de préstamos privados imprudentes. Al menos esto ahora está controlado por regulaciones. En 2008, los prestamistas desembolsaron unos 20,000 mdd, el año pasado, sólo 6,000 mdd.

A pesar de tantos años de mucho dinero, las universidades han hecho poco por mejorar los cursos que ofrecen. El gasto de las universidades se orienta a la necesidad de competir en los rankings que tienden a calificar casi todo sobre una institución excepto la calidad de los graduados que producen. Roger Geiger y Donald Heller, de la Universidad del Estado de Pensilvania, dicen que desde 1990 los gastos de instrucción tanto en universidades privadas como públicas han sido menores a los de otras categorías de gasto, aun cuando aumentara la cantidad de alumnos. Sin embargo, las universidades están gastando mucho más en servicios administrativos y de soporte.

Las universidades no pueden recurrir al gobierno por un rescate. Los estados ya han reducido drásticamente la ayuda financiera que aportan a las universidades. Barack Obama ha manifestado su oposición al aumento de las colegiaturas y amenaza con recortar aún más la ayuda si continúa el incremento. Roger Brinner, de la consultora Parthenon Group, cree que la matrícula se mantendrá al mismo nivel por unos seis años aun cuando mejore la economía.

La burbuja educativa

En 1962, un centavo de cada dólar gastado en Estados Unidos era para educación superior. Hoy, la cifra se ha triplicado. Pero a pesar del gasto de una importante proporción del PIB en las universidades, Estados Unidos tiene sólo la 15ª proporción de jóvenes con educación universitaria. Independientemente de dónde provenga el dinero y de cómo se gaste, la raíz de la crisis de la educación superior está en el hecho de que no se crea valor adicional que equipare este gasto extra.

Una encuesta federal muestra que los niveles de lectura de ciudadanos con formación universitaria bajaron entre  1992 y 2003. Sólo un cuarto son lectores "competentes", esto es, "personas que usan información impresa y escrita para funcionar en sociedad, para lograr metas y para desarrollar su conocimiento y potencial". Casi un tercio de los estudiantes no toman cursos que impliquen la lectura total de más de 40 páginas. Sin embargo, se analiza con entusiasmo la "gestión de cargas de trabajo" en la que los estudiantes comparten en línea consejos para evitar asistir a clases sin afectar sus calificaciones. Sin embargo, ni la falta de inversión en la enseñanza ni el déficit de atención parece haber afectado las calificaciones. El 43% de las calificaciones de las carreras universitarias de cuatro años son A, 28 puntos de porcentaje superior desde 1960. Los promedios de calificaciones subieron de 2.52 en los 50 a  3.11 en 2006.

A estas alturas, un escéptico podría argumentar que nada de esto importa, ya que un título universitario es el pasaporte a un buen sueldo y que, en general, los universitarios recuperan su inversión en el transcurso de sus vidas. Si bien esto es verdad en términos generales, es también posible que se gaste de más en la educación: si no, basta preguntarle a los cientos de miles de graduados que no encuentran trabajo como abogados. Y esta ventaja es de poca utilidad para 9.1% de los prestatarios que en 2011 dejaron de pagar sus préstamos estudiantiles federales a dos años de graduarse. Hay unas 200 universidades donde la tasa de morosidad de los últimos tres años es de 30% o más.

Luego del ajuste por inflación, en 2007 los graduados universitarios ganaban no más que en 1979. Posiblemente poco les sirva a los jóvenes graduados que enfrentaron la caída de sus ingresos durante la década pasada (16% para mujeres, 19% para hombres) el argumento de que, en su vida, les iría peor económicamente sin un título.

Además, la promesa de que vale la pena un título caro en una universidad tradicional se basa en argumentos cuestionables, por ejemplo, que no existe una forma menos onerosa de obtener este nivel educativo. Sin embargo, hay vientos de cambio, ya sea a través de la tecnología o de los intentos por mejorar el tiempo en que se pueden graduar las personas. Otra afirmación, que queda demostrado que es errónea en 40% de los estudiantes, es que se van a graduar. Ciertamente, casi 30% de los estudiantes universitarios que adquirieron préstamos terminan abandonando sus estudios (hace 10 años, la tasa de deserción era de 25%).

Algunos argumentan que las universidades están aferradas a un concepto medieval de educación en una era de matriculación masiva. La productividad a la baja y los duros problemas económicos implican que el cambio está llegando con universidades en línea y con una serie de "cursos en línea, abiertos y masivos" (en inglés, MOOC) fuera de ellas. Para algunas instituciones, el aprendizaje en línea es una manera de seguir creciendo.

En plena crisis, la Universidad de California pidió un préstamo por 6.9 mdd para hacer esto. En 2011, unos seis millones de estudiantes estadounidenses tomaron al menos un curso en línea en el semestre de otoño. Aproximadamente 30% de los jóvenes universitarios aprenden en línea. En 2002, el porcentaje era de menos de 10%.

Una posible salida

Un ejemplo de cuán eficiente puede ser la educación superior es la nueva Universidad Western Governors University (WGU) en línea. La colegiatura es de menos de 6,000 dólares al año, en contraste con unos 54,000 dólares en Harvard. Los estudiantes pueden estudiar y hacer sus exámenes cuando quieran. El tiempo promedio de finalización es de dos años y medio.

Los MOOC también llegaron con gran fanfarria. Ofrecen clases gratuitas de nivel universitario dictadas por renombrados profesores y abiertas a todo  público. Hay dos compañías, Coursera y Udacity, y una empresa sin fines de lucro, edX, a cargo de este emprendimiento. En algún momento tendrán que generar algún tipo de ingreso, posiblemente a través de su certificación.

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El significado más amplio de los MOOC es que son parte de una tendencia a la desagregación de la educación superior. Van a hacer temblar muchas instituciones cuyo modelo de negocio se basa en cuotas para un curso de cuatro años. A medida que se expanda la educación en línea, las universidades se sentirán presionadas para lograr una especie de acuerdo ‘buffet', en el que tendrán que aceptar créditos de unas y otras y estudiantes que toman cursos en su casa o hasta en escuelas preparatorias.

Algunas señales sugieren que las universidades están trabajando para superar sus ineficiencias. La Universidad de Indiana acaba de anunciar innovaciones para bajar costos y reducir los años de estudios para un título. Pero se necesita más. Estas instituciones educativas están en deuda con los estudiantes que acumularon deudas y con los graduados que siguen estudiando porque su primer título no les sirvió de mucho. También tienen responsabilidad con los 17 millones que están sobrecalificados para sus trabajos y con los tres millones de puestos vacantes para los cuales no se encuentran trabajadores calificados.

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