Un drive sustentable

El golf está lejos de ser un negocio verde. De 126 campos federados en el país, sólo tres dan los primeros pasos ecológicos.
Carmen Murillo

Un manglar, casi muerto hace una década, sobrevive hoy gracias a un campo de golf. El hotel Moon Palace, en Cancún, restableció el flujo hidráulico que comunica la laguna con el humedal y el campo de golf. Al poco tiempo, regresaron aves, peces y cocodrilos.

En 2003, el hotel de la cadena Palace Resorts, que preside José Chapur, se convirtió en el primero cuyo campo integra sustentabilidad y conservación ambiental en sus prácticas, con el apoyo de la consultora Eco Red, que ayuda a certificar estos espacios.

Pocos siguen su camino. De 126 campos en el país, sólo dos más buscaron legitimar su responsabilidad ambiental ante la ONG Golf Environment Organization (GEO), según la Federación Mexicana de Golf. Uno está en trámites -Riviera Maya Golf Club, de la inmobiliaria española Piñero- y el otro que ya tiene certificado es el del hotel Riviera Cancún, también de Chapur.

 Para ser sustentable, un campo debe tener una extensión máxima de 38 hectáreas, casi la mitad que un campo tradicional. Debe usar agua tratada y escasos productos químicos y monitorear su impacto en el ambiente.

GEO certificó hasta ahora 329 campos en 25 países. Chapur dice que lograr el sello de validación aporta valor a su negocio. "Una certificación demuestra tu responsabilidad ambiental y otorga mayor preferencia de los visitantes", dice.

El costo de un título GEO es de unos 3,000 pesos, más el pago del verificador que evalúa si es sustentable o no. Jonathan Smith, director de GEO, cree que hace falta generar conciencia sobre sus ventajas.

Pero la burocracia es el principal inconveniente para algunos inversionistas. "Es complicado porque hay muchos trámites", dice Christophe Guiraud, subgerente del campo Litibú, en Punta Mita, Nayarit. Este terreno del Fondo Nacional del Fomento al Turismo (Fonatur) usa aguas residuales para el césped y un sistema inteligente de riego, separa los residuos por tipos y utiliza fertilizantes y pesticidas orgánicos. Los propietarios del Litibú ya se reunieron con certificadores y esperan la validación en 2013.

La tendencia incipiente puede ayudar a reparar el daño de los campos construidos de manera tradicional, que, según Aurelio Ahumada, fundador de Eco Red, fueron "un desastre ambiental". Afirma que utilizaban agua potable, pesticidas tóxicos y pinturas para mantener el pasto muy verde. "Modificaban corredores biológicos, exterminando especies y deforestando para poner pasto", dice. Hace apenas 10 años, se empezó a construir campos ecológicos en el país. Y para ello, los desarrolladores de campos y los  inversionistas incorporaron plantas tratadoras de aguas grises, desalinizadoras o pastos de menor crecimiento, como el paspalum.

Sin reglas

Pero más allá de certificados ecoamigables, Hernán Ramírez, investigador de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), cree que tiene que haber reglas oficiales para la construcción, desarrollo y mantenimiento de los campos.

"Los ambientalistas podemos decir que no son sustentables, pero los van a seguir construyendo y es mejor que los hagan bien", advierte Ramírez, porque el impacto más negativo recae en el suelo y en el abasto de agua. Un campo de golf, afirma, puede consumir hasta 1.3 millones de metros cúbicos anuales de agua.

En 2005, los ambientalistas mexicanos intentaron desarrollar una norma, pero no lograron ponerse de acuerdo sobre los estatutos. "Los propios ecologistas propusieron absurdos, como enrejar para evitar que cocodrilos o jaguares llegasen a los campos", recuerda Nuria Martínez, directora ejecutiva de Eco Red. "Si hay algo que no es ecológico son los campos de golf", opina Gustavo Ampugnani, director de campañas de Greenpeace México. Asegura que más de 50% de los campos de golf en el país utiliza agua potable.

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Los inversionistas en campos sustentables, dice Ramírez, de la UABCS, invierten entre 9 y 20 millones de dólares y ganan hasta 10 veces más por la venta de los terrenos alrededor del campo de golf. Y es que, según Ahumada, los campos ecoamigables son mucho más baratos al ser más chicos, porque se reducen los costos de construcción y mantenimiento hasta un 30%. Los viejos campos llegaban a ocupar 70 hectáreas.

Por eso, a la hora de jugar, el campo ecológico "representa un mayor desafío para los jugadores", dice Agustín Pizá, arquitecto de campos a nivel internacional. "Pero eso los hará más exitosos en los negocios porque aprenderán a resolver dificultades".

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