Diáspora de talentos

Las mentes brillantes no encuentran los incentivos para aplicar su talento en México.
Camelia Tigau, investigadora del Centro de Investigaciones sobre América del norte, UNAM.
“México no ha dejado de tener iniciativas y proyectos para generar redes de contactos y desarrollo de proyectos en el exterior. Aquí un recuento de los que han funcionado y de nuestras áreas de oportunidad”.
Pablo Slough

Casi 17% de la población mexicana con estudios de licenciatura o posgrado vive fuera del país. Esto es, poco más de un millón de profesionistas dejaron el país en los últimos años. Las causas de este fenómeno a menudo lamentado como ‘fuga de cerebros' son muchas y complejas: una de ellas es que la inversión en educación no sea compensada con un desarrollo económico que permita a los talentos formados aprovechar las habilidades adquiridas en el mercado laboral nacional.

Al consultar a los talentos mexicanos que residen fuera del país, una crítica constante es que el sistema de innovación es ineficiente.

"Creo que las oportunidades profesionales son limitadas en México. No hay inversión privada de mexicanos y cuando hay inversión privada de extranjeros están reproduciendo la tecnología que hay afuera. Un ingeniero mexicano, que desde hace 26 años vive en Canadá, dice: "No hay ingeniería, no hay desarrollo, en México no hay innovación. Aunque hay ideas en la universidad, no hay empresas mexicanas que vayan a comprar eso".

Otros problemas identificados por la diáspora mexicana calificada son la comparación desventajosa con países como China e India, que hacen mejor uso de sus talentos, el bajo presupuesto para educación, ciencia y tecnología, la poca popularidad del oficio de investigar y la mala imagen de la ciencia en el mundo político y la sociedad. También lamentan la falta de capital de riesgo que permita que los inventos que se desarrollan en las instituciones educativas se traduzcan en innovación, escasez de patentes, y la poca cooperación entre investigadores y profesionistas mexicanos quienes no están acostumbrados a trabajar en equipo.

"En tono de broma y no, a veces pienso que los mexicanos tenemos un gen de la discordia", dice Manuel Saldaña, ex presidente de Red de Talentos Mexicanos, capítulo Toronto. "Digo que es genético cuando lo comparo con otras comunidades de inmigrantes en Toronto. Ahora que saldrá el genoma humano del mexicano, a lo mejor aparece por ahí el gen de la discordia. Porque si alguien dice ‘blanco', alguien contradice con ‘negro'".

La falta de cooperación entre los miembros de la diáspora mexicana es un obstáculo real para que lo proyectos binacionales funcionen. Esto determina que las asociaciones existentes, como la Red de Talentos Mexicanos (RTM) o la Asociación de Ex-A-Tecs, para nombrar quizá las más importantes a nivel mundial, no se comuniquen entre ellas, con pocas excepciones. La primera es un iniciativa gubernamental que inició en 2005 a través del Instituto de los Mexicanos en el Exterior, para organizar a la diáspora mexicana calificada con la esperanza de iniciar proyectos de cooperación e inversión que beneficien el desarrollo de México. Aunque la iniciativa básica ha sido gubernamental, los responsables de su puesta en marcha son los talentos mismos, es decir, la organización de los ciudadanos fuera del país. Ex-A-Tecs es la asociación de egresados del Instituto Tecnológico de Monterrey que viven fuera del país y su propósito principal es la ayuda a los miembros para integrarse a su nuevo destino. Los miembros de ambas organizaciones rara vez coinciden y mucho menos, colaboran.

Desunión mexicana

Un Ex-A-Tec, que vive y trabaja en Canadá desde hace 13 años, criticó la RTM: "Como todos son talentosos, actúan con demasiada cautela, con demasiada precaución y le están invirtiendo demasiado tiempo para empezar algo".

El punto débil al que apunta esta declaración es que la RTM ha tardado en brindar resultados concretos, sobre todo cuando los apoyos financieros se distribuyen a través del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y Puntos Nacionales de Contacto, y son insuficientes para cubrir las necesidades de todos los capítulos de la red, que suman 16 en América del Norte, Europa y Asia. De éstos, menos de la mitad ha recibido más que el apoyo logístico de embajadas o consulados.

Para concluir, regresamos al bajo presupuesto para la innovación, ciencia y tecnología. A decir de Manuel Saldaña: "Siempre que hay recortes, se le recorta a la educación. La inversión en ciencia y tecnología no da resultados inmediatos y requiere visión a largo plazo. Pero lo urgente mata lo importante en la política".

¿Cómo lograr entonces una mayor inversión en innovación? Varios talentos y académicos coinciden en que la labor de convencimiento comienza por mejorar la imagen de la ciencia en la sociedad. Martin Carrier, académico de la Universidad de Pittsburgh, observa que el financiamiento público para la ciencia se basa en la convicción de que la ciencia tiene un impacto positivo en la economía y contribuye a la creación de puestos de trabajo. Consecuentemente, es la ciencia aplicada y no la investigación pura la que recibe la mayoría de la atención pública y el apoyo político. Una verdad que habría que explorar a fondo y sin temor en el caso de México.

Por ejemplo, la Ley Bayh-Doyle, implementada en 1980 en Estados Unidos, hizo que los laboratorios de investigación de instituciones públicas pudieran beneficiarse económicamente de los derechos de propiedad intelectual sobre sus inventos, lo que incrementó el número de patentes. Esta ley inspiró a otros países de la OCDE a hacer reformas para que sus instituciones de investigación pudieran ser titulares de las licencias y patentes, lo que ha resultado en una mayor colaboración entre el ámbito público y el privado a favor del sector en esos países. Sin que esto signifique que se tengan que disminuir los estímulos a la investigación básica, buscar un campo de innovación y aplicación para los inventos de la universidad es sin duda una opción viable también para México.

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