Energía sin reservas

Vivimos de la leyenda de la expropiación petrolera que nos permitió recursos antes impensables. Es tiempo de cambiar el paradigma.
Ana Lilia Moreno González y Xavier Ginebra Serrabou

Sin la propiedad estatal del petróleo, la administración de la abundancia y la década perdida hubieran sido imposibles. La viabilidad del Estado mexicano pende de una espada de Damocles: las reservas probadas alcanzan hasta 2016 y 40% de los ingresos públicos proviene del oro negro. De tres millones y medio en la pasada década, ahora sólo exportamos 2.5 millones de barriles diarios y la mayoría de estos ingresos se va en la importación de gasolinas.

El mapa mundial de los energéticos se modifica. Los altos precios de los energéticos -de hasta 140 dólares- que permitieron a México gozar de una primavera ‘negra', bajaron a menos de la mitad tras la crisis de 2008. El descubrimiento de yacimientos de shale gas y tight oil nos colocan en un nuevo sueño, pero el costo de explotar los nuevos Cantarell es inviable para Pemex.

La Agencia Mundial de Energía (AME) anticipa un incremento a la demanda de energéticos cercano a 33% para los próximos 22 años. La OPEP plantea que, aun cuando las tecnologías prometen nuevos paraísos energéticos, el petróleo seguirá siendo protagónico. Su demanda se verá afectada en los próximos 25 años por la disminución de energía nuclear de los países desarrollados, la desaceleración económica mundial y las tasas chinas e indias de población económicamente activa.

Los combustibles fósiles satisfarán un 82% de esa demanda y la OPEP invertirá 270 billones de dólares en exploración, desarrollo, refinería y transporte. En cambio, la AME urge a implementar medidas mundiales de eficiencia energética. Detractores, como el Instituto Postcarbono, piden cautela y revisar las estadísticas de producción. Quizá, dicen, esta nueva fiebre del ‘oro negro' derivará en una decepción.

Hace cinco años nadie hubiera imaginado que Estados Unidos pudiera tener independencia energética. Ahora parece próximo. Pero no nos emocionemos porque México no aparece en el mapa que marca tendencias mundiales para los próximos 22 años. Hoy, la explotación del shale gas aquí es financieramente inviable con recursos públicos. Pero posible si se logran alianzas estratégicas con recursos privados.

En 2012, expertos del Woodrow Wilson International Center for Scholars y el Instituto Tecnológico Autónomo de México encontraron que, sin un sector energético sano en 2016, el Estado mexicano podría ser económicamente fallido. Según estos expertos, la estructura legal, regulatoria y de capacidad de respuesta del modelo de hidrocarburos está agotado.

Un nuevo modelo mexicano y la política energética nacional deben resolver la desconexión entre el sector energético y el resto de la economía. Necesita un cambio constitucional y hacer una distinción entre el dueño de los hidrocarburos -la Nación, ente abstracto- y los operadores públicos o privados autorizados para extraerlos y transformarlos.

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Pemex no puede cumplir por sí solo con sus responsabilidades de extraer, transformar y transportar petróleo. Es imperativo que tenga mayor libertad financiera, operativa y de asociación. Deberá participar con terceros en áreas en las que no se da abasto. El problema no es tanto de competencia -las infraestructuras son monopolios naturales-, como de regular Pemex y hacerlo eficiente.

La contracara estará en la reforma fiscal, porque lo que la Federación deje de ganar por ingresos de petróleo tendrá que compensarse con mayor recaudación fiscal. De otro modo, tras la borrachera de gasto que nos permitió la expropiación petrolera, no nos esperará una cruda de fin de semana, sino una cirrosis hepática.

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