Fiebre del oro en Asia central

En el turbulento Kirguistán, una mina es considerada el boleto a la prosperidad. Muchos piden renacionalizarla para quitársela de las manos a una minera canadiense.
Dmitry Solovyov / Reuters

En un país empobrecido y joven que acostumbra derrocar a sus gobernantes, el futuro depende de una montaña de oro en la cima del mundo, un lugar donde se hace tan difícil respirar que a veces los visitantes se desploman y tienen que recurrir a una cámara de presión para conseguir el preciado oxígeno.

Después de dos revoluciones en ocho años, los nacionalistas en Kirguistán amenazan con volcarse de nuevo a las calles para derrocar a otro gobierno, a menos que expropie la mina de oro de Kumtor, un tesoro que aseguran fue vendido a un precio demasiado bajo a los extranjeros.

El Parlamento en la remota ex república soviética de Asia Central puso junio como fecha límite para que el gobierno renegocie -o rechace- un acuerdo alcanzado en 2009 con la firma canadiense Centerra Gold.

Una comisión estatal concluyó que dicha empresa ha pagado muy poco para operar la mina, y la acusó de infligir daños al medio ambiente que llevaron a 457 millones de dólares en multas. Por otra parte, tres legisladores fueron condenados recientemente por intentar tomar el poder a la fuerza, después de encabezar manifestaciones a finales de 2012 para exigir que la mina se volviera a nacionalizar.

El primer ministro Zhantoro Satybaldiyev, quien asumió el cargo en septiembre con reputación de tecnócrata y la promesa de reducir la pobreza en este país de 5.5 millones de habitantes, dice que es vital alcanzar un acuerdo, y que desterrar a Centerra acabaría con las esperanzas de atraer inversión extranjera. "Nuestro clima de inversión dependerá directamente de qué tan exitosamente resolvamos el asunto de Kumtor".

Crisol dorado

Kirguistán, un país sin salida al mar enclavado a medio camino entre Moscú y Beijing, tiene su gran tesoro nacional en la mina ubicada a 4,000 metros de altura en las montañas de Tien Shan, cerca de la antigua frontera soviética con China.

Camiones del tamaño de una casa de tres pisos resoplan en la gigantesca mina a cielo abierto mientras trasportan las rocas a un molino de extracción de oro, que funciona los 365 días del año. Dentro de una habitación custodiada, dos trabajadores con overoles plateados a prueba de calor vierten oro fundido de un crisol a los moldes. Minutos más tarde, cuatro relucientes barras con un valor de 2.6 millones de dólares son estampadas y selladas en las bóvedas.

Bajo el acuerdo alcanzado con el depuesto presidente Kurmanbek Bakiyev, antes de que una revolución lo derrocara en 2010, la empresa paga 14% de sus ingresos brutos al Estado kirguí. La comisión estatal que investigó el acuerdo concluyó que las regalías son demasiado bajas, lo que dio lugar a la solicitud del Parlamento para que el acuerdo sea revisado o repudiado.

La disputa llegó a las calles. En octubre, tres legisladores nacionalistas encabezaron a una multitud que intentó tomar por asalto la sede del gobierno y exigía la nacionalización de Kumtor. Los tres fueron detenidos y enfrentan hasta 18 meses en prisión. "Sólo expresamos la voluntad de la gente para devolver Kumtor a nuestra nación", dijo su líder, Kamchibek Tashiyev, jefe parlamentario del partido nacionalista Ata Zhurt.

No es Suiza

Desde hace mucho tiempo, los líderes kirguís han visto Kumtor como el boleto para la estabilidad y la prosperidad del país. En 1995, el primer presidente del Kirguistán independiente, el matemático Askar Akayev, visitó la mina y declaró: "Estamos transfiriendo oro de las montañas a los bancos, y esto nos ayudará a transformarnos en la Suiza de Asia central".

Akayev fue derrocado en 2005, y su esperanza de convertir su país en una nueva Suiza se volvió un chiste cruel. Con su PIB per cápita de 1,100 dólares, Kirguistán es 12 veces más pobre que Kazajstán, su antiguo vecino soviético, que tiene petróleo, gas, metales y granjas productoras de granos.

Kumtor, que significa "pico de arena", en la lengua nacional túrquica, representó 12% del PIB de Kirguistán en 2011, y más de la mitad de sus exportaciones.

El año pasado, el hielo glacial se desbordó en su gigantesca mina a cielo abierto, lo que provocó que su producción cayera un 46% a 315,238 onzas de oro, y que los ingresos bajaran a 43%, a 534 mdd, lo que hizo que la economía de todo el país entrara en recesión.

Aunque el jefe de Kumtor Operating Company (KOC), Michael Fischer, espera que la producción tenga un rebote para alcanzar entre 550,000 y 600,000 onzas este año, no hay señales de una recuperación en sus relaciones con algunos políticos hostiles.

"Hemos pasado por dos revoluciones, se eligió el primer Parlamento democrático y nos las hemos arreglado con varios gobiernos", dice el neozelandés, quien desde su llegada en 2009 ha supervisado los trabajos de exploración que han añadido suficientes reservas para alargar el tiempo de vida esperado de la mina en más de una década. "Creemos que somos parte del tejido social de Kirguistán, y vamos a seguir aquí hasta el cierre de la mina en 2026".

El yacimiento, descubierto en la época soviética, produjo un total de 8.7 millones de onzas de oro entre 1997 y 2012. Según sus propios datos, la empresa operadora tiene previsto extraer hasta 9.5 millones más de onzas de oro antes de que la mina se agote.

Kirguistán será aún más dependiente de Kumtor a partir del próximo año, cuando Estados Unidos se prepara para cerrar la otra gran empresa occidental del país, la base aérea de Manas, arrendada por 60 mdd al año para la guerra que se acerca a su fin en Afganistán.

Rusia, feliz de ver a los estadounidenses abandonar su patio trasero, prometió gastar cientos de millones de dólares en grandes proyectos hidroeléctricos en Kirguistán, pero cualquier trabajo tardará años y enfrenta la resistencia del vecino río abajo, Uzbekistán.

Boleto ganador

Para los 3,400 trabajadores a tiempo completo y contratistas en Kumtor, los salarios mensuales de 2,000 dólares -10 veces el promedio nacional- compensan las adversidades físicas del trabajo a gran altitud.

Nurdin Usenov, un superintendente de planta de 35 años, quien llegó a Kumtor como aprendiz en 1997, sabe que se sacó un boleto ganador. "Yo mantengo a mi familia, mis hijos reciben educación y ayudamos a los familiares", dice, de pie en una sala de control llena de computadoras. "Una empresa así no se debe detener".

Fischer afirma que la compañía apelará las multas ambientales. "Sentimos que estas acusaciones son exageradas o no tienen mérito. El proyecto de Kumtor cumple o excede los estándares ambientales, de seguridad y salud de Kirguistán y los internacionales".

La presión política ha golpeado la acción de Centerra, que ha caído en cerca de tres cuartas partes desde su máximo en septiembre de 2011, lo que redujo el valor de la firma a 1,400 mdd. Kumtor es el principal activo de la minera, que cotiza en la Bolsa de Toronto y en la que el Estado de Kirguistán posee una participación de casi 33%. Según documentos públicos, otros accionistas de Centerra incluyen al jefe de fondos de cobertura estadounidense John Paulson, quien hizo su agosto en la crisis de la deuda subprime.

Satybaldiyev se ha comprometido a no expropiar la mina y, a pesar de la presión sobre su gobierno de coalición, está decidido a continuar sus funciones los dos años restantes antes de las próximas elecciones parlamentarias. Tras derrocar a dos presidentes, Kirguistán pasó de un sistema presidencial a uno parlamentario, pero la reforma no ha traído estabilidad: el gobierno de Satybaldiyev es el tercero en menos de tres años.

"El cambio de gobierno a través de la revolución parece haberse convertido en la norma más que en la excepción", dice Lilit Gevorgyan, quien da seguimiento a la región para la consultoría de ihs Global Insight.

El Partido Nacional del Renacimiento, de Salmurbek Daikanov, no tiene escaños en el Parlamento, pero compensa su falta de números en el clamor que ha causado en la estridente vida pública de Kirguistán.

Daikanov encabezó a una multitud de seguidores que entraron a la fuerza a un estudio de televisión en agosto, lo que interrumpió el primer intento de Kirguistán por subastar un lote de licencias de explotación minera a inversionistas internacionales.

Pasó 41 días en arresto y está acusado de vandalismo, pero dice que su acción impidió peores conflictos. En algunos casos, hombres a caballo han saqueado los campos de los buscadores de oro de la mina, prendiéndoles fuego y golpeando a sus trabajadores.

"¿Por qué cavar y paralizar nuestra tierra para extraer oro y luego esconderlo en el sótano de un banco?", pregunta Daikanov. "El mundo debe imponer una moratoria sobre la producción de oro".

Sus ideas obtienen una recepción hostil en la otrora bulliciosa localidad de Kajy-Say, a 300 kilómetros al este de Bishkek y a sólo 90 kilómetros de Kumtor.

La procesadora local de uranio cerró en 1968, y la remplazó una planta que producía diodos y semiconductores hasta que se extinguió en 1993. Al final, una fábrica que extraía cuarzo se cerró en 2005.

La población de Kajy-Say se redujo de 15,000 habitantes a unos 2,500. Los desempleados a duras penas se ganan la vida al desmantelar los edificios industriales sin valor para obtener materiales de construcción.

El lugareño Cholponbek Zhumadylov, de 31 años, nunca ha tenido un trabajo estable. Él, su esposa y su pequeño hijo sobreviven con la pensión de su madre de 4,000 soms mensuales (85 dólares). Dice que los inversionistas extranjeros serían bienvenidos en Kajy-Say, que, como la mayor parte de Kirguistán, yace sobre una gran cantidad de recursos naturales, aunque el gobierno central no tiene fondos para su desarrollo.

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"Si trabajan honestamente e invierten aquí, si emplean a jóvenes de la localidad, todo el mundo estará trabajando. Ahora no tenemos ningún futuro". Dar a personas como Zhumadylov una participación en el futuro de Kirguistán será vital para estabilizar el país.

"Los votantes de Kirguistán han demostrado en la última década que es poco probable que toleren regímenes autoritarios corruptos, donde permanecen privados de sus derechos económicos", sostiene la analista Gevorgyan. "La mala noticia es que se van a necesitar unos pocos años turbulentos para alejarse de los salvajes vaivenes políticos, de saltar de una revolución a otra, para que muchos votantes vean el valor del diálogo político, los acuerdos y la estabilidad".

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