Clase media

La economía de al menos 25 millones de habitantes mejoró en los últimos años.
Adolfo Ortega / KIJF*

El estacionamiento de la tienda Bodega Aurrerá, ubicada en un barrio popular al poniente de la capital de México, luce casi vacío, aunque es muy pequeño si se compara con las grandes superficies de otros formatos de Wal-Mart, como Supercenter o Sam’s Club. Por el contrario, el interior de la tienda luce lleno. Las cajas de cobro tienen una fila constante de consumidores, casi todos vecinos de la colonia, a pesar de que todavía faltan días para la quincena.

Edith Seoane (46) vive a menos de un kilómetro de allí, pasando la avenida Parque Lira, muy cerca de Los Pinos, la residencia oficial del presidente. Ella acaba de comprar pañales Kleen-Bebé para su nieto de siete meses. Bodega Aurrerá le viene bien. Está cerca de su casa y puede ir a realizar compras varias veces a la semana. Además, el ingreso de su esposo no alcanza para tener siempre la alacena llena.

Edith no es la única en esas circunstancias. Wal-Mart  lo sabe y por eso quiere construir más tiendas con ese formato. Ahora tiene 300 unidades de ese tipo en México y quiere construir 80 más antes de que acabe el año. Así gastará buena parte de los 12,500 millones de pesos (MDP) que invertirá en México en 2008. Hace una década, el formato Bodega Aurrerá, dirigido a la clase más popular, representaba 39% de las unidades de la firma. Para diciembre próximo se calcula que este formato representará 56% del total de la compañía.

Algo está sucediendo en la cartera de los mexicanos que empresas como Wal-Mart se animan a realizar estas inversiones. Algo que les da confianza en que familias como la de Edith tendrán dinero para gastar en sus tiendas.

Las cifras del gobierno muestran que, en la última década, una cuarta parte de la población superó la línea de pobreza, y pasó a formar parte de la clase media baja de México. Allí se ubican las familias cuyos integrantes obtienen un ingreso por persona mensual promedio de 1,700 pesos a precios de hoy, una cifra minúscula, pero que nunca fue rebasada así antes de 2006.  La estabilidad económica y otros factores ayudaron a que el ingreso de las familias mexicanas haya crecido en los últimos años, y elevó el consumo a niveles inéditos.

Sin embargo, Edith cree que su situación económica estará peor en el futuro. No es la única ni es gratuito. En México, tres décadas de crisis hicieron del pesimismo un deporte nacional. El optimismo dejó de ser un bien público y se convirtió en un producto exclusivo del discurso político.

Lo que aún sobra son miles de paradojas. Una encuesta realizada a principios de este año por Consulta Mitofksy reveló que dos de cada tres mexicanos consideran que en 2007 les fue mejor que en 2006. Este dato es el mayor observado en seis años y un poco menor al 69% que se obtuvo en 2001. Edith reconoce que ahora su familia está mejor que en 1995, luego de la última crisis. Pero ¿cómo no? En ese entonces ninguno de sus tres hijos aportaba recursos a la familia. Hoy, la única que no gana dinero es su hija Olga, la de en medio, que hasta hace poco estudiaba una carrera técnica.

En un país donde se cree que las finanzas del gobierno y el bolsillo de las familias van en la misma carretera pero transitan en sentido contrario, es difícil encontrar términos medios. Como consumidores, los mejores momentos de los mexicanos han sido un espejismo creado por políticas públicas insostenibles. Y cuando las finanzas del gobierno han estado bajo control, empresarios y trabajadores se quejan de que las autoridades los tienen contra la pared.

Quizá llegó la hora de hacer a un lado la incredulidad y ver qué está sucediendo en los millones de familias mexicanas. Y, sobre todo, ver si esta recuperación es definitiva o si sólo forma parte de una afortunada coyuntura.

Transformación social
Clase media es un término antiguo con definiciones escurridizas. Se acuñó en Reino Unido durante la Revolución Industrial. Entonces diferenciaba a los profesionales y hombres de negocios de los nobles y terratenientes. Es una clasificación económica que puede ampliar su definición si se le agregan características sociales o hasta aspiracionales, refiere el escritor Macario Schettino. “Con cualquiera de las tres (definiciones), la clase media (en México) aparece en el Porfiriato”, dice en su libro Cien años de confusión.

Algunos analistas han determinado acotar el término al nivel de ingresos. La consultora Grupo de Economistas Asociados (GEA), por ejemplo, define que una familia de clase media en México es la que gana entre cinco y 15 salarios mínimos (de 7,900 a 23,700 pesos mensuales a precios de hoy). En 1996 había casi seis millones de familias con estos ingresos. Una década más tarde había más de 13 millones. “Y hay condiciones razonablemente propicias para que la clase media siga expandiéndose”, asegura Alejandro Hope, socio de GEA.

La sociedad mexicana no había tenido un cambio positivo tan importante en términos económicos desde mediados del siglo pasado. Entre 1940 y 1970, la clase media mexicana duplicó su tamaño. Fue la época en que el país vivió un sueño llamado el “Desarrollo Estabilizador”. Empezó en la época de la posguerra con el presidente Adolfo Ruiz Cortines, y terminó a principios de los 70, con Luis Echeverría. Durante este periodo, la economía mexicana creció a un ritmo constante y casi no tuvo inflación.

Fueron años de grandes migraciones del campo a la ciudad, donde se requería mano de obra para trabajar en la industria. Esto propició la formación de una clase media, hasta entonces casi inexistente. Un estudio de Miguel Székely revela que, a mediados del siglo pasado, sólo 3% de los mexicanos pertenecía a la clase alta, 10% era clase media y el resto era pobre. Hacia la mitad de los años 70, estas proporciones cambiaron. Entonces seis de cada 10 mexicanos seguían en la pobreza y una cuarta parte era clase media.

Aunque algunos investigadores, como el propio Schettino, afirman que no existió el llamado ‘milagro mexicano’, sino que la economía reflejó la bonanza y el desarrollo de todo el mundo en ese periodo, que para el México independiente significó la mayor transformación en términos sociales y económicos.

Esta etapa hoy podría quedarse corta ante las expectativas del futuro. “El cambio que estamos viviendo ahora será aún más importante que el vivido durante el periodo del Desarrollo Estabilizador”, prevé Luis de la Calle, director de la consultora De la Calle, Madrazo, Mancera (CMM), una oficina que, entre otras cosas, asesora a empresas extranjeras que quieren invertir en el país.

Nunca como hoy se habían vendido tantos autos y viviendas en México. Tampoco se habían vendido tantos enseres domésticos, aparatos electrónicos o carne. Algo ha ocurrido en el país que una vendedora de tamales en Guadalajara puede irse de vacaciones a Puerto Vallarta o un lavacoches del Estado de México puede pagar el parto de su esposa en un hospital privado.

Y debe ser algo positivo, de otra forma una quinceañera de Puebla no hubiera tenido una fiesta que costó 25,000 pesos o el nieto de un campesino de Xochimilco, en el DF, no hubiera tenido acceso a los beneficios de la ortodoncia (véanse artículos relativos).

Por eso las inversiones nacionales y extranjeras ya no se destinan sólo a instalar maquiladoras que luego exportarán su producto terminado. Ahora prevalecen inversiones dirigidas a recuperar su inversión con el mercado interno, donde cada vez hay más consumidores y éstos son más homogéneos.

“Cada vez son menos marcadas las diferencias entre los hábitos de los consumidores de los distintos segmentos de la clase media”, dice Javier López, director general de Ipsos-Bimsa, firma investigadora de mercados. “Hoy pueden tener los mismos hábitos y gustos los habitantes de colonias que tienen ingresos muy distintos”.

¿Cómo lo hacen si no ganan lo mismo? Hay varias formas. En el caso del entretenimiento, por ejemplo, la ilegalidad es una respuesta. Quienes no tienen recursos para comprar un disco de música original lo bajan gratis por internet o lo compran pirata. Lo mismo sucede con los DVD y los videojuegos. En el caso de otros productos, como los enseres domésticos, el crédito es el que iguala el terreno. Entre 2000 y 2006, el saldo de los préstamos al consumo se multiplicó por 14. Y sigue en aumento. No en vano empresas que ofrecen estos artículos, como Elektra, Famsa y el propio Wal-Mart, han abierto sus propios bancos para financiar a sus clientes.

Generación de la crisis
La desconfianza de muchos mexicanos sobre su futuro no es gratuita. En México, la educación básica no incluye conceptos básicos de economía, y varias generaciones aprendieron en la vida diaria términos como devaluación, escasez, inflación o especulación.

El resultado de tres décadas de crisis no pudo ser peor: en 1996, siete de cada 10 mexicanos eran pobres, una proporción cercana a la que tenía el país cuatro décadas antes.

Pese a todo, hay esperanza de que el pesimismo desaparezca o al menos se aligere en la siguiente generación. “En 2008 saldrá de la primaria la primera generación de niños que no le ha tocado vivir una debacle financiera. Para ellos el futuro ya no es lo que era antes”, dice Juan Pardiñas, un consultor del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).

Más allá del estado de ánimo de la gente, la economía actual de México tiene una diferencia sustancial con su pasado: la estabilidad. Según Hope, gracias a ese factor y a un efecto aritmético, millones de personas dieron el salto que las sacó de la clasificación de pobres.

Hoy, el Banco de México se impone una meta de inflación de 3% al año, con un margen de error de un punto porcentual. El año pasado logró el objetivo (cerró en 3.76%), pero no siempre lo ha alcanzado (2004 y 2006). Estas ‘fallas’, sin embargo, están lejos de las épocas en que el aumento de precios se contaba con porcentajes de tres cifras. Y este control explica, en buena medida, la recuperación del ingreso que han tenido muchas familias en los últimos años. Un ejemplo: un kilo de carne es ahora, en términos reales, 40% más barato que en 1990.

Las finanzas públicas también han hecho su parte. El gobierno ya no gasta más de lo que ingresa (esta diferencia llegó a representar una quinta parte de la economía), y en los últimos años hasta ha tenido un pequeño superávit. El crecimiento económico también se ha mantenido constante. Pero en el cambio positivo más relevante quizá tienen poco que ver los gobiernos recientes.

Se trata de la composición demográfica en México, en especial la incorporación de la mujer al trabajo formal y que los habitantes tienen cada vez menos personas dependientes en lo económico. Por cada 100 personas que en 1970 tenían entre 15 y 59 años, había 107.6 cuyas edades variaban entre cero y 14 años, y más de 60. En 2005, en cambio, por cada 100 adultos había 66 niños y ancianos.

A pesar de los avances, nadie puede decir que la estabilidad económica está garantizada. La impaciencia del gobierno por acelerar el crecimiento, por ejemplo, podría ocasionar un desajuste fiscal que regrese el país a un pasado indeseable. También existen nuevos riesgos. En lo interno, por ejemplo, podría contarse la violencia que genera la lucha contra el narcotráfico (y entre narcos), así como las guerrillas. Y en lo externo, la competencia de países que hasta hace poco no figuraban en la escena mundial, como China e India, que compiten con México para atraer nuevas inversiones.

Está, además, el aspecto cualitativo. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo elabora un Índice de Competitividad Social que intenta reflejar la calidad de vida de los mexicanos. Y entre 2000 y 2004 este estudio revela un deterioro generalizado en las zonas metropolitanas.

En todo caso, para incorporar a más familias mexicanas a la clase media se requiere romper la inercia de los bajos crecimientos, dice Hope. Y mientras más se crezca, más rápido sucederá. Calcula que si el país crece a 4%, en promedio, la pobreza podría abatirse en 18 años. Si se crece a 3%, tardaría 24 años. Pero si se crece a 6%, el plazo requerido es dos sexenios. “Y el tamaño del premio es el mejor incentivo para hacerlo”, asegura Hope.

*En colaboración con la Knight International Journalism Fellowships.

DE SOL A SOL
Las cuentas que hace cada día un lavacoches en el Estado de México para salir adelante.

Carlos Martínez no sabe cuántos autos han pasado por sus manos, pero sí sabe que lo que tiene se debe a su esfuerzo y nada más. “Trabajo desde los siete años lavando coches”, dice el lavacoches más famoso de La Alteña, un fraccionamiento en Naucalpan, Estado de México. Carlos, su esposa Bertha y sus hijos Sergio (siete años) y Karla (16 meses) viven a unos kilómetros de distancia de esta zona, en San Mateo Nopala, una de las colonias de corte rural que han sido devoradas por la vorágine urbana en el mismo municipio.

La vida de Martínez, con estudios de secundaria, transcurre entre las complicadas ecuaciones que realiza para dar sentido a cada día. Por el parto de su primer hijo pagó 700 pesos en 2001, pero por el de su hija gastó 15,000. Complicadas situaciones dieron origen a este enorme dislate, incluyendo el aniversario de la Revolución de 2006, cuando ningún doctor se hallaba de guardia en una clínica de Naucalpan donde Carlos y Bertha esperaban a Karla. “Tuvimos que ir hasta Chalco y por ser día festivo nos cobraron tanto”, recuerda él. “Sí tenía planeada a mi hija, pero no a ese precio. Lo bueno es que está sana”.

Otra cifra que ronda los días de Carlos es 3,000, el monto que cada mes debe pagar por el terreno donde ha construido su casa. Él vive en 150 m2 que comparte con un hermano y su madre. Ahí construyó una vivienda de dos recámaras, sala-comedor, baño, cocina y un pequeño espacio de servicio.

La limpieza lo define. Lava coches y, desde el año pasado, da mantenimiento a diversas máquinas en Cytecsa, una fábrica de insumos para derivados lácteos ubicada en Azcapotzalco. Por la doble jornada diaria (que seguido incluye trabajo los fines de semana ‘haciendo chambas’), contabiliza un ingreso promedio de 8,000 pesos. Por su ingreso a la ‘economía formal’, Carlos pudo tener acceso al seguro social, lo que define como un paso adelante en su vida. “No confío en los gobiernos”, dice. “Todo lo que hemos podido tener es con base en el esfuerzo de 25 años de trabajo”.

Martínez está consciente de su rol como soporte de su familia, pero lo asume con responsabilidad. “Espero tener salud”, comenta. “De lo demás, me encargo yo, aunque me canse trabajando de las cuatro de la mañana a las siete de la noche, ni siquiera de sol a sol”.

Alejandro Ángeles

RUTA DESÉRTICA
La opción de Delfino Hernández para mejorar sus ingresos fue EU, hasta que peligró su propia vida.

El término ‘clase media’ evoca jardines y asado de carnes, no helicópteros y balazos en el desierto. Sin embargo, ésta es la ruta que Delfino Hernández y muchos otros mexicanos han tenido que seguir para escapar de la pobreza.

Hernández es carpintero y trabaja por su cuenta. Ahora vive en una casa en el estado de Puebla, con su esposa María de los Ángeles, Maleny (15) y José de Jesús (2). En el patio de su casa montó el taller donde hace los muebles con los que solventa los gastos de su familia. Un buen mes significa 8,000 pesos de ingresos.

La casa luce sencilla, con paredes de tabique y piso de concreto. Antes, el techo del patio era de lámina. Hoy, luego de una incursión que Delfino hizo en Estados Unidos, es de concreto. El terreno es una herencia y la casa fue construida por la familia. Fuera de la vivienda hay un coche viejo color rojo. Para encenderlo hay que levantar el cofre y juntar dos cables del motor.

Algunos sociólogos dicen que la pobreza relativa es cuando uno no tiene suficientes fondos para vivir la vida ‘normal’ dentro de una sociedad. Los Hernández han estado al borde de este fenómeno. “Creo que andamos en un nivel medio”, dice Maleny, quien estudia en un bachillerato público. “No tenemos muchos lujos pero tampoco nos faltan cosas”.

El papel social del dinero es muy importante. El mayor gasto este año fue la fiesta de 15 años de Maleny, cuando cerraron la calle, contrataron sonideros y vistieron de gala a los jóvenes chambelanes. También bebieron tequila y comieron tacos de carnitas. Delfino intentó irse a Estados Unidos para ganar el dinero que requería la fiesta, pero en el desierto fronterizo encontró balazos y helicópteros que lo espantaron, al grado de que desistió de su plan.

Su familia y los padrinos de Maleny financiaron los 25,000 pesos que costó el festejo. Lo mismo sucedió en 2005, cuando el pequeño José de Jesús nació, de siete meses de gestación, y fue necesario pagar un médico particular. “Nos agarró en curva”, recuerda Delfino. “Todo estaba arreglado para que yo me fuera a Estados Unidos para conseguir dinero, pero nació prematuro y no pude irme”. Una hermana de su esposa le prestó el dinero para ese parto.

En general, la familia Hernández no tiene ahorros. El dinero que entra se gasta. En la primera salida de Delfino a EU, en 2003, se usó para remodelar la casa. Por lo demás, su mayor gasto es la comida: unos 2,000 pesos al mes que gastan en el mercado central de Puebla. Los otros gastos son en teléfono, televisión por cable, luz, gas, los pañales de José de Jesús y la gasolina para el coche rojo. Todo esto suma otros 2,000 pesos.

Los Hernández están en el límite inferior de los criterios impuestos para ser parte de la clase media. Delfino aprendió su oficio ofreciendo su mano de obra casi gratis en los talleres de madera. Ahora tiene su propio taller, pero hay un precipicio a la vera de su camino y cualquier contratiempo los puede empujar hacia el abismo. Su ruta de ascenso es precaria y, a veces, hasta desértica.
Feike de Jong

UNA FAMILIA DE EMPRENDEDORES
Los tamales y una miscelánea les permiten a los González darse gustos que hace poco ni imaginaban.

Miguel González se levanta todos los días a las cinco de la mañana. Desde hace ocho años es chofer y jardinero en una casa de la colonia Americana, en el municipio de Guadalajara. Antes trabajó 30 años en la Secretaría de Educación como chofer, pero se jubiló hace dos décadas.

Su esposa, Esperanza, cocina tamales y los vende a otros intermediarios que ponen sus puestos afuera de iglesias. En promedio venden 800 tamales a la semana, aunque en temporada navideña esta cifra llega hasta los 1,200. Además, Esperanza ayuda a limpiar casas ajenas dos veces a la semana. Eso le da entre 250 y 300 pesos al día.

El hijo de Miguel y Esperanza, Javier, aporta la otra mitad del ingreso familiar. Por las mañanas trabaja de intendente en una escuela, donde su ingreso mensual es de 5,000 pesos. Por las tardes atiende su tienda de abarrotes por cuyo traspaso pagó 30,000 pesos hace dos años. Hace ocho meses recibió las primeras utilidades y desde entonces recibe unos 9,000 pesos mensuales de este negocio.

Lo que más se vende es la cerveza Corona, cigarros de todas las marcas, bebidas como Coca-Cola, Pepsi y Jugos del Valle; las botanas tipo Sabritas y Barcel también atraen clientela, lo mismo que los productos Bimbo.

Cuando hay buenas ofertas en Wal-Mart, adquieren artículos como cloro, cigarros y yogures para beber, ya que los proveedores de esos productos no hacen reparto directamente en las tiendas.

El patrimonio familiar es una casa a la que le han agregado cuartos desde que la compraron, hace 20 años. Ahí viven ocho personas, incluidos los hijos y la esposa de Miguel.

La familia reconoce que tiene poco tiempo libre. Hace unos meses bautizaron a la nieta más joven y festejaron en carnes asadas Don Nacho. Una vez a la semana, la familia cena en una fonda del barrio. “Mi único lujo es visitar a mi mamá durante la Semana Santa, en Zacatecas”, comenta Esperanza. Y eso sin contar que el año pasado pasó tres días de vacaciones en Puerto Vallarta, en el hotel Costa Club, donde compraron un paquete todo incluido por 7,000 pesos.

La familia invierte todos sus ingresos en el negocio y sus utilidades le han permitido renovar su refrigerador y comprar una lavadora, ambos marca Whirlpool, los cuales adquirieron a crédito en la mueblería La Ganga. Esperanza tiene una tarjeta de crédito Banamex. Es adicional a la que tiene Javier y con ella ha salido de apuros cuando le falta liquidez. Javier, por su parte, hace un par de meses terminó de pagar su moto Vento que adquirió en Fábricas de Francia.

Los González aseguran que si sus ingresos se incrementaran invertirían en comprar una camioneta para su negocio de tamales y emplear, además, a más personas para la elaboración de la masa. En noviembre de este año, Miguel y Esperanza cumplirán 40 años de casados. Su plan es tomarse el día libre, ir a misa y preparar de comer algo que no sean tamales. “Después de tantos años, con el puro olor tenemos”, dicen.
Gabriel Nieto

EL AMARANTO Y SUS MIELES
Una tradición familiar permite a Dora Elba subir, tocar la puerta y meterse a la clase media.

De niña, Dora Elba de la Rosa padecía las horas que tenía que estar junto al comal cociendo obleas o tostando amaranto. Producir y vender alegrías es una tradición de su familia desde hace 60 años. Su lugar de origen, Santiago Tulyehualco, en Xochimilco, al sur del DF, es conocido como la ‘cuna del amaranto’. “Tenía que ayudar a la economía familiar”, recuerda Dora. “Mi padre ganaba poco como campesino y había siete bocas que alimentar”.

Esta actividad le comenzó a gustar cuando se convirtió en el ingreso de su propia familia. El sueldo de su esposo, dedicado al campo, como su padre, tampoco era suficiente. “A veces no teníamos ni un quinto”. En 1989 empezó a vender en el pórtico de la casa de su mamá obleas, pepitorias (obleas con pepitas) y amaranto tostado. En tres horas hacía 48 obleas con 30 pepitas. Al principio aportaba unos 3,000 pesos mensuales a su hogar. Su situación cambió cuando, con ayuda del gobierno, sus hermanos y ella crearon una cooperativa. Dora vendía lo que hacían sus hermanos. Al mes llegaba a ganar hasta 5,000 pesos, que sumaba a otro tanto que le daba su esposo. Su hijo pudo ir a una escuela particular, comenzaban incluso a salir de vacaciones. Su economía mejoraba. Tiempo después pudo pagar la ortodoncia de su hijo Carlos (21), que costó unos 25,000 pesos.

En 2006, la cooperativa obtuvo otro crédito del gobierno y el viejo cuarto donde trabajaba se convirtió en un estanquillo con bodega. En la actualidad, Dora vende los productos de amaranto que hacen sus hermanos y gana unos 13,000 pesos al mes. Su madre (85) aún elabora pepitorias. Y su hijo Carlos se encarga del inventario y de hacer mandados. Pudo adquirir un taxi que aporta al mes 4,000 pesos a la economía familiar. A Diana (12) le gusta ayudar a vender al regresar de la escuela. Es la consentida, hace dos años le compraron una laptop y un teléfono celular. “Somos clase media. No vivimos al día, podemos darnos nuestros gustos, como ir de vacaciones, vamos al cine cada mes”, cuenta Dora. La Navidad pasada, toda la familia se fue a Huatulco. Dora no extraña estar junto al comal ahora que administra su propio negocio.
Verónica García de León

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