El otro centro histórico

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Feike de Jong

Pocas zonas urbanas lucen tan desoladas de noche como la calle Corregidora, en el barrio viejo de La Merced, en la Ciudad de México. Edificios altos y monumentales forman oscuros cañones. Casi no hay gente por estas calles largas y mal iluminadas. Unos jóvenes pasan a lo lejos a bordo de scooters y bicicletas, como luciérnagas, lo cual da un aspecto fantasmagórico. Del enorme mercado ambulante que tapiza esta zona durante el día, sólo queda un puesto de quesadillas. Es la cara desconocida del centro histórico.

Este barrio, ubicado a espaldas del Palacio Nacional, es ‘el otro centro histórico’, al que no llegan los turistas y que es casi desconocido, incluso para los habitantes de la ciudad. Aquí están las perlas del Virreinato y la mayor concentración de edificios de los siglos XVI al XVIII en todo el centro (en la parte turística hay sobre todo edificios de los siglos XIX y XX). Pero también hay 30,000 vendedores ambulantes, quienes tienen una actividad tan febril que puede representar el equivalente a 9% de las ventas nacionales de Wal-Mart en un año, y miles de comercios establecidos que hacen negocio con ellos y que han convertido casas señoriales en bodegas.

En la plaza de la Alhóndiga aún existe el puente de piedra que cruzaba el canal por donde llegaban durante el Virreinato las trajineras que venían de Xochimilco, cargadas con frutos. Éste fue el corazón comercial de la Nueva España. Ahora crecen árboles en las grietas de los edificios y se asoman por las ventanas. Ya se caen los frescos de las iglesias descascaradas.

En un callejón, muchachas hacen ‘pasarela’ entre una muchedumbre de hombres; la prostitución en su acepción más descarnada.

Algunos sitios son tan inseguros, que hasta los vecinos los evitan. "No hay que ir por allí porque te ‘chinean’ (asaltan con la ‘llave china’)", dicen. No hay cifras ni denuncias, ya que nadie confía en la policía, pero un oficial que trabaja en esta zona confiesa que a veces pierde la cuenta de cuántos actos delictivos ocurren en un día. Los maleantes aprovechan el tumulto del mercado para que sus actividades pasen inadvertidas.

"Es imperativo que reordenemos la zona", dice Alejandra Moreno Toscano, la Autoridad del Centro Histórico y punta de lanza en el proyecto del jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, para recuperarlo. "Los ambulantes hasta impiden el acceso a las ambulancias que van a los hospitales", comenta. Grandes mapas y tomas satelitales del área rodean a la historiadora en sus oficinas en un edificio colonial del centro. La intención es clara: tener limpia el área para los actos conmemorativos del centenario de la Revolución, en 2010, y hacerlo ahora, para que la gente haya olvidado el doloroso episodio para 2012, año de la próxima elección presidencial.

Pero el barrio de la Vieja Merced es muchas otras cosas. Es un ecosistema comercial complejo y poderoso.

El ambulantaje
En los años 90, Arturo Torres llegó a La Merced desde Oaxaca para juntar para el pasaje en su travesía a la frontera. Pagaba 55 pesos diarios por el hospedaje y la renta del equipo necesario para trabajar de ‘cafenauta’ (un vendedor a pie de café caliente), igual que decenas de oaxaqueños recién llegados, y todos dormían en una bodega de café del dueño de las máquinas. Ahora vende tortas y café en las oficinas de gobierno. En La Merced se realizan los sueños comerciales, aunque modestos, de muchos mexicanos.

Llegan campesinos indígenas y pobres para probar su suerte. Y como ellos, allí también hicieron casa y se desarrollaron la comunidad libanesa y la judía, que años después se mudaran a Polanco y Las Lomas (aunque la zona todavía las recuerda con una catedral de la corriente maronita del catolicismo libanés, y varias sinagogas escondidas).

Ahora, es común ver coreanos y chinos. En estas cuadras también trabajan guatemaltecos y salvadoreños, que se hacen pasar por chiapanecos para confundirse entre la gente y ganar dinero para seguir su viaje rumbo al norte. Pero también se forjaron grandes sueños comerciales. Este barrio, con sus iglesias de fachadas churriguerescas, sus plazas coloniales, sus palacios y conventos, fue la cuna de la fortuna de la familia Slim y del padre de Carlos, Julián Slim, propietario de La Estrella del Oriente, una gran tienda de abarrotes que estuvo ubicada en República de El Salvador.

Allí también se concibió, de alguna manera, la riqueza de la familia Saba, que desembarcó en los años 30, venida de Monterrey, y se dedicó a la venta de telas, cuenta Víctor Cisneros, presidente de la Unión del Centro Histórico. Otros conocidos por haber nacido y crecido allí son el periodista Jacobo Zabludovsky y el tristemente célebre barón de la mezclilla, Kamel Nacif.

Una veterana de la zona es Teresa Slim, propietaria del Pasaje Slim y viuda de Pedro Munir Slim, primo hermano del dueño de Telmex. Es un corredor comercial repleto de tiendas que venden trajes y accesorios para novias. Según Teresa Slim, la familia ya no comercia en la zona, pero es dueña de varios inmuebles. Ella renta los locales y espacios de bodegas del pasaje, un edificio que va de calle a calle, desde Venustiano Carranza hasta Corregidora, y que tiene 52 locales que ofrecen diademas y vestidos para fiestas tradicionales.

"Yo no tengo ningún problema con los ambulantes", comenta la mujer, en las oficinas austeras de la administración del pasaje. Saltan a la vista una antigua caja fuerte rotulada con el nombre "P. Munir Slim" y un gran medallón con un bajorrelieve de Pedro Slim –el abuelo- que cuelga de la pared. "Al contrario, son muy trabajadores y además atraen clientes a la zona", dice Teresa.

No sólo eso. Muchas de las tiendas son proveedoras de los ambulantes y les dan la mercancía a crédito. Es más, los comerciantes de algunas calles también son ambulantes. Sus empleados venden al menudeo en la banqueta, mientras que cierran los negocios grandes puertas adentro del local.

Sin embargo, también hay comerciantes afligidos por su presencia y por la competencia desigual. Los ambulantes tienen costos fijos mucho más bajos, y a veces acceso a mercancía de contrabando muy barata. "Están vendiendo productos abajo del precio", dice Raymundo Chávez, administrador del mercado de Mixcalco, que mueve sobre todo ropa y calzado. "No sé cómo lo hacen, pero el mercado está muy afectado y no puede competir. Hasta nosotros mismos compramos nuestra ropa con los ambulantes". Una cosa es cierta: todo el mundo, hasta los ambulantes, están hartos de la congestión y los problemas de vialidad.

De sol a sol
La jornada de un ambulante de La Merced podría comenzar por la mañana con una visita a Tepito para comprar mercancía al mayoreo. Si pesa, pedirá a un diablero que lleve su bulto por las calles atiborradas, hasta la bodega donde almacena una parte; la otra la venderá ese día en un puesto callejero.

Pocos vendedores viven en la zona; la mayoría regresa por la noche en transporte público a su casa, en barrios marginales de la capital. Si el vendedor ya lleva tiempo allí, es posible que rente un departamento. Si es recién llegado, podría dormir en una de las bodegas. Hasta 25 personas llegan a pasar la noche en esos locales, tendidos sobre tarimas. El arte del ambulante reside en anticipar qué producto poner a la venta y llevarlo al cliente antes que todos los demás. Cuando atina, su idea se expande como ola por las calles y es de sagaces distinguir cuándo cambiar de oferta.

Alrededor de 30% de los ambulantes habla una lengua indígena, dice Silvia Sánchez Rico, presidenta de la Unión Cívica de Comerciantes Ambulantes de la Antigua Merced e hija de la fallecida y famosa lideresa Guillermina Rico.

Un vendedor informal gana alrededor de 4,000 pesos al mes y se estima que el margen de ganancia que tienen los ambulantes, sin incluir gastos fijos, es cuando mucho 10%. Haciendo un cálculo conservador, el comercio ambulante en la zona de La Merced mueve 14,400 millones de pesos al año.

Vale compararlo con los números de Wal-Mart de México, que en 2005 reportó ventas por 164,300 millones de pesos. Es decir, las ventas informales de este barrio representan 9% de las de la empresa de retail más importante de México.

Para tener espacio de venta y almacenar su mercancía, los informales pagan diario hasta 70 pesos, de los cuales 50 van a las manos de los líderes, que negocian la tolerancia de las autoridades y que median en las disputas y pleitos. "A veces trabajamos más para ellos que para nosotros", comenta Ángel Vázquez, indígena mazahua que vende lentes oscuros, quien se queja de las arbitrarias ‘coperachas’ adicionales a que los obligan estos personajes.

En la mayor parte del centro histórico, desde Eje Central hasta Circunvalación, todo ambulante tiene su sombrilla. El color de la tela indica bajo qué liderazgo operan. Las sombrillas rojas que cercan la estación del metro Pino Suárez identifican a los leales a Alejandra Barrios; las de color naranja ubicadas en 5 de Febrero son de los agrupados con Benita Chavarría; las azules son de la gente de Miguel Ángel Huerta, líder de los invidentes; las verde oscuro son de Silvia Sánchez Rico, y las verde claro, de Magdalena Acuña.

En cambio, en el barrio viejo de La Merced, identificar los liderazgos es un caos, al menos desde que murió la lideresa Guillermina Rico, hace 11 años, y que su hija, Silvia Sánchez Rico, entró a la cárcel por cargos de lesiones, tentativa de extorsión, privación ilegal de la libertad, robo y extorsión. Aunque Silvia ya está libre –y según ella, jubilada– en su ausencia el territorio se dividió, y surgió un nueva generación de dirigentes. Eso podría complicar las negociaciones para el gobierno de Marcelo Ebrard. "Si (los nuevos) son verdaderos líderes y saben defender los intereses de la gente como deben, dejarán que los reordenen", comenta Sánchez Rico, sentada en un puesto donde vende sombrillas. "Si son unos vividores, nada más van a grillar para sus intereses", advierte.

El valor del barrio
Donde el ambulantaje tiene un mayor impacto es en el valor inmobiliario de La Merced. Según Alejandra Moreno Toscano, los inmuebles entre Circunvalación y el Zócalo (el barrio) valen 50% menos que las propiedades ubicadas entre el Zócalo y el Eje Central (la zona turística). El plan de Ebrard de sacar al comercio informal y restaurar el barrio podría tener un gran impacto en el valor de todos esos edificios.

"Se nota que no hay muchos edificios en venta en la zona", comenta Adrián Pandal, director general de la Fundación Centro Histórico, creada por Carlos Slim para fomentar la renovación de edificios, proveer a las comunidades de apoyo y dar impulso a la cultura en la zona. "La gente está esperando a ver qué pasa".

Pandal explica que la fundación está interesada, sobre todo, en consolidar su presencia en el área vecina a la Alameda, donde ya tiene 60 propiedades. Con todo, la compañía inmobiliaria de Slim, de nombre Centro Histórico de la Ciudad de México, tiene cinco propiedades en el barrio de La Merced, atrás de Palacio Nacional. (La familia Saba, por su parte, tiene casi el doble de propiedades que los Slim, confió Manuel Saba Adis –hijo de Isaac Saba– en una entrevista con Expansión el año pasado.)

Pero sin el comercio, estas calles son un desierto. Esa actividad convirtió la mayoría de los edificios en bodegas. El resto son monumentos, edificios de gobierno o iglesias. No hay restaurantes, ni cantinas más o menos aceptables, y los servicios públicos son deficientes –los camiones de la basura no pueden pasar–. Por lo tanto, la gente tampoco tiene por qué vivir ahí. "¿Cómo vas a dejar que tus niños crezcan aquí?", se queja Luisa Cortés, madre y cronista del barrio; "ni buenas escuelas hay".

Además, el uso comercial encareció las rentas para habitación. Ella estima que un departamento común y corriente cuesta 3,000 ó 4,000 pesos al mes. Las rentas comerciales también son altas, a pesar del declive en el valor inmobiliario del barrio. Un local de 16 metros cuadrados cuesta 20,000 pesos al mes. La caída sí se nota en el mercado de los traspasos. "Ahora no se traspasan los locales o lo hacen sin costo", refiere José Luis Juárez, dueño de siete inmuebles ubicados en la zona.

El turismo también ha resultado muy afectado. Aunque el barrio está lleno de edificios coloniales, parques, plazas y hasta museos, el turista no llega. Y tampoco sabe qué buscar en esas calles. Los tesoros arquitectónicos están ocultos entre lonas y puestos; hay muy pocas cafeterías y restaurantes y ni queriendo tendrían dónde gastar.

Las autoridades del Museo de la Plaza Mayor creen que el comercio informal les hace perder 25% de visitantes. Al Museo de Arte José Luis Cuevas, uno de los más importantes de la ciudad y ubicado en el corazón del Barrio de La Merced, entran entre 15 y 20 personas al día, aseguran los guardias.

Pero el verdadero valor de la zona es simbólico. "Éste es el recinto monumental colonial más importante de México", comenta Héctor Castillo Berthier, sociólogo y urbanista. "Fue la primera zona en colonizarse". En marzo pasado, Marcelo Ebrard inauguró una estatua de un águila con una serpiente en la Plaza del Aguilita, donde, según la mitología urbana, se posó el águila fundadora de Tenochtitlán.

Una tienda de abarrotes opera bajo arcos coloniales en uno de los edificios cercanos. A un lado, una rareza: el Café Bagdad y su antigua caja registradora. "Este lado de la ciudad es parte de la identidad de los mexicanos", dice Moreno Toscano. "Cuando la gente piensa qué significa ser mexicano, piensa en zonas como ésta".

Obstáculos
Los ambulantes del centro se volvieron políticamente importantes en los años 80 bajo el mando de Guillermina Rico, quien comenzó vendiendo limones en la calle. "Siempre fuimos a las marchas del presidente", recuerda su hija Silvia Sánchez Rico. "Así fuimos ganando poder".

Según Lorenzo Isasi, director general de la Cámara de Comercio de la Ciudad de México, cada ambulante tiene el poder de convocar a entre cuatro y seis personas a marchas, un factor multiplicador de su poder político. Ahora que hay dos partidos –PRI y PRD– compitiendo por la lealtad de estos comerciantes, el asunto se vuelve aún más complicado.

Y además de eso, los informales sólo son una parte de la gran cadena de distribución de mercancías que muchas veces es ilegal. Pegarle a los ambulantes es pegarle también a la gente que les vende la mercancía y a las largas cadenas de corrupción que fomentan este enorme mercado negro.

"Muchas veces la mercancía (de contrabando) llega escoltada por policías", comenta un oficial que pidió el anonimato. "Ya no llegan contenedores como antes, ahora usan camionetas y ‘rabones’, porque son menos visibles. Aunque uno quisiera parar un cargamento, como oficial haciendo su deber, sería muy peligroso, nadie lo hace".

Además, hay códigos de la policía que usan para que un oficial no detenga un camión: el X1 "misión especial" y el R1 "orden superior".

La Autoridad del Centro Histórico apenas está cobrando forma, y fuentes dentro del gobierno del Distrito Federal consideran que todavía no toma un buen camino.

Además, algunas personas del círculo cercano a Marcelo Ebrard, ven con cierta desconfianza a Alejandra Moreno Toscano, a quien consideran un alfil del empresario Carlos Slim. Ella fue quien instrumentó la concesión de edificios públicos como el Palacio de los Deportes (en una época abandonado) a empresas privadas, durante el mandato de Manuel Camacho Solís como regente de la ciudad –lo que terminó en el quasi monopolio de OCESA en eventos grandes en la Ciudad de Mexico–.

Para cambiar esta zona, el gobierno de Ebrard enfrenta no sólo a los poderosos líderes de los ambulantes, pero también a muchos funcionarios públicos que se benefician del comercio informal.

Sin embargo, tiene incentivos muy grandes para hacerlo: la zona es inhabitable, la ciudad y el país están perdiendo un atractivo único; están en juego el valor inmobiliario del centro histórico, incluidos los edificios en posesión de Slim y Saba.

La gran pregunta es: ¿dónde reubicar a estas miles de personas? La respuesta quizá se encuentra en la ola de expropiaciones de inmuebles en Tepito e Iztapalapa, con que Ebrard inauguró su sexenio. Resolver el problema del comercio informal en este barrio es el nudo gordiano de la administración pública del Distrito Federal. Muchos gobernantes lo intentaron antes, pero nadie lo ha logrado todavía.

En marzo despejaron, sin mayor jaloneo, la calle de Corregidora que va del Palacio Nacional al edificio del Congreso de la Unión, un primer paso en lo que promete ser un largo periplo.

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