Guillermo Arriaga, guionista de la vida

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Patricia Monge

¿Cómo vives hoy el éxito que has alcanzado? ¿Cómo llegaste a él?
Me preparé desde chico. Yo me crié en la calle y, aunque me salí de ella, la calle no salió de mí. Fui educado para ser un tractor, para perseguir mis sueños y alcanzarlos. Las cosas se obtienen si se tiene una determinación fuerte. La suerte es estar todo el tiempo como un tigre, al acecho, tenso, nunca bajar la guardia y esperar el instante preciso para brincar sobre la presa. Agota, porque requiere un tipo de personalidad demasiado intensa, y se lleva toda tu energía.

Te la jugaste, es evidente, y lo lograste...
Sí, hay gente que así lo ve... Pero eso no se elige, es parte de tu ser, tu educación y tus experiencias. Esto me ha ayudado a conseguir lo que quiero. Es mi mayor defecto y también mi mejor virtud.

¿Eres obsesivo?
Prefiero decir que soy apasionado, más que obsesivo.

Cuéntanos cómo fue el proceso creativo de tu última novela, El búfalo de la noche.
Esta novela la escribí durante un periodo de cuatro años y medio, de 1994 a 1999. Salió publicada a principios de 2000, pero recientemente lanzamos una nueva edición para editorial Norma, en la colección La otra orilla. Mientras la escribí pasaron muchas cosas: me operaron de la columna por un accidente que tuve jugando basquetbol y tuvieron que ponerme fierros. Como podrás imaginar, el dolor físico que tuve en la recuperación fue muy duro, y parte de lo que intenté en la novela fue transportar ese dolor a los personajes.

La fuerza de tus personajes es una constante en tus obras: son desgarradores.
En el caso de El búfalo..., Manuel, el lobo, siente terror porque a su alrededor ve caer muertas a las ovejas sangrantes, y para cuando adquiere conciencia de la situación descubre que está lleno de sangre y que él es el culpable. Por eso se encierra en su cubil; se resguarda para entender quién es, para descubrirse.

Para perdonarse...
No, no hay nada que uno deba perdonarse. Sólo se debe asumir quién eres y saber que también somos capaces de lastimar.

En esta novela, como en Amores perros, aparece de nuevo el triángulo amoroso...
Efectivamente, me interesan mucho los amores clandestinos. Cuanto más viejo me pongo, más me doy cuenta de que los seres humanos nos comportamos como animales: la forma en cómo se maneja el poder, la territorialidad, el sexo... Lo que caracteriza a mis personajes es que aun en el dolor y en las circunstancias más adversas siguen adelante; luchan por alcanzar sus sueños más íntimos y por no abandonar la tensión de la vida misma.

Por ejemplo, en Babel nadie pretende realmente hacer daño, y sin embargo...
Exacto, son las circunstancias históricas las que hacen que un ser humano común y corriente se convierta en asesino. No existe la maldad ni la bondad intrínseca. De esto es de lo que se habla en mis obras.

¿De dónde toman tanta fuerza y valor tus personajes?
Para mí, sólo existen dos formas de escribir: algunos lo hacen a través de las bibliotecas y otros de las vivencias; yo no concibo otra forma que no sea esta última. Las vivencias son mi alimento y motor. Son los personajes los que me hablan, me hacen llorar y me emocionan; los que se quedan y los que se van. Ésa es mi vida y mi obra.

Puesto que es bastante dura, ¿cuál ha sido la reacción de los lectores frente a tu última novela?
Es curioso lo que sucede, las personas menores de 30 años la entienden y los mayores de 40, como yo —agrega con una sonrisa—, se preguntan “¿por qué actúan así los personajes?”

¿Crees que tiene que ver con una brecha generacional?
Sí, no hay duda. Mi generación creyó que había una esperanza en el sistema social, una necesidad de pertenecer. Hoy los jóvenes son más individualistas e intentan sobrevivir a como dé lugar. Es una sensación mucho más fuerte, la de estar a la deriva y parados frente al abismo. Esta sociedad deja a los seres más solos. Siempre me opuse a las nuevas tecnologías porque éstas no son herramientas para la vida sino una forma de vida que nos va desdibujando.

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