El viejo arte de hacer la barba

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Pedro Martínez

Los hombres hemos lidiado desde el principio de los tiempos con una cuestión molesta: qué hacer con los pelos que aparecen cada mañana sobre el rostro. Las soluciones han pasado de lo brutal a lo sofisticado. En un principio, el hombre primitivo sólo disponía de pinzas para arrancarse pelo a pelo, las partes molestas de la barba; con el tiempo (y el desarrollo de la metalurgia) fue posible disponer de navajas lo suficientemente afiladas como para mantener la barba rasurada cotidianamente.

En la época de los romanos, la cuestión de la barba adquirió implicaciones sociales: los ciudadanos de Roma debían mantener el rostro libre de vellosidad mientras que los esclavos estaban obligados a mantener una barba cerrada como símbolo de su posición social. Es en esta época cuando los barberos comienzan a adquirir una importancia social que aumentó debido a que los barberos no sólo se encargaban de los asuntos capilares: un barbero podía lo mismo sacar muelas que realizar algunas operaciones quirúrgicas debido a que se le consideraba un experto en el uso de la navaja; papel del que los barberos apenas se desprenderían bien entrado el siglo XIX.

Así, el barbero se convirtió en un especialista de la navaja y un confidente con quien se podían comentar los chismes de la política así como problemas caseros. Sin embargo, el oficio de la barbería (que lo mismo aparece en el libro bíblico de Ezequiel que en la famosa obra de Gioacchino Rossini, El barbero de Sevilla) comenzó a sufrir en el siglo XX los embates de la tecnología y nuevos estilos de vida: en 1901 King Camp Gillette crea el primer rastrillo de navajas desechables (que permite una rasurada al ras sin acudir al barbero) mientras que en 1939 la empresa Philips lanza la primera rasuradota eléctrica de producción masiva, con lo que el sol comenzó a ponerse en el negocio de la barbería.

El estilo de vida moderno, repleto de agendas apretadas, ahora hace más difícil tomarse una hora cada tercer día para cuidar de la barba. Además (y es triste reconocerlo), el arte de la barbería ha decaído y es difícil encontrar a un barbero que conozca bien su oficio. Sin embargo, en algunas peluquerías de tradición aún es posible hallar a quienes dominan el arte de la navaja y, como en los viejos tiempos, brinden no nada más un momento de cuidado personal, sino un espacio de relajación y de amena conversación, al tiempo que vierten la relajante espuma sobre el rostro.

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