El arte tribal de pretexto

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Sorpresa en París
Stephen Taylor / Bloomberg

Los comensales en París pueden agradecer al presidente Jacques Chirac por la última joya culinaria de esta capital. Él es responsable, aunque sea indirectamente, de Les Ombres, en la ribera del Sena. ¡Ah! Y también del gigantesco museo contiguo.

París ha estado hablando de la apertura, en junio pasado, del Quai Branly, un proyecto cultural consentido de Chirac, que presenta arte indígena de África, Asia y América. Si las pinturas aborígenes y las esculturas tribales no son lo suyo, deje de lado la colosal colección y vaya directo al restaurante del museo, de preferencia al atardecer.

Les Ombres, un hermoso espacio a la mitad del museo, costó 232.5 millones de euros (aproximadamente 3,320 millones de pesos) y toma su nombre de las sombras de la cercana Torre Eiffel, que bailan en la terraza de concreto.

Para llegar en la noche, el comensal usa una entrada lateral al museo y es escoltado por guardias con walkie-talkies que lo guían por un camino. Una vez ahí, es llevado a un elevador donde otro anfitrión marca el botón del quinto piso.

Los lugares de interiores y exteriores son similares: con sillas de ratán color chocolate y mesas color caoba.

La iluminación es tenue y romántica y, afuera, largas sombrillas cubren cada mesa, con paneles de vidrio que protegen la terraza del viento.

Chef a la altura
Una de las primeras cosas que uno nota, aparte de la Torre Eiffel, bien sûr, es el generoso espacio entre las mesas, algo raro en París. No se choca con los codos de los vecinos ni tiene uno que respirar el humo de otra mesa. ¡Qué lujo!

Cuando mis amigos y yo nos sentábamos, los últimos rayos del día caían sobre el domo dorado de la tumba de Napoleón a la izquierda, murmullos del Sena venían de la derecha y la estrella de la tarde, la Torre Eiffel, brillaba al frente. Con ese escenario, ¿la comida estaría a la altura? ¿Importaría?

Por fortuna, el chef Arno Busquet, de 30 años, que antes trabajaba con Joel Robuchon, cumple y ofrece un menú brillante y ligero, con especias y sabores inspirados en los temas indígenas del museo.

Inicié con vegetales en una pequeña cama de coulis de jitomate, fresco, ligero y perfecto para la noche. Dos de mis compañeros estuvieron encantados con las sardinas rellenas con un pesto de almendras. Para el vino, empezamos con una botella de Côtes de Provence Cellier de Ramatuelle 2005, un gentil y refrescante vino rosa, a un decente precio de 28 euros (casi 400 pesos). Para los platillos principales elevamos el vino a un Pouilly-Fumé Ladoucette 2004, un blanco acitronado sólido, aunque un poco caro a 72 euros (1,028 pesos aproximadamente). La lista de vinos es larga y no demasiado cara.

Servicio de calidad creciente
El servicio no fue siempre eficiente, a pesar del entusiasmo del joven personal, refrescante para París. En una segunda visita, semanas después, las cosas habían mejorado.

Para mi plato principal pedí el cordero con salsa de jengibre, servido con calabazas y ravioles rellenos con queso de cabra. Las tres pequeñas chuletas estaban rosas y tiernas, mientras que la ligeramente picante salsa fue un exitoso guiño al espíritu del museo. Todos los platillos principales mostraban una preparación cuidadosa y, aunque las proporciones eran algo pequeñas, resultaron lo correcto para la tarde.

Los postres no decepcionan y también toman prestado algo del tema del museo. El Millefuille con vainilla tailandesa llegó con su crujiente pasta, mientras que otro de los comensales atacó con ansia sus cerezas y pistaches en galleta británica, coronada con leche de almendras.

Con sus precios, Les Ombres podría ser considerado una versión ‘humilde’ del Jules Verne, el súper exclusivo y caro restaurante en el segundo nivel de la Torre Eiffel. La cuenta fue de 65 euros (casi 928 pesos) por persona, sin vino, buen precio para la zona.

Con la deliciosa vista de Les Ombres, más el ambiente y la comida, incluso diría que es un regalo.

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