Oaxaca nunca muere

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Roberto Morán

Los turistas abandonaron Oaxaca. La Casona de Tita, un hotel del que es socio Alfredo Harp, no ha llenado sus seis habitaciones en los últimos seis meses, cuando un año antes tenía lista de espera.

Restaurantes que hace un año estaban a reventar, apenas tienen clientes. Uno de ellos, El Naranjo –"mi favorito en la ciudad", según el crítico de restaurantes de The New York Times–, cerró porque su propietaria, Iliana de la Vega, no soportó más tiempo sin clientes y ahora trabaja en un restaurante de Estados Unidos. "Nos quedamos con deudas... cerrar ha sido una de las decisiones más duras que he tomado", comenta desde allá.

Las noticias sobre los enfrentamientos entre manifestantes y policía, de julio a noviembre de 2006, dañaron de tal manera la imagen que "ni en cuatro años la actividad se reactiva a como estaba en 2005", calcula la secretaria estatal de Turismo, Beatriz Rodríguez. Hubo un momento en que cerraron 30 hoteles, de un total de 200.

Este año no pinta mejor. "El semestre ya lo damos por perdido", porque los turistas de la temporada cancelaron sus reservaciones desde el año pasado, lamenta Rodrigo Fuentes, socio del restaurante La Biznaga.

Los turistas se lo están perdiendo.

Canciones oaxaqueñas
Antes de la crisis política, Oaxaca había iniciado un renacimiento. Emprendedores de la generación de la cantante Lila Downs, nacidos en los años 60 y 70, han seguido su camino: redescubrir sus raíces, viajar por Estados Unidos o Europa y regresar para reinventar el mole, los textiles, el mezcal o la pintura.

Lila Downs estudió canto y antropología en Minnesota, para después descubrir la fuerza de la canción ranchera, por influencia de su madre mixteca (quien emigró a la ciudad de México), y el sabor de canciones como Naila o la Zandunga de ‘los veneros de Oaxaca’. "En Oaxaca, a diferencia de la capital, la clase media no se ha distanciado de la herencia indígena. Allá hay nexos con la raíz, con los pueblos y las lenguas", explica Downs.

Alejandro Ruiz, chef del lugar de moda, Casa Oaxaca, descubrió la cocina a los 12 años, cuando al morir su madre debía alimentar a sus hermanos menores. En los terrenos familiares, en Zimatlán de la Raya, se familiarizó con las hierbas nativas, que ahora inspiran las recetas de los platillos, diferentes según la temporada. "La cocina no es una ciencia exacta, cada plato es una aventura", confiesa. A los 17 años entró al restaurante Sol y Luna y poco después se encargaría de la cocina del hotel Posada Casa Oaxaca (cuyos dueños lo enviaron a prepararse en Alemania), de un nuevo local a espaldas de Santo Domingo y de un lugar propio en una colonia de clase media. Más que creer en las entusiastas reseñas del Times, basta con probar el mole amarillo, la sopa de frijoles, el mole negro.

Nuevos textiles antiguos
El rescate de las tradiciones para presentar nuevas obras es la base de Los Baúles de Juanacata, tienda de tejidos de los herederos de tres generaciones, Remigio Mestas y Jorgina Pérez.

En los años 50 y 60, los textiles oaxaqueños sufrieron por su afán de complacer el gusto azucarado de los turistas, y adoptaron colores sintéticos de Technicolor y dibujos kitch. La empresa ahora ha rescatado, con una red de tejedoras en todo el estado, los colorantes naturales y las técnicas de tejido que se utilizaban en los años 40 o antes.

"Habrá que rezarle a San Antonio" para que regresen los turistas, bromea Remigio, sabedor de que las bodas son el evento que más turismo nacional atrae a Oaxaca.

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