La soledad de Eduardo

Eduardo Pérez Motta tiene el trabajo más difícil (e ingrato): luchar contra los oligopolios.
John Moody

Cuando la Comisión Federal de Competencia (CFC) quiso notificar a Grupo Maseca (Gruma) sobre un fallo en su contra por la compra de Agroinsa, un pequeño productor de harina para tortillas, los abogados de la compañía apagaron las luces de la oficina, cerraron las puertas con llave y dieron órdenes a los guardias de ‘El Pantalón’, el lujoso edificio al poniente de la Ciudad de México donde está su sede, para que impidieran la entrada de las autoridades. Si los abogados no recibían la notificación, el fallo quedaría anulado.

"No nos echaron los perros porque no tenían", relata Eduardo Pérez Motta, titular de la CFC, riendo con incredulidad. "Así es como operan estos señores, esos grandes empresarios que salen al mundo a mostrarse como los representantes del país. Así tratan a las autoridades".

Con un guardia de seguridad detrás de ellos, los representantes de la CFC consiguieron pegar la notificación en la puerta de la oficina de los abogados, mostrando la determinación que caracteriza a la CFC desde que Pérez Motta se convirtió en su presidente, hace dos años y medio.

Sus críticos lo tildan de dogmático y obsesivo. A Pérez Motta le cuesta soportar los apelativos, sobre todo porque algunos de quienes lo señalan fueron sus amigos o maestros.

Lo único que le permite seguir adelante es la impresión de que hay una crisis. A donde quiera que mira en la economía mexicana, hay precios y comportamientos ajenos a la competencia. La situación se repite tanto en telecomunicaciones como en aeropuertos, en medicamentos y en tortillas… hasta en los fondos de pensión encuentra estos síntomas.

En medio del creciente clamor para que los beneficios económicos de las reformas de los últimos 20 años lleguen al pueblo, Pérez Motta considera que la mejor forma de hacerlo es estimulando la competencia. Pero en ese campo todavía queda mucho por hacer.

"Donde metas la mano ves cosas escalofriantes. Éste es un país protector de privilegios a todos los niveles", asegura.

En los momentos más difíciles, cuando se pregunta si realmente vale la pena lo que hace al ver la riqueza y el poder que tiene en su contra, recuerda que está prácticamente sólo en su lucha por los derechos del consumidor mexicano.

"Hay una larga tradición de comportamiento monopolista que se considera normal. La vida ha sido así desde hace 50 años", dice Santiago Levy, el primer presidente de la CFC, en 1993, y autor de la Ley de Competencia. "(Pérez Motta) es un tipo honesto que trata de hacer su labor. Está poniendo su integridad y su trabajo por encima de sus amistades".

Difícilmente se podría encontrar un trabajo más difícil en el gobierno. El funcionario lucha por sentar las bases de la economía mexicana del mañana a partir de un sistema en el que muchos de los sectores principales tienen sólo uno o dos grandes jugadores, que cobran a los consumidores algunos de los precios más altos del mundo. Estas firmas pertenecen a los hombres más poderosos del país que creen haber trabajado duro por lo que tienen y no lo cederán fácilmente.

"No le temo a la competencia; nadie me favoreció; no nado en los monopolios", dijo Carlos Slim en una conferencia de prensa reciente. Sus empresas de telecomunicaciones, que lo llevaron al segundo lugar de la lista de Forbes entre los hombres más ricos del mundo, poseen entre 70 y 90% del mercado mexicano. Slim dice que ha trabajado ardua y eficazmente para construir su emporio y que ha competido para llegar hasta donde está. Muchos coindicen con él.

Las reglas sobre la competencia son muy difíciles de implantar. A menudo una empresa consigue dominar el mercado con base en eficacia e innovación. Pero hay casos en los que las compañías establecen alianzas para fijar los precios, una práctica que el propio Levy sospecha que existe en los medicamentos que le venden al IMSS, instituto que dirigió entre 2000 y 2005. Sin embargo, es difícil probar esas alianzas.

En EU, quienes se encargan de luchar contra los cárteles empresariales persiguieron a John Rockefeller al principio del siglo pasado y dividieron a Standard Oil en compañías como Exxon y Texaco. Ahora son menos agresivos. Un siglo de trabajo les enseñó que es muy difícil imponer la competencia en una economía y que los efectos de esa interferencia pueden ser negativos.

"No se debe ir contra el competidor exitoso después de que ha sido instado a competir", sentenció el juez Learned Hand, de EU, en 1945.

Pérez Motta precisa que cuando Rockefeller fue obligado a dividir su empresa, su fortuna era equivalente a 2% del PIB de EU. La fortuna de Slim hoy representa casi 7% del PIB de México.

Nada personal
Una de las formas en que el funcionario maneja las críticas es a través del humor, lo que sorprende a quienes lo ven como un tecnócrata frío. En una pared de su oficina hay una caricatura que muestra la imagen de un Slim gigante sentado contra las cuerdas de un cuadrilátero de boxeo y con un pie sobre el presidente de "La Comisión de la Incompetencia", mientras el réferi cuenta: "Uno, dos, tres...".

"No puede uno tomar estas cosas de manera personal", comenta Pérez Motta. Lamentablemente mucha gente lo hace, y por eso su trabajo le ha costado amigos de toda la vida, algunos cercanos desde su época de estudiante, como Francisco Gil Díaz, en la actualidad director de Telefónica, acérrimo rival del emporio de telecomunicaciones de Carlos Slim.

Lo que molestó a Gil Díaz fue que, cuando era secretario de Hacienda, la CFC opinó que las afores no competían entre sí, y que el sistema estaba cobrando comisiones estratosféricas. Las pensiones eran responsabilidad de Gil Díaz, y no tomó bien los comentarios de su ex alumno.

"Sé, porque trabajé allí, que a la Secretaría de Hacienda no le gusta ser criticada", dice Levy, ex subsecretario de la dependencia cuando el titular era Guillermo Ortiz. "Se necesita valor para decir lo que (se) dijo sobre las afores".

Para ser justos, la Consar ha trabajado duro y las comisiones han bajado, aunque siguen siendo muy altas si se comparan con los estándares internacionales. En abril pasado, se reformó este sistema con el objetivo de hacerlo más eficiente. Pérez Motta señala con ironía que los legisladores hicieron caso a muchas de las recomendaciones que hizo en noviembre, cuando emitió la opinión que molestó a Gil Díaz.

Pérez Motta está triste por el daño que causó a su relación con un hombre al que considera un mentor y uno de los mejores maestros que tuvo, pero no se arrepiente. "Por cada peso que metes a las afores, te quitan 15 centavos. ¿Meterías tu dinero donde te cobran 15% por aceptarlo?", pregunta.

Una noche, la mamá del funcionario, que tiene problemas de salud, le preguntó por qué se sometía a ese tipo de trabajo. Esa misma noche, Ángel López, su coordinador de asesores, recibió de su madre el mismo cuestionamiento.

"(Aunque) Algunos de los encargados de las nuevas afores son amigos míos muy cercanos, no pueden entender y aceptar la opinión de la Comisión", relata Pérez Motta, al tiempo que se sonroja y hace una mueca de tristeza. "Fue la primera vez que la Comisión se metió en un sector donde están la mayoría de los economistas que tuvieron una formación similar a la mía, o sea que fue la primera vez que te metes donde están tus tribus".

Pero él también está molesto con sus amigos. "En telecomunicaciones y en otros sectores te aplauden y dicen: ‘¡Ah, sí!, péguenle… vamos por más competencia’. Pero cuando vas contra ellos, entonces dicen: ‘Ustedes son una bola de inútiles’", añade.

Quizá la crítica más acertada contra Pérez Motta proviene de un ex colaborador, Adrián Ten Kate, quien fue director de Estudios Económicos de la CFC hasta hace un año. Él fue despedido por oponerse a lo que consideraba avidez exagerada de la Comisión de ir tras las empresas grandes y ver monopolios por todas partes. "Por lo general, sentía que había un prejuicio de ir contra los malos sin hacer una investigación objetiva", asegura. "Creo que tuvo razón en despedirme, mis críticas eran demasiado destructivas".

A pesar de discrepar con su ex jefe, Ten Kate, oriundo de Holanda y con una experiencia de más de 30 años en la administración pública federal, admira a Pérez Motta. Lo considera un hombre de mente abierta que no guarda rencores. Aunque era su crítico más acérrimo, admite que su jefe siempre tuvo su oficina abierta cuando él quería hablar.

Recuerda también que hace varios años, cuando ambos trabajaban en lo que hoy es la Secretaría de Economía, le gritó a Pérez Motta enfrente de un subsecretario. Cuando el nuevo presidente llegó a la CFC, donde el holandés había trabajado durante 10 años, pensó que sería el primero en ser despedido. Pero no fue así, y lo trató con justicia, afirma.

Ten Kate, que tiene un doctorado en física teórica, dice que su oposición se debe a que cree que las reglas de competencia logran muy poco y son mucho más complejas de lo que la mayoría de la gente cree. "Todos saben que hay falta de competencia, que estos monopolios son malos, pero es poco lo que se puede hacer al respecto", afirma. Sin embargo, reconoce que la CFC hace un buen trabajo, "en lo que cabe".

Sin duda, Pérez Motta le volvió a poner energía a la Comisión desde que tomó el poder, ayudando a hacer de la política de competencia un tema de debate nacional, al punto que el presidente Felipe Calderón, Guillermo Ortiz y Agustín Carstens han dicho que es una prioridad gubernamental.

Aunque todavía falta que estos discursos se conviertan en hechos, por lo menos ofrecen seguridad a Pérez Motta. Uno de los problemas durante administraciones pasadas era que, del presidente para abajo, la competencia casi ni se consideraba. Se le daba más importancia a otras prioridades, como la estabilización de la economía, además de la obsesión por los mercados financieros, especialmente la Bolsa. Ir tras los gigantes del mercado reduciría sus ganancias, y Slim solo es el 40% del principal indicador del mercado mexicano.

Los mismos inversionistas dudan sobre las reglas de competencia, y eligen los beneficios inmediatos traducidos en altas ganancias, sin dejar de ver el largo plazo. "Según su posición, les afectaría, pero ese hecho sería contrarrestado por un mayor grado de confianza en México. Tendría un impacto psicológico positivo", comenta Felix Boni, director de Investigación de Capital de Scotiabank Casa de Bolsa.

Pérez Motta ha hecho más eficaz a la CFC. Durante el primer trimestre de este año, la Comisión ganó 11 de los 14 amparos presentados en su contra, como resultado de una nueva estrategia legal.

Se dio cuenta de que sus adversarios estaban pagando millones a los abogados para luchar por sus casos, lo que les permitía acampar en los tribunales, susurrar al oído de los jueces y exponer sus casos de manera más persuasiva.

Tradicionalmente, agencias federales como la CFC, asumían que los jueces iban a ponerse de su parte. Pero en un México democrático, eso dejó de ser cierto.

"Los abogados que llevan estos juicios a veces, en un solo caso, se pueden ganar hasta 10% del presupuesto anual de la Comisión", cuenta Pérez Motta. "Ésos son los grandes poderes fácticos del país contra quienes estamos peleando".

De modo que con un presupuesto anual de 160 millones de pesos a su disposición está tratando de luchar al nivel de las grandes fortunas de México. Ahora hace citas para ver a los jueces de la Suprema Corte, se presenta en los tribunales a las nueve de la mañana y espera con paciencia que lo reciban.

Su estrategia dio resultado en el caso de Gruma, aunque tuvo que estar en los tribunales casi ocho días durante un lapso de tres semanas. Ahí expuso su caso directo a los jueces, algo que está permitido bajo la ley mexicana. Gruma sostenía que no había recibido notificación porque los abogados no estaban ahí cuando llegó. Los jueces rechazaron el caso luego de escuchar los argumentos de Pérez Motta.

"La Suprema Corte es un órgano bastante más accesible de lo que parece", asegura el presidente de la CFC.

El costo personal del funcionario también es alto. Pasa horas en su automóvil viajando al Centro Histórico, a la Suprema Corte y luego a los tribunales, al sur de la transitada Ciudad de México. Pero si sus adversarios esperan detenerlo, se llevarán una sorpresa. Con un módem de internet inalámbrico, por el que paga 900 pesos al mes a Iusacell, una computadora portátil y una BlackBerry de Movistar, su automóvil se ha convertido en una especie de oficina alterna.

"Mis colegas piensan que cuando me subo al coche ya me fui, pero seguimos en contacto", dice sonriendo.

También ha encontrado aliados poco comunes: abogados que creen tan apasionadamente como él que la prosperidad de México depende de una mayor competencia. Dos ex jueces de la Suprema Corte le ofrecen consejos a cambio de una fracción de los honorarios que se esperaría de alguien que ostentó ese cargo. Pero tan turbulentas son las aguas en las que está nadando, que prefiere no revelar sus nombres.

"Si esto sale público me los van a tratar de cooptar".

Las jornadas de 14 horas y el sentimiento constante de que trata con una hiedra de mil cabezas son una enorme presión para Pérez Motta, con la que no podría lidiar de no ser por dos pasiones, una vieja y otra recién adquirida.

La antigua es el ciclismo. En diciembre, cuando las cosas se pusieron casi insoportables después de un año difícil, se montó en su bicicleta y, con un amigo, pedaleó hasta Ixtapa. Tardaron dos días en llegar. "Fue tan dura la presión que al final del año sólo quería irme", dice.

Luego, alquiló una casa con unos amigos lejos de la Ciudad de México para pasar tiempo con su esposa y sus hijas. Una de las hijas de su amigo preguntó una mañana si alguien quería hacer yoga. "Estoy realmente fascinado, estoy descubriendo un mundo nuevo con el yoga", asegura el tecnócrata. Ahora toma dos clases a la semana y practica cada mañana antes de ir a su oficina.

Después de todo, quizá se requiera misticismo oriental para que las políticas occidentales den frutos en México.

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