El llamado de la selva

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Thomas L. Friedman

La selva amazónica en el suroeste de Perú es básicamente una zona inhabitada y virgen que da hogar a algunas de las especies con mayor peligro de extinción en el planeta, y el manjar de arcilla para macacos más grande del mundo.

Todo esto se encuentra ahora en peligro a causa de lo que el biólogo Tim Killeen, investigador de Conservación Internacional, identifica como tres fuerzas convergentes: el aumento en los precios de los productos provocado por el rápido crecimiento en China, los planes de los líderes sudamericanos de construir infraestructura para crear una economía continental (lo que provocará el desplazamiento de personas a áreas importantes para la biodiversidad) y el calentamiento global que podría secar tanto la selva del Amazonas que en menos de 100 años mutaría a sabana.

Si todo esto converge, dice Killeen, se creará una “tormenta perfecta de destrucción ambiental que acabará con una de las últimas grandes áreas vírgenes de naturaleza tropical del planeta”.

Abundan las señales de peligro: navegando río arriba en el Tambopata, hay buscadores de oro con grandes lanchas motorizadas y mercurio para dragar, cernir –y destruir– los bancos del río en busca del preciado metal. Con el aumento en los precios del oro, los incentivos para dragar el Tambopata son enormes. Algunos mineros talan árboles para hacer campamentos y cazan animales exóticos para comer.

Mientras tanto, está cerca de terminarse la construcción de la Carretera Interoceánica, que va de la costa del Atlántico de Brasil hasta la costa del Pacífico de Perú. Más carreteras dan lugar a más agricultura, tala de árboles, minería, extracción de petróleo y gas, lo cual provoca que las selvas se conviertan en tierra de cultivo, lo que a su vez produce más gases que crean el efecto invernadero.

“El gobierno peruano tiene buenas políticas pero no cuenta con los medios para hacerlas cumplir y existe una gran corrupción”, explica Diego Shoobridge, director de ParksWatch de Perú. El camino de Brasil a través de Perú ya existe, “pero ahora van a pavimentarlo”, agrega. “Una vez pavimentado, todo tipo de vehículos llegarán con gente de los Andes que no conocen los bosques”.

Pero las protestas de los que quieren hacer el bien no detendrá esa dinámica. Se requiere una estrategia mayor.

“Necesitamos infraestructura verde –un sistema de parques y territorios controlados por las comunidades indígenas– normas sobre uso de tierra, créditos de carbón para la protección forestal y negocios verdes, como el ecoturismo, que crearán una poderosa economía verde como contrapeso a las fuerzas económicas globales que provocan la deforestación”, opina Glenn Pricket, vicepresidente senior de Conservación Internacional, y uno de mis compañeros de viaje (mi esposa es parte del consejo de la organización).

De hecho, tal como el oropel aprendió a nivelar las orillas de su nido para preservar su nido de forma natural, los ambientalistas tienen que reforzar la riqueza del bosque tropical para preservarlo de manera natural. Eso significa la creación de medidas para que los nativos prosperen y lo protejan al mismo tiempo. Pero es difícil.

Es fácil desmontar un pedazo de bosque para hacer caminos o un pozo petrolero. Es difícil desarrollar café del tipo shade-grown (cosechado a la sombra), o ecoturismo, o una planta para procesar nueces del Brasil o un negocio de aceite de palmera. Pero sin un negocio lucrativo que sea amable con el ambiente (que contrarreste los que le son hostiles) los depredadores económicos del bosque tropical finalmente se saldrán con la suya.

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Autor del libro The World is Flat y columnista de The New York Times.
Comentarios: thomas.friedman@expansion.com.mx

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