Fin de la revolución Bush

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Philip H. Gordon

Si alguien pregunta, los altos funcionarios del gobierno de George W. Bush explicarían que el presidente se mantiene fiel a los principios “revolucionarios” de su política exterior fijados después del 11 de septiembre: que Estados Unidos libra una guerra contra el terror; que se mantiene a la ofensiva; que es la base del orden mundial, y que el crecimiento de la democracia es la llave para la paz del mundo.

Contrariamente a lo que se piensa, el primer gobierno de Bush no era ni intervencionista ni tenía sed de guerra. Se inclinaba por no involucrarse en los asuntos internos de otros países, para contrastar con el intervencionismo que mantuvo la presidencia de Bill Clinton.

Pero la combinación de dos factores cambió la política exterior de Bush a idealista y transformacional. El primer factor fue la sensación de vulnerabilidad tras los atentados del 11 de septiembre. Mucha gente pensó que sólo con un cambio radical en la política exterior de EU se podría garantizar la seguridad del país, aun cuando eso significara utilizar al ejército para transformar al mundo, empezando por el Medio Oriente.

El segundo factor fue la sensación de poder absoluto. Para 2001, tras una década de crecimiento económico, progreso tecnológico y victorias militares, muchos estadounidenses pensaron que la transformación del mundo era posible si sus líderes se comprometían a alcanzar dicho objetivo.

Así fue como se desvanecieron las dudas y la aversión al intervencionismo dentro de la administración. En su lugar nació una determinación para mantener al país ‘a salvo’, utilizando la fuerza militar para eliminar amenazas como Saddam Hussein, y sembrar libertad y democracia por todo el mundo.

Obviamente no todo salió como estaba planeado. La invasión de EU no llevó estabilidad ni democracia a Irak, sino numerosas bajas de civiles iraquíes y militares estadounidenses, amén de un alto riesgo de guerra civil.

El hecho de que no se encontraran las armas de destrucción masiva (usadas como pretexto para la guerra), la impresión de que se exageró el tamaño de la amenaza y de que se violaron las leyes internacionales al invadir Irak, plantearon serias dudas sobre la legitimidad de la política exterior estadounidense.

Mientras tanto, en casa, la confianza en el poderío del país se evapora. Los ataques terroristas, una recesión, dos guerras, y los recortes masivos de impuestos, han desvanecido la sensación de que Estados Unidos aguanta lo que sea.

El impacto se sintió al inicio del segundo periodo de Bush: la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, afirmó que “es el momento de la diplomacia”. De inmediato, ella fue a Europa para sanar heridas provocadas por el unilateralismo de EU. Luego, el presidente viajó a Europa en busca de aliados.

El nuevo estilo de la administración se reflejó también en la relajación de las posturas políticas de Bush. Por ejemplo, con Corea del Norte. En septiembre de 2005, Washington negoció­ con Pyongyang que le daría ayuda energética, seguridad y normalizaría gradualmente las relaciones, a cambio de que Corea abandonara su programa nuclear. El acuerdo fracasó, pero era evidente que estaban dispuestos a conseguirlo.

La situación global y la limitación de recursos empujarán a Bush a abrazar el pragmatismo, la modestia y el multilateralismo.

Con todo, sería apresurado cancelar la posibilidad de que Bush retome una postura radical, pues, en más de una ocasión, sorprendió a sus críticos, asumiendo riesgos masivos.

Si eso pasara, ¡agárrense! Porque no hay ninguna razón para creer que el segundo episodio de la revolución de Bush tenga más éxito que el primero. De hecho, sin los recursos, la legitimidad internacional y el grado de apoyo político que tenía Bush en principio, podría ser mucho peor.

El autor es decano de Estudios de Política Exterior en la Brookings Institution y coautor de Allies at War: America, Europe, an the Crisis Over Iraq.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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