¿Necesitamos más impuestos?

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JAVIER GINEBRA SERRABOU
Doctor en Derecho y Asociado del Despacho TMC Consulting México


Cuando se habla de reforma fiscal se trata, como decía el ministro francés del siglo XVI Jean-Baptipste Colbert, de “extraer el mayor número de plumas, limitando al mínimo el número de graznidos”, algo que no ha pasado hasta ahora en México, donde académicos y grupos de derecha e izquierda parecen conspirar contra cualquier reestructuración hacendaria.

Unos dicen: lo que se requiere es reducir y racionalizar el gasto; otros sostienen que se necesita disminuir la enorme evasión fiscal. Pero todos evaden decisiones difíciles en materia de tasas y diseño de impuestos. Lo cierto es que, como lo señaló Gurría: “La reforma fiscal es la primera, segunda y tercera prioridad en la agenda de Calderón”.

Hoy nada es claro en materia tributaria, por lo que un primer paso de la reforma debe venir de la simplificación administrativa. Ya Gabriel Zaid puso de relieve que para una pequeña empresa no importa solamente el cuánto tributar, sino el cómo, que puede ser aún más difícil.

Hay dos realidades que el nuevo gobierno debe tener presente en una reforma fiscal. En el mundo competitivo el capital es móvil. Las grandes empresas e inversionistas, si no hayan un sistema competitivo, podrían emigrar fiscalmente.

El segundo punto es que antiguamente se pensaba que el sistema impositivo era el que por sí mismo redistribuía los ingresos; por ello la tendencia a privilegiar los sistemas fuertemente progresivos –los impuestos sobre el ingreso–. Hoy, en general, se piensa que el sistema tributario debe recaudar más dentro de ciertos criterios de equidad, preferentemente mediante impuestos generalizados al consumo para redistribuir vía gastos.

Sentadas las bases, el proceso de la reforma fiscal debe descansar en dos premisas de política: no hay forma de evitar, tarde o temprano, un iva ‘parejo’ que grave a todo el consumo a igual tasa. Así nació el iva en México. Se puede, por ejemplo, exentar una canasta básica de 10 productos, pero en el debate hay muchos mitos. Es cierto que los grupos de bajos ingresos destinan la mayor parte de su ingreso a alimentos. Sin embargo, éste no es el hecho fiscalmente relevante. Con la actual tasa cero se subsidia al decil más rico de la población con 70,000 mdp, es decir, 1% del PIB. En cambio, el impacto sobre los deciles más pobres sería de 2,000 mdp. Es decir, se podrían obtener recursos para compensarlos más ampliamente con gasto social focalizado. Además, los más pobres compran en tianguis o desarrollan autoconsumo, donde no se paga iva.

Éstas son las razones por las que hay una abrumadora corriente mundial que maneja altas tasas de iva de pago parejo. En Chile el iva es de 18%; en Argentina, de 19%; en China 17%, en Sudáfrica, 15% con cinco excepciones; en Francia, 19.6%, el promedio de la ocde es de 17.6%. Con estas tasas se puede tener un gasto social muy superior al nuestro.

El segundo aspecto es intensificar el proceso para mejorar la administración tributaria y disminuir la evasión fiscal, que puede ser de 3 ó 4% del PIB. Esto supone fortalecer al sat, contar con un censo fiscal completo (a nivel casi de manzana) con tecnología moderna y cruce de la información disponible de bancos de datos del inegi, imss o Infonavit. Pero, cada vez que se hace un censo, se dice que es ‘terrorismo fiscal’.

En el Impuesto Sobre la Renta se avanza hacia una tributación proporcional simple, como en Rusia, Irlanda y las Repúblicas Bálticas. Para 2006 se establecía una tasa básica de 25% que no pagarían los individuos hasta ingresos menores de 75,000 pesos, y una tasa superior a 25% para ingresos millonarios. Con estos esfuerzos en el mediano plazo se podría recaudar 5% más del PIB. ¡Ése es el esfuerzo que se debe hacer antes de que se reviertan los ingresos extraordinarios del petróleo!

Comentarios: xavier.ginebra@expansion.com.mx

MAURICIO GONZÁLEZ
Ex Director de Grupo Economistas y Asociados

NO
El presidente electo, Felipe Calderón, ha presentado diversos temas que requieren formar acuerdos con el Congreso para definir la agenda nacional. En lo tocante a la economía se menciona la necesidad que los tributos sean ‘simples, generales y competitivos’.

Una parte de la ‘comentocracia’, como le llama Jorge Castañeda, se volcó a la crítica mordaz. El nuevo presidente aún no toma las riendas y ya le dicen qué y cómo debe o no hacer, en todos los órdenes. En algunos casos no sólo lo insinúan, lo exigen.

Se ha escrito que esta propuesta, que apela al entendimiento entre rivales políticos, es un conjunto de lugares comunes, que no da soluciones y es una vía ingenua de conducir un gobierno. Hay quienes piden confrontación, amenazas y chantaje, ya que en ello entienden firmeza. Otros pensamos que ese lado oscuro del poder no es conveniente en un país dividido. En todo caso, interpretemos estas propuestas temáticas como elementos tácticos para que los legisladores y ciudadanos interesados aporten opiniones constructivas y no sólo críticas. Es en este sentido que hay que enfocar el llamado a la simplificación y competitividad tributaria.

México requiere urgentemente elevar y facilitar la recaudación. La población del país es en su gran mayoría de escasos recursos (10% de la población con mayores ingresos supera 20,000 pesos mensuales), y requiere un volumen creciente de satisfactores (educación, salud, vivienda, infraestructura y otros), que generalmente proveen los gobiernos.

El gasto público en México está al menos 10% del PIB (unos 75,000 mdp) por debajo del más modesto de los países industrializados. Un gasto raquítico por falta de ingresos, que se ubican al menos 4% del PIB por debajo del promedio de los países de la ocde. La falta de ingresos públicos obedece en parte a que el cumplimiento oportuno y preciso de las obligaciones fiscales es una tarea titánica, además de onerosa, lo que propicia una elevada evasión.

Calderón y su equipo coquetearon en la campaña con introducir una tasa uniforme al Impuesto Sobre la Renta. La virtud de su esquema es eliminar la complejidad del impuesto.

El también llamado flat tax consistente en aplicar una tasa impositiva única a los ingresos, surge de una propuesta de dos economistas, Hall y Rabushka, que hace poco más de una década resucitaron el principio de que el ingreso debe ser gravado una vez, lo más próximo a la fuente que lo genera.

Para las personas físicas, la base del impuesto podría ser la diferencia entre ingresos salariales y un nivel predeterminado de exención; para empresas, la base gravable sería la diferencia entre ventas y egresos por insumos, nómina y equipamiento de capital.

Hace 10 años esta idea se consideraba extravagante. Hoy, prácticamente toda Europa del Este la aplica con éxito, con tasas de 13 a 26% y países como España y Alemania consideran introducir el esquema con tasa de 30%. Que ironía que los países totalitarios, que exprimían económicamente a sus ciudadanos, ahora sean los de tributación avanzada.

En México adelantamos un trecho, ya que para empresas aplica una tasa única de 29%, aunque con el inconveniente de una infinidad de reglas para el cálculo de la base y las deducciones. Falta trabajar la renta de las personas físicas, cuyo ingreso se grava en cinco tasas que van de 3% a 29%, sujetas a un esquema complicado de créditos fiscales. La noción del impuesto uniforme merece una reflexión serena.

Ojalá haya tacto para analizarla y promoverla. Y no me refiero al del gobierno, sino al de legisladores y ‘comentócratas’ dispuestos a desenfundar antes de tener el blanco enfrente.

Comentarios a mauricio.gonzalez@expansion.com.mx

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