El séptimo año

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Alfonso Zárate

El primer presidente de la alternancia –novio ad perpetuam para anchas franjas sociales– hizo del rating una prioridad de gobierno. Si Luis Echeverría se inspiró en Lázaro Cárdenas; si Miguel de la Madrid tuvo a José María Morelos como figura emblemática y Carlos Salinas a Emiliano Zapata, Fox parece mirarse en Pedro Infante: quiere ser querido por el pueblo.

Pese a que el país está sembrado de riesgos, Fox puede asomarse a las encuestas sin miedo: termina su mandato con una popularidad envidiable y entregará la banda presidencial a un correligionario.

El foxismo es aún historia viva, pero es evidente que no estamos ni cerca de donde prometió el candidato lenguaraz hace seis años. Para muchos, el hombre que ganó las elecciones perdió el resto del sexenio. Alguien se quedó con el cambio.

Es indudable que algunos de sus programas de gobierno tuvieron impactos positivos en la población, sobre todo, Oportunidades y el Seguro Popular. Además, la estabilidad macroeconómica permitió reactivar el crédito al consumo y a la vivienda. Pero, al mismo tiempo, deja el país con turbulencia política y riesgos muy altos: la quiebra de los fondos de pensiones del IMSS, ISSSTE y otras grandes instituciones públicas; el mediocre crecimiento de la economía que impidió generar los empleos que requiere el país y que explica, en gran medida, la expulsión de más de tres millones de mexicanos durante su sexenio y el crecimiento incontrolado de la economía informal.

México es ahora un país más inseguro y violento que hace seis años: secuestros, ejecuciones, robos, violaciones... El año pasado se contaron 1,261 ejecuciones y ahora la cifra supera la de 2005. Por eso, de acuerdo con datos del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad (ICESI), casi la mitad de la población se siente insegura y 25% modifica sus hábitos por esa razón.

Fox dilapidó el ‘bono democrático’ y no se atrevió a levantar un nuevo tinglado jurídico-institucional, no supo o no pudo articular consensos entre los actores del universo productivo-laboral para propiciar un desarrollo económico menos desigual, más digno y democrático.

Un rasgo de Vicente Fox en la Presidencia fue el miedo a gobernar. Aunque los ejemplos para demostrarlo sobran, baste señalar dos: 1) el repliegue ante los macheteros de San Salvador Atenco, que canceló el proyecto de infraestructura más importante del sexenio: el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, y 2) la parsimonia del gobierno federal para encarar el conflicto oaxaqueño.

Pero, además, Fox quitó dignidad a la institución presidencial. Queda en la memoria una colección de frases y hechos lamentables en escenarios que reclamaban un comportamiento sobrio, republicano. En su toma de posesión, se apartó del protocolo ante el honorable Congreso de la Unión, y empezó con un coloquial: “¡Hola, Ana Cristina; hola, Paulina; hola, Vicente; hola, Rodrigo...” Cómo no recordar su respuesta a la llamada del rey de España (“¡Quihubo, rey!”); las botas de charol, en Madrid; la cita a José Luis Borgues en Salamanca; el matrimonio con su vocera y la invención de la pareja presidencial, pese a que la Constitución establece el carácter unipersonal del Ejecutivo.

Para infortunio de todos, Fox entrega el poder sin plan de aterrizaje y en un ambiente de turbulencias. Pero un país que no reconoce, instalado como está en un mundo virtual de su creación: Vicente en el País de las maravillas.

A todas luces, Fox dejó ir la oportunidad de ser el presidente de la alternancia. Se le recordará, no por lo que hizo en la Presidencia, sino antes: derrotar al PRI, encabezar la alternancia… En su museo no tendrá más que presumir.

El autor es director de Grupo Consultor Interdisciplinario.
Comentarios: alfonso.zarate@expansion.com.mx

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