La guerra realmente fría

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El Muro de Berlín cayó hace 17 años. En esa época el futuro parecía claro: su caída desataría una marejada incontenible de mercados y personas libres. Durante 15 años eso sucedió. Pero hoy, una marejada negra de “petroautoritarismo” viene de Rusia, y echa por tierra la oleada de libertad.

Rusia es un ejemplo de lo que llamo “la Primera Ley de la Petropolítica”, que postula que el precio del petróleo y la libertad son inversamente proporcionales en Estados ‘petrolistas’, esto es, en países con instituciones débiles y elevada dependencia económica del petróleo.

El día que la Unión Soviética se vino abajo, el crudo se cotizaba en casi 16 dólares por barril. Y a medida que el precio aumentó, la libertad rusa disminuyó.

Ahora el presidente ruso, Vladimir Putin, rebosante de ingresos, aplasta a opositores, renacionaliza empresas de energía, expulsa a grupos de derechos humanos y se presenta como un gran hombre en las universidades de Europa.

Cuando los europeos dicen que temen una nueva ‘Guerra Fría’, realmente están pensando en la temperatura, y en la posibilidad de que Rusia detenga el suministro de gas, lo que podría causar mucho frío a los europeos. Casi 40% de las importaciones de gas natural de Europa viene de Rusia, y se anticipa que ese porcentaje crecerá a 70% para 2030.

“Rusia tiene un impacto mayor sobre Europa occidental con sus gasoductos, del que tenía antes con los misiles de largo alcance SS-20”, señala Josef Joffe, experto en política exterior de Alemania y autor del libro Uberpower: The Imperial Temptation of America.

El otro día, la BBC de Londres citó a un “experto de la Unión Europea” que dijo, en referencia a los líderes de la UE: “¿Sabes qué pasa cuando ellos entran a una habitación con Putin? Todos dicen: ‘te amo, Valdimir’”.

La BBC informó sobre una tensa cumbre, a mediados de octubre, en el poblado finlandés de Lahti. Ahí, dirigentes europeos imploraron a Putin que respetara contratos con empresas petroleras occidentales, además, que aligerara su represión sobre la prensa y activistas de derechos humanos.

Lo que la UE quiere, explicó un funcionario alemán, es invertir en proyectos rusos de perforación petrolera y de gas, así los intereses rusos y los europeos estarán tan entrelazados que Rusia nunca consideraría detener el suministro de gas.

En cambio, Putin quiere que Gazprom, la gigantesca gasera rusa, adquiera servicios al consumidor en Europa para dominar la industria desde sus yacimientos de petróleo hasta los medidores de gas en Berlín y Bruselas. Justo ahora, ambas partes están en un tenso enfrentamiento. “No podemos permitir que la energía divida a Europa como lo hizo el comunismo”, declaró José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, al Financial Times.

Tras el colapso de la Unión Soviética, Estados Unidos y la UE impusieron por la fuerza la expansión de la OTAN a Putin. Él ahora usa su ‘petropoder’ para devolver la presión.

“Rusia es muy diferente de Venezuela o Arabia Saudita”, destaca Clemens Wergin, editorialista del diario alemán Der Tagesspiegel. Rusia tiene armas nucleares y petróleo, por tanto tiene el potencial de desempeñar un papel más dominante en la esfera geopolítica de Europa.

Pese a todo, los funcionarios no creen que Rusia detenga el suministro de gas si no obtiene lo que busca. Después de todo, nunca hizo eso durante la Guerra Fría y ahora depende más de los mercados occidentales.

Pero, de cualquier manera, siglos de tensas relaciones entre Europa y Rusia inquietan a funcionarios alemanes, por la alta dependencia del Kremlin para calentar hogares y oficinas. Saben que Rusia regresó. El hombre del gas ya vino.

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El autor es columnista de The New York Times.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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