México está que arte

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Sara Brito

Nueva York, noviembre de 2005. La casa de subastas Sotheby’s saca a la venta El soplón, obra de Francys Alÿs en cuatro piezas, con un precio inicial de entre 150,000 y 200,000 dólares.

Eugenio López, artífice de La Colección Jumex, quien a sus 39 años es ya un viejo conocido en el circuito del arte contemporáneo neoyorquino, pujaba por teléfono desde Los Ángeles con un solo propósito: completar el seguimiento que había iniciado años antes del artista belga-mexicano. Desde el arranque, un comprador le puso las cosas difíciles. Había subido de un plumazo la oferta a 500,000 dólares. La cosa se puso caliente hasta que, finalmente, López pujó más alto y se llevó la obra por 632,000 dólares. Aquello marcó el récord de una obra del artista en subasta y, de paso, de todo artista mexicano vivo en el mercado secundario del arte contemporáneo (el de subastas y obras que no se compran al artista).

Lo que no sabía López entonces, y se enteraría después, era que el comprador anónimo al que le había arrebatado la obra había sido el autor, Alÿs.

Un año después, Eugenio López se sienta cómodo, en pantalones cortos y camiseta, en la sala de su penthouse de la Ciudad de México, y reconoce que en la reciente temporada de subastas no ha querido participar: “Los precios son demasiado altos, no me interesa”.

Sotheby’s y Christie’s siguen en su escalada meteórica de récords en ventas. Sólo en la temporada de otoño en Nueva York se ha rebasado el techo de 1,000 millones de dólares y se calcula que la cifra llegue a 1,300 millones.

Como dice el periodista especializado en arte Marc Spiegler (considerado el ‘Oráculo de Delfos’ por el periódico Frankfurter Algemeine debido a su capacidad de predicción): “Las subastas de arte contemporáneo han empezado a rivalizar a las históricamente dominantes de arte impresionista y moderno”, aunque prevalezca el alza en mercados como el latinoamericano donde Raíces, de Kahlo, batió récord en mayo pasado: 5.6 millones de dólares fue la sabrosa venta.

Esta tendencia global, generada por la “atracción social del mundo del arte, la rentabilidad y la diversificación de cartera”, según el profesor de la Universidad de Nueva York Michael Moses, ha salpicado también a México. La profesionalización del mercado local, aunque incipiente, se ha convertido en un secreto a voces. “México podría estar viviendo ahora lo que Brasil vivió hace 10 años, con una escena artística fuerte, galerías importantes, coleccionistas reconocidos internacionalmente y una feria de arte que empieza a tomarse en cuenta”, señala Samuel Keller, director de la feria de arte contemporáneo Art Basel y de Art Basel Miami, que tiene a México como el país latinoamericano de donde viene la mayor cantidad de sus visitantes. Se atreve, junto con José Kuri, de la galería mexicana Kurimanzutto, a compararlo con el Londres de los 90, donde se vivió la pujanza del grupo de los Young British Artist, la llegada de nuevos coleccionistas o la apertura de la Tate Modern.

Los síntomas de este despertar son múltiples: desde el crecimiento en presencia y número de los coleccionistas mexicanos, el hecho de que las principales galerías hayan aumentado sus ventas dentro de las fronteras; o que una editorial de arte como Turner abra oficinas en México habla de que algo se cuece en una cocina que ha tenido como chef principal por mucho tiempo a Eugenio López, creador de La Colección Jumex.

Nace un coleccionista
Son las 10 de la noche a fines de noviembre, y en los amplios ventanales del departamento de Eugenio López, en la zona de Polanco, se mezclan las luces de la ciudad, allá afuera, con el reflejo de una serie de fotos de paisajes de Olafur Eliasson y de la araña de hierro de Louise Bourgeois que parece estar escalando, más que la pared del penthouse, la noche.

El único heredero de la firma Jumex luce cansado. La agenda de actos y encuentros de sus visitas relámpago a México suele dejarlo un poco out of order, como él dice. Esta vez tomó el vuelo desde Los Ángeles para la premier de su primer proyecto de producción cinematográfica, Así del precipicio, en el que invirtió 10 millones de pesos y que en su primer domingo de exhibición facturó 1 millón.

Los éxitos parecen no ser una novedad para este hombre que hace ya más de una década se quedó con la boca abierta al ver en un catálogo que un cuadro blanco de Robert Ryman costaba 250,000 dólares (del cuadro y su precio se ha dicho que inspiraron la obra de teatro Art, de Yasmina Reza). “Aquello me hizo cuestionarme qué había detrás, tal vez todo un mundo que desconocía. Decidí empezar a investigar sobre arte contemporáneo”, recuerda mientras da un trago largo a su agua de jamaica.

Eran principios de los años 90 y López había comprado algún Roberto Cortázar, pero Ryman le abrió la puerta de lo que hoy llama su proyecto de vida: La Colección Jumex, la más importante de arte contemporáneo de América Latina que ronda ya las 1,500 piezas y en la que invierte cada año, en adquisiciones, unos 5 millones de dólares. “Eugenio López representa un nuevo tipo de coleccionista: joven, carismático, listo, con una empresa exitosa y que no sólo compra sino que comparte y promueve”, explica Samuel Keller. Jumex destina 3.5 millones de dólares al año para promoción de artistas, apoyo a museos, un nuevo proyecto de residencia de creadores, su nuevo enfoque de difusión nacional e internacional y el programa de educación, que va desde becas hasta actividades para dar a conocer a escolares de Ecatepec y a los trabajadores de la empresa lo que se presenta en ese edificio anexo a la fábrica de jugos. “Cada iniciativa mantiene una mayor coherencia con el acervo. Los esfuerzos de difusión y promoción dentro y fuera de México están más coordinados. Se trata de que la fundación y La Colección se afiancen como centro de arte contemporáneo”, dice la directora de la fundación, Abaseh Mirvali.

Eugenio es elocuente en sus gestos y sus acciones. Pasión le sobra y capacidad de convencimiento también. Tanta como para haber llevado a su padre, Eugenio López Rodea, a quien el arte contemporáneo le importaba poco, a invertir unos 80 MDD en el coleccionismo de su hijo y, de paso, hacerle pensar que su sueño podía ser benéfico para la empresa. “Quería hacer algo único en Latinoamérica y para ello tenía que convencer a mi padre para que cediera los recursos. Me ha costado, pero todo se ha hecho poco a poco, y hoy me reconoce lo orgulloso que está de la colección”, dice. Cuando en la feria Arco de Madrid de 2005, con México como país invitado, se le concedió un premio a su labor, Eugenio López se lo dedicó emocionado y entre lágrimas a sus padres.

Hay quien dice que no habría arte contemporáneo en México si no fuera porque un día al hijo del presidente de Jumex se le ocurrió que en vez de ser actor –cosa que su padre no habría aceptado– o de ejercer en exclusiva de director de mercadotecnia de la compañía familiar –cosa que no le agradaba demasiado– podría empezar una colección y, de paso, convertirse en mecenas.

¿Hay Vida más allá de Jumex?
Concedidas las medallas a López, el mercado mexicano, por muy en pañales que esté, no se explica por una sola persona. “En México se está viviendo la profesionalización del mercado”, asegura la curadora Tayana Pimentel, “muchos ojos nos miran”. Eventos como la exposición de Gabriel Orozco en Bellas Artes o las inauguraciones de proyectos de La Colección Jumex atraen a coleccionistas como los Cisneros, de Venezuela, o a Samuel Keller, entre muchos otros. La comerciante de arte Mireya Escalante cree que México vuelve a relucir en el panorama internacional como lo hizo en la época de Diego Rivera o Frida Kahlo.

Y en esto Gabriel Orozco ha tenido mucho que ver. “Mi obra vino a desbaratar el cliché de lo que se consideraba arte mexicano (léase los muralistas, Frida Kahlo, María Izquierdo….), y mi salida a subasta no en el rubro de arte latinoamericano sino en el de arte contemporáneo ayudó a artistas que vinieron después”, afirma el creador.

Mientras que su carrera en los 90 había ido abriendo el apetito a galeristas, como Marian Goodman, y coleccionistas internacionales y demostrado que desde México se podía hablar, sin localismos, el lenguaje del arte contemporáneo internacional, esto coincidía con una mirada desde los centros de arte tradicionales a las periferias, que podían aportar nuevos artistas para un creciente número de coleccionistas.

Como dice Ana Sokoloff, asesora y dealer de arte en Nueva York: “La creciente demanda a principios de este siglo provocó la necesidad de un mayor flujo de obras”.

Ferias como la de Guadalajara (Expoarte), recuerda la ex galerista, crítica y curadora Patricia Sloane, trajeron por primera vez galerías internacionales a México, aunque su fecha de defunción a fines de los 90 coincidiera con la de otro polo de aquellos tiempos: el Centro Cultural Televisa.

En 2002, según Sloane, “la euforia internacional por lo mexicano se hizo sentir de manera contundente”. Hubo ocho exposiciones colectivas alrededor del mundo dedicadas a lo que se preparaba localmente por aquel entonces y en las que nombres como Gabriel Kuri, Teresa Margolles, Miguel Calderón, Daniel Guzmán, Fernando Ortega, Iñaki Bonillas o Abraham Cruz Villegas empezaron a resonar. El fructífero experimento que fue La Panadería, el colectivo de artistas (como Joshua Okon o Miguel Calderón) acababa de cerrar después de ocho años de actividad y de haber amasado gloria y reconocimientos mediante un combinado de programas de intercambio de artistas y apuestas arriesgadas.

Damián Ortega, autor del conocido vocho desarmado y uno de los artistas jóvenes con más proyección internacional (ha sido nominado este año para premios como el Hugo Boss, o el de la National Gallerie de Alemania para arte joven), recuerda el apoyo que le dio López en sus inicios, pero no olvida que hay vida más allá de Jumex. “Hay galerías muy profesionales, como Kurimanzutto, que han sabido jugarse muy bien en las arenas internacionales, la gente los reconoce y los respeta”, apunta quien hace cinco años vendía una escultura por 5,000 dólares y hace apenas un mes vendió una similar en 65,000.

Galerías, más y mejores
Mónica Manzutto y José Kuri, de la galería Kurimanzutto, no calcularon que lo que facturaban al inicio en un año sería lo que venden hoy en un mes, y desde luego tampoco que su facturación anual superaría con creces el millón de dólares.

Ciertamente no lo imaginaban cuando, al volver de Nueva York, y luego de que Mónica abandonara su trabajo en la galería de Marian Goodman, decidieran convertir su departamento en la colonia Condesa del Distrito Federal en galería. Probablemente tampoco Kuri habló demasiado con Gabriel Orozco del tema cuando eran chicos y comenzaron su amistad. Pero ese artista se convirtió desde el inicio en la mejor carta de presentación de la galería, el mismo que hace apenas unas semanas vendió su obra escultórica Dark Wave en la galería Whitecube de Londres, en millón y medio de dólares, o cuyas pinturas más recientes no bajan de 200,000 dólares. Y ya están todas vendidas en Kurimanzutto.

Esta galería está considerada como una de las 100 más importantes de los últimos 100 años, según la editorial alemana Dumont, y acaba de abrir un espacio de exposiciones de 500 metros cuadrados, también en la Condesa.

“La gente me preguntaba: ‘Pero, ¿a quién vas a vender?’”, recuerda Damián Ortega, artista que estuvo en el arranque de la galería y que es en la actualidad uno de sus nombres fuertes. Sus obras tienen hoy lista de espera.

En los primeros años eran pocos los coleccionistas mexicanos. De las ventas de la galería 97% era para el extranjero. Ahora vende 20% dentro de México.

“Trabajamos, por lo menos, con 20 colecciones que están recopilando en profundidad varios de nuestros artistas”, dice José Kuri con su hablar inquieto y entrecortado. Dentro de México, cuenta al menos tres coleccionistas adictos a la obra de la galería: Patrick Charpenell, César Cervantes y Eugenio López.

Existen más compradores, que quieren hacerse con una obra de unos cuantos miles de dólares. “Es hora de que, después del auge que vivió México de 2002 en adelante, pase de tener 60 coleccionistas a 500”, opina Samuel Keller.

Lo mismo puede decir Patricia Ortiz, desde OMR, otra galería que, con más años en el mercado, ha aumentado su presencia en los circuitos internacionales. Va a unas cinco ferias al año y su mercado más importante es Basilea.

Los coleccionistas más formales gastan unos 100,000 dólares al año, mientras que jóvenes compradores (que suelen comprar a plazos y cuyo número va en aumento) pueden gastar hasta 10,000. “Se ha ampliado la cartera de clientes, el mercado crece y nuestra actividad se ha intensificado en los últimos dos años”, apunta Ortiz.

No sólo las grandes se benefician. A más compradores pequeños, más galerías. Es el caso de Proyectos Monclova, que desde la capitalina colonia Roma afina su propuesta para una red de coleccionistas jóvenes, profesionistas que rondan los 30 años, y que quieren adquirir obra para llenar los muros de sus casas. Como dice el editor Claudio Landucci, “todo esto ha tenido mucho que ver con cambios en la arquitectura y el interiorismo”.

Hay riesgos. La galería que montó Rodrigo Espinosa hace ya cuatro años en la Roma, Garash, ha promovido la obra de artistas recién salidos de las escuelas de arte. Esto no siempre sale bien. “Hay que tener cuidado porque muchas veces son gente que abandona su carrera tras haber apostado por ellos”. Ahora que maneja obra de Mónica Espinosa, a quien colecciona Jumex, y que baraja la posibilidad de acoger a la conocida artista Teresa Margolles, piensa que será mejor dar un giro hacia artistas un poco más establecidos.

Esta irrupción de nuevos y jóvenes coleccionistas y de galerías que los atienden es un concepto que también defiende Zélika García, directora de la única feria del país, Muestra de Arte Contemporáneo (Maco) que recibió el año pasado a 20,000 visitantes. Con un crecimiento anual de alrededor de 40%, la tercera edición tuvo este año a 70 galerías. “Queremos crecer poco a poco y fomentar el pequeño coleccionismo para hacer crecer el mercado”, dice. Por eso, en Maco se encuentra obra desde 20 dólares a varios cientos.

Más y nuevos coleccionistas
La página especializada Artprice señalaba hace unas semanas que los profesionales del arte coinciden en que el crecimiento del mercado ha estado guiado por el aumento de los compradores: 544% en los últimos 10 años. “Los nuevos compradores están animados por la mayor información, que les permite hacer seguimientos como los de otros mercados financieros”, dice el sitio web.

“El mercado del arte está cada vez más globalizado, y no podemos hablar de un mercado mexicano a solas”, remata José Kuri. Pero es cierto que nuevos coleccionistas de mercados poco tradicionales, como Rusia, China o Latinoamérica, han tomado su turno en los últimos años.

“Antes tenía que convencer en Europa a la gente del mundo del arte de que coleccionistas mexicanos como Eugenio López eran importantes, ahora matarían por tenerlos en cualquier evento”, ha dicho Isabela Mora, encargada de relaciones VIP para España y Latinoamérica de Art Basel.

Abrir puertas
Como recuerda Ana Sokoloff, el halagüeño análisis hecho por los profesores Michael Moses y Jianping Mei, de la Universidad de Nueva York, en que demuestran cómo el arte puede ser más rentable que la inversión en mercados bursátiles, ha propiciado que se le tome como un factor al mover inversiones, y por si fuera poco, con retornos mucho más allá de los financieros. “No es lo mismo que una inversión en Bolsa; el gusto estético al tener una obra colgada en el salón de tu casa y la apertura social que genera tiene mucho peso”, dice Sokoloff.

César Cervantes, de la aparentemente poco glamorosa industria de los tacos, lo pone claro, copa de vino en mano y sentado en el amplio salón de su casa-museo. “Recibo a gente de todo el mundo –la galerista francesa Chantal Crousel estaba por llegar en unas semanas–; convertirme en coleccionista me ha abierto todo un mundo”, reconoce el director general de la cadena Taco Inn.

Este empresario, ahora de 37 años, se vio comprando cuadros en el mercado de San Ángel en sus inicios, pero cuando en 2000 acudió a una feria en París se dio cuenta de que estaba un tanto perdido. “Llegué a la FIAC y resultó que no había nada de los artistas que yo coleccionaba”, recuerda. Cuando el último día llegó al stand donde había visto un pequeño cuadro que le había gustado y preguntó por él, los galeristas se rieron en su cara. Era un cuadro de Ong Kawara, vendido desde el primer día por unos 35,000 dólares, y él no tenía pensado gastar más de 2,000.

Hoy este mismo hombre es miembro del patronato del Tate londinense y su colección, que empezó apenas hace seis años, va ya por entre 300 y 400 piezas.

A pesar de una mayor presencia de coleccionistas privados, la inexistencia de coleccionismo institucional sigue siendo hiriente, coinciden muchos de los consultados.

Sólo el Museo de Arte Contemporáneo (Marco) de Monterrey, dirigido por Nina Zambrano y financiado en gran medida por Cemex, y el reciente Muros en Cuernavaca, cuyo financiamiento proviene de Costco y Comercial Mexicana, son instituciones que invierten en colecciones de arte contemporáneo.

Esperanzas hay en el nuevo Museo de Arte Contemporáneo de la UNAM, que buscaría tapar los huecos históricos del acervo público de arte.

Como dice López, y comparten otros como César Cervantes, “cuando los museos dejen de depender de políticas sexenales, entraremos en un patronato más activo”.

Tal vez haya que seguir el ejemplo de Guadalajara.

El llano está en llamas
La capital tapatía quiere arder y que sus fuegos se vean desde los centros del arte internacional. Amalgama a un número cada vez mayor de coleccionistas con proyectos cuya ambición haría sonrojar a muchos capitalinos. Colecciones como las de Aurelio López Rocha, Patrick Charpenell o José Noé Suro marcan una senda que muchos empiezan a seguir.

Ninguno de los tres se ha quedado en la mera compra: Charpenell es uno de los curadores (organizadores y conceptualizadores de exposiciones) más reconocidos del país. Es la mano que mece la cuna de la retrospectiva de Orozco en Bellas Artes o del proyecto para invitar a artistas a intervenir en el Jardín Botánico de Culiacán, a cargo de Agustín Coppel.

Suro comenzó hace años a invitar a artistas internacionales de renombre, como John Baldessari o Rikrit Tiravanija, a hacer proyectos en su empresa de cerámica, y Aurelio López Rocha es quien empuja con ahínco el proyecto, criticado por muchos, que traería a la superfranquicia internacional de arte contemporáneo, el Museo Guggenheim, a suelo tapatío, con una inversión no menor a 300 millones de dólares. Su apuesta: convertir a Guadalajara en eje del turismo cultural en el país.

“Sería mejor hacer una apuesta propia y no una importación”, apunta Charpenell, pero la derrama económica que generaría no es comparable a ningún otro proyecto: 205 millones durante los años de construcción de la obra ideada por Enrique Norten y unos 43 millones anuales por la operación del museo y el aumento de visitantes –800,000 al año–.

La apuesta que pide Charpenell ya está en camino. La Universidad de Guadalajara prepara otra sorpresa: abrir un nuevo museo, cuyo acervo vendrá del comodato de tres de las colecciones más importantes del país: las de Televisa, Aurelio López Rocha y Agustín Coppel, subdirector de grupo Coppel, con una colección de más de 800 piezas en Culiacán.

Sinaloa en el mapa
Coppel, grande y tímido, toma un capuchino tras otro en el Hotel W de la Ciudad de México. Su interés no es convertir su colección privada en corporativa, aunque reconoce los beneficios financieros. “Compré fotografías de Gabriel Orozco a unos 5,000 dólares, hace cuatro o cinco años, que hoy valen 10 veces más”, dice.

Admite que hoy el gran negocio está en el arte contemporáneo. “Damián o Fernando Ortega todavía son una excelente apuesta, pero hay que tener en cuenta que el arte es una inversión a largo plazo. Es una inversión de vida, lo importante es ser coherente y tener un proyecto”.

Se ve espantado por los precios que está adquiriendo el mercado. “La demanda es mucho mayor que la oferta y eso hace subir los precios de una manera escandalosa”. ¿Burbuja? Tal vez, pero “hoy hay un mayor número de coleccionistas, museos y ferias de más países que en el 91, cuando hubo crisis del mercado. Esto da mayores garantías de estabilidad”, advierte Samuel Keller.

Nos miran
Si, como dice Coppel, los precios están por los cielos y los artistas en alza, Damien Hirst es un buen ejemplo. El artista del grupo de los Young British Artists y ganador del Turner Prize en 1995, que se ha convertido en icono trasgresor y garante de precios elevados, inauguró en mayo una muestra en la galería de su amigo Hilario Galguera, que marcó un antes y un después en la escena mexicana.

Los ojos del mundo miraron hacia esa galería de la colonia San Rafael; lo más granado de la escena internacional estuvo unos días en la ciudad para la inauguración: desde Bono y Adam Clayton, de U2, hasta Ella Cisneros, Samuel Keller o Candy Coleman, directora de la galería Gagossian.Hay quien habla ya de la etapa mexicana de Hirst.

De las 28 piezas exhibidas en la exposición Towards the death of God, apenas tres aún no tienen dueño. Entre ellas, la triple crucifixión de tres carneros abiertos y conservados en un tanque de formol, cuyo valor alcanza los 10 millones de dólares. El único mexicano que compró una obra (La sangre de Cristo) fue Jorge Vergara, por algo más de 1 millón.

Éste ha sido el año en que la empresa estadounidense Art Quest, que organiza tours de patronos de museos por las capitales de arte del mundo, ha recalado en el país. Coleccionistas y curadores del Museo de Arte Moderno de San Francisco, el Tate de Londres o el Speed de Kentucky se han paseado por galerías, estudios de artistas y colecciones privadas. “Han superado el miedo a la inseguridad y están haciendo que se corra la voz de que México está caliente”, señala la encargada de Art Quest en México, Mireya Escalante.

El nombre de México resuena en los cocteles y bolsillos del arte contemporáneo internacional, aunque la opacidad y el secretismo del mercado no deje entrever las cifras. Movimiento hay. La fiebre de los muralistas, aunque viva y mucho, sobre todo en Monterrey, parece haber dejado espacio a la producción de hoy.

Eugenio López se frota las manos y pone cara de niño que se trae algo entre manos. Aparte de afianzar su presencia en Los Ángeles, siendo parte del consejo del MOCA, eso que soñaba de que el nombre de La Colección se esculpiera para la posteridad está más cerca: en 2007, Jumex dará nombre a una de las salas del New Museum of Contemporary Art de Nueva York. El mecenas mexicano llegó para quedarse en la meca del arte.

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