Red de talentos

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Eduardo Castañeda H.

Gregorio Cuevas es un biólogo poco común. No investiga especies en extinción ni busca genes extraños, más bien se dedica a las carreteras. Tras varios años descubrió un compactador de terracerías haciendo pruebas con la misma energía de las moléculas de la tierra. No es una máquina, sino bacterias que tienen funciones de aplanadora. Esto, que se incluye en el agua con el que se riegan los terrenos, ahorra tiempo para construir una carretera. "Con esto se usa sólo 40% de horas máquina y aumenta la resistencia del material utilizado", comenta Cuevas, académico del ITESO y quien dice haber captado la atención de la Secretaría de Desarrollo Urbano de Jalisco y la de Comunicaciones y Transporte de la Federación. Su compactador de terracerías, Biocompact, tiene más posibilidades de ser comprado ahora que hace un par de años, gracias a algo más que una red de contactos.

Desde febrero del año pasado, un cluster de biotecnología intenta vincular la necesidad de una empresa y la materia gris de los científicos escondidos en las universidades de Jalisco. La idea es aprovechar la capacidad que ya está instalada en la zona, en este caso Guadalajara. Esto incluye a los laboratorios y especialidades de las mismas universidades que participan: mercadotecnia, administración e incubadoras de empresas del ITESO o los laboratorios e investigadores de ciencia básica y tecnológica del Ciatej (Centro de Investigación y Asistencia en Tecnología y Diseño del Estado de Jalisco, dependiente del Conacyt). O farmaceúticas que radican en el estado, como Pfizer o Boehringer-Ingelheim Promeco. La idea es que surjan productos para la industria de la salud animal y humana y de la alimentación.

En diciembre pasado se sumaron cinco universidades (la de Guadalajara, la Panamericana, la del Valle de Atemajac, la Autónoma de Guadalajara y el ITESO) y pusieron en la mesa 24 proyectos de investigación (que cada claustro venía desarrollando con anterioridad) para que una docena de empresas apoyen el desarrollo de nuevos productos, la mayoría del sector veterinario-farmacéutico. El propio Cuevas es el coordinador general de lo que se batutizó como Biocluster de Occidente y dice haber levantado unos 145 MDP (del sector público y sector privado en partes iguales).

Con un doctorado en bioquímica aplicada en el Massachusetts Institute of Technology, Cuevas invirtió neuronas para desarrollar el producto cuya licencia ahora quiere rentar el gobierno canadiense. Eso le inspiró a unir esfuerzos bajo un esquema ‘virtual’ de cluster (no tiene sede física).

Pero la iniciativa tapatía no es la única. La Fundación Mexicana para la Salud (Funsalud) y el Consejo de Competitividad de EU con fondos provistos por Merck & Co. promueven el desarrollo de clusters vinculados con las ciencias de la vida en tres regiones del país (Monterrey, Guadalajara y DF). "La de Occidente, hoy, es la más adelantada", comenta Manuel H. Ruiz de Chávez, el director ejecutivo de Funsalud.

Por un lado, las universidades evitarían la fuga de talentos y podrían ponerle precio a sus investigaciones. "Por el biocluster pudimos comprar equipo y hacernos de infraestructura para investigar; llevo 30 años investigando, sólo ahora puedo ofrecer algo concreto y productivo", dice Alfonso Islas, director del departamento de biología molecular y celular en la Universidad de Guadalajara (UdeG). Por otro lado, las empresas podrían ampliar su oferta y reducir los costos de su desarrollo. "Al final esto beneficiaría al consumidor con precios más competitivos", afirma el director ejecutivo de Funsalud.

El Ciatej, por ejemplo, ya investiga vacunas aviares aprovechando la demanda potencial que existe en Jalisco, uno de los estados con mayor producción anual de pollos. "El mayor beneficio de esta red colaborativa será que nuestras líneas de investigación tendrán un impacto concreto en el sector productivo y en la sociedad", asegura Ricardo Cosío Ramírez, director adjunto de investigación y desarrollo del Ciatej.

Ya hay ejemplos de esta alianza. "El problema técnico lo resuelve el investigador; el del negocio, el empresario", señala Jorge Castro, director general de Lavet, un laboratorio tapatío que apadrinó un invento (véase recuadro).

Otros laboratorios también se están acercando. En diciembre pasado, tres farmacéuticas (que por cuestiones de confidencialidad aún no son públicos sus nombres) comenzaron a sondear la posibilidad de desarrollar nuevos mercados para sus productos mediante los servicios del ITESO, crear un medicamento reductor del colesterol a través del Ciatej y un desparasitario para bovinos con la UdeG.

Las metas son ambiciosas: cada año se deberá lograr transferir a las empresas cinco proyectos desarrollados en los laboratorios universitarios y, cada tres años, formar una nueva compañía incubada bajo el esquema del cluster.

La idea es que el Biocluster sea autosustentable: por cada proyecto que termine en un producto comercial esta entidad recibirá por la transferencia tecnológica entre 2 y 3% del monto acordado entre las empresas y las universidades.

La demanda para que el valor agregado se desarrolle en el país existe, pero no los incentivos (que van desde beneficios fiscales para destinar años en investigar un producto hasta la seguridad jurídica para patentarlo). Eso a pesar de que México es el mayor mercado farmacéutico de Latinoamérica. Cuevas, como el resto de los investigadores, esperan décadas para gritar ¡eureka! Paciencia les sobra.

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