El futuro de Pemex

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David Shields

Apenas comienza una nueva legislatura y ya se habla, una vez más, de la posibilidad de concretar una reforma energética. La tarea parece urgente, pero aún faltan consensos. Además, el momento político podría ser poco propicio. Las propuestas se centran ahora en la necesidad de cambios en Petróleos Mexicanos (Pemex), más que en el sector eléctrico. Se buscará –según sus promotores en el gobierno y en el Congreso– autonomía de gestión, un mejor gobierno corporativo para Pemex y una reforma fiscal-petrolera por la declinación de Cantarell y por la merma esperada de los ingresos correspondientes, así como una reforma jurídica de alcance constitucional que permita esquemas mixtos de inversión.

El desafío, cada día más impostergable para evitar una crisis de amplias repercusiones en el país, es separar a Pemex del trabajo de gobierno, dejándole sólo la labor de una empresa, y reinvertir en la propia industria las utilidades y los excedentes que obtiene la paraestatal. Recientemente, Luis Ramírez Corzo, su director general, hizo un llamado a favor de un nuevo régimen fiscal que permita deducir el costo de realizar los proyectos, gravando las utilidades de Pemex con 36 o 38%, en vez de gravar sus ingresos totales.

Tan sólo esta propuesta, en caso de ser aprobada, sería una revolución fiscal, ya que implica darle a la paraestatal casi el mismo trato impositivo que reciben otras empresas y reconocer que, con Cantarell disminuido, Pemex ya no podrá seguir siendo la vaca lechera del país. La idea de deducir el costo de los proyectos se fundamenta en que, con el trato fiscal actual, los proyectos de la petrolera no son rentables si el costo de producción es mayor a 6.50 dólares por barril. En Cantarell, ese costo es de 3.50 dólares, pero en Chicontepec y en aguas profundas, es de 12 dólares o más.

La autonomía de gestión significa, entre otras cosas, reducir las facultades que ejercen las entidades reguladoras dentro de Pemex. Es decir, las secretarías de la Función Pública, Hacienda, Energía, Medio Ambiente y otras dependencias. En su lugar, idealmente habría otro tipo de regulador del petróleo y el gas, hoy ausente.

Felipe Calderón, presidente electo, ha puesto énfasis en eso. “Hacen falta un regulador fuerte y una línea vertical de toma de decisiones del sector energético. En la actualidad, los directores de Pemex (y de las empresas eléctricas) dependen directamente del Presidente y cuando quieren se coordinan y cuando no, no. Deben depender del secretario de Energía directamente”, dijo a Expansión (14 de junio de 2006).

La creación de un regulador técnico autónomo con conocimientos especializados, similar al Directorado Noruego del Petróleo o la Agencia Nacional del Petróleo en Brasil, podría apoyar a la Secretaría de Energía en la realización de sus atribuciones de conducir la política energética, las cuales tiene pero no ejerce.

Actuamente, se percibe que la autoridad es Pemex y sólo Pemex. Un regulador también ayudaría a la paraestatal a resolver conflictos de interés entre sus funciones de creación de riqueza, contribución al erario público y operación eficiente y rentable.

Pero habría que rediseñar y fortalecer a la Secretaría de Energía, para que realmente sea rector y autoridad. Esto implica sacar a Pemex de la planeación de la industria petrolera. Cabe preguntar: en momentos en los que son tantas y tan urgentes las reformas requeridas y en los que Pemex ya arrastra pasivos por 64,000 MDD, ¿no es ingenuo pensar que el Congreso aprobaría la creación de un regulador así?

Pemex deberá informar al Congreso que los petroingresos van a disminuir en 2007 por la menor producción de petróleo esperada. “Hasta los directores de Pemex admiten que México será un importador neto de petróleo en unos años más; es un panorama horrible”, dijo públicamente un funcionario de Petrobras, la empresa nacional de Brasil, un país que ha caminado exitosamente en esa industria.

En cambio, en México los mitos, los tabúes y el simbolismo histórico dificultan el avance. Decía el filósofo André Gide: “El futuro estaría lleno de todos los porvenires si el pasado no proyectara ya en él su historia”. Agréguele la falta de una cultura petrolera en México y el hecho de que los funcionarios siempre intenten maquillar la verdad sobre el fracaso de la exploración, la falta de reposición de reservas y la pérdida de capacidades operativas en la empresa.

Ya hay muchas propuestas de reforma. En comisiones del Congreso hay iniciativas para dar autonomía a Pemex, bursatilizarla, incluir consejeros independientes en su consejo, modificar las leyes de obras y adquisiciones, gravar los yacimientos en forma diferenciada, combatir mercados ilícitos, abrir la distribución de combustibles y la explotación del gas natural no asociado al capital privado, entre otras. Pero el Congreso no las ha dictaminado y mucho menos aprobado. Ante el conflicto político actual y el pobre desempeño del Ejecutivo y del Legislativo en los últimos años, ¿ahora será diferente?

Se han planteado muchas ideas para una reforma de Pemex, pero hay un problema que ningún político se atreve a mencionar: la necesidad de reducir drásticamente la sobrepoblación laboral para converger con los índices de productividad del resto de la industria mundial. Pemex es la petrolera con mayor número de trabajadores en el mundo, con la excepción de las burocracias oficiales en Rusia y China. Durante el sexenio foxista, la plantilla aumentó de 130,000 a 145,000 trabajadores. Los mayores incrementos se dieron en el personal de confianza que goza de altos salarios.

Las erogaciones laborales por salud, vivienda, jubilaciones y pensiones son muy superiores a las de otras empresas. El monopolio sindical de las contrataciones, a través de una cláusula de exclusión que sólo beneficia a la cúpula sindical, es otro factor que ahorca a Pemex. No es posible creer que se aprobará la reforma energética en el corto plazo, después de seis años en que se platicó, pero nadie la supo definir, promover y consensuar. Parece que ni el Gobierno ni el Congreso son capaces de formular y aprobar una reforma de amplio alcance.

Para reformar Pemex se necesita un mejor ambiente político. Toca a la clase política restablecer nuestro entusiasmo y optimismo. Toca a los legisladores y al presidente electo, en particular, demostrar su capacidad de unir fuerzas y trabajar en una agenda sumamente compleja y difícil, como la que requieren Pemex y la industria energética del país.

Especialista en política energética.

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