Liderazgo esquivo

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Raúl Ferro / Montevideo

A Felipe Calderón no le acompañó la suerte en su gira latinoamericana, la primera internacional como presidente electo de México. La agenda interna en Sudamérica, con las elecciones brasileñas como telón de fondo y la coincidencia temporal con una visita del ex presidente español José María Aznar a algunos de los países de la región, le quitaron protagonismo en esa gira previa a asumir la Presidencia. Su estilo personal, tecnocrático y con poco carisma, contrastó con el de Vicente Fox cuando, hace seis años, se paseó por Latinoamérica con sus casi dos metros de estatura, sus botas vaqueras y el aura de haber sido el primer presidente ajeno al PRI.

La discreta gira y el bajo perfil de Calderón, sin embargo, no deben llamar a engaño. Es probable que el presidente electo no haya provocado grandes titulares de prensa. Desde el punto de vista de mercadeo, tampoco conquistó los corazones de las masas, pero los analistas apuntan a que su política exterior –para esta parte del mundo– podría ser menos ruidosa, pero más efectiva que la de Fox.

El muro de la unión
Con su gira latinoamericana, Calderón está camino a convertir en ritual lo iniciado por Fox hace seis años, cuando también eligió el sur del continente como primer rumbo de viaje como presidente electo. El primer país que visitó Fox tras su elección fue Chile. Esto no es gratuito ni caprichoso. “Al elegir Chile como destino para su primer viaje, Fox quiso subrayar que México es parte de Latinoamérica”, señala Patricio Navia, analista político chileno y profesor del centro de estudios para América Latina y el Caribe de la Universidad de Nueva York. “Con este viaje, Calderón intenta recuperar la política latinoamericana de Fox”, agrega.

La tarea no es del todo fácil desde el punto de vista de ganar la simpatía de la opinión pública. Mientras Fox se presentó como el primer presidente democrático tras siete décadas de gobiernos priístas, Calderón llega a Sudamérica con el estigma de una polémica elección y sobre la que sobrevuela, para algunos sectores, el nubarrón de la duda. Esto en un momento en que la izquierda goza de una suerte de revival en la región. De hecho, en Brasil Calderón fue recibido con protestas por parte de manifestantes de izquierda que simpatizan con su ex contrincante, Andrés Manuel López Obrador.

El presidente electo, sin embargo, ha podido encontrar un símbolo unificador en su discurso con el cual ganar parte del corazón de la izquierda gobernante en esta parte del mundo: su rotundo rechazo al muro que el presidente estadounidense George W. Bush quiere erigir en la frontera entre EU y México. Su oposición a esta medida lo hace aparecer a escena como el líder que, si bien mantiene estrechas relaciones con su vecino del norte, conserva un sano criterio de independencia.

La oposición de Calderón al muro tiene un simbolismo similar al rechazo de Fox a la invasión de EU a Irak, cuando México ocupaba un asiento en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La oposición al muro fue el punto central del discurso en cada país que Calderón recorrió a inicios de octubre. “La búsqueda de apoyo regional contra la construcción del muro fronterizo muestra una posición de independencia que debe ser respaldada por Brasil”, dice Luis Fernando Eyerbe, profesor del posgrado en relaciones internacionales de la Universidade Estadual Paulista y miembro del Observatorio de las Relaciones EU-América Latina.

El factor vital
Felipe Calderón, sin embargo, no se limitó a un ejercicio de relaciones públicas. Estableció las primeras bases para que México recupere el protagonismo perdido en los últimos años en Latinoamérica y promueva sinergias en la solución de problemáticas comunes. Las peleas retóricas de Fox con algunos líderes sudamericanos y su cerrada defensa del ALCA impulsado por Bush, lejos de generar entusiasmos, provocaba rechazo en las economías más grandes de la región, como Brasil y Argentina.

La tarea para Calderón en Centroamérica es mucho más sencilla que en Sudamérica. Por un lado, la influencia económica y cultural de México en el istmo es evidente. Por otro, hay una clara convergencia en estrategia comercial como lo demuestra la negociación del Tratado de Libre Comercio de Centroamérica, alineado con la visión del ALCA impulsada por Bush y apoyada por Fox. Otro punto en común es el de la inmigración.

Pero donde la diplomacia deberá traducirse en hechos es en el sector de energía. México es clave en el proyecto de interconexión eléctrica centroamericana. Una vez concluido se conectará con los sistemas de Colombia y Venezuela, creando un anillo energético que enlazará el norte de Latinoamérica. México tiene también un papel relevante en la refinería centroamericana de petróleo, un proyecto que, de concretarse, demandará una inversión de 6,500 MDD; y asimismo existe el proyecto para construir un gasoducto que uniría México con Colombia y Venezuela a través del istmo centroamericano.

En Sudamérica, la tarea de Calderón es distinta. En el área andina, su empatía con las políticas del presidente colombiano Álvaro Uribe y las buenas relaciones que ambos líderes mantienen con Estados Unidos los ponen en el mismo lado de la trinchera. De hecho, antes de su gira, Calderón señaló que estaba interesado en analizar la estrategia organizada por Uribe para combatir el narcotráfico y la delincuencia organizada. Un presidente (Uribe) “que ha tenido claroscuros como cualquiera, pero al final ha sido bien percibido por la población”, dijo públicamente.

Lo mismo puede decirse en el caso del Perú, donde México es percibido como un ‘cuate’, con el que nunca se han generado fricciones significativas. Incluso “la fuerte inversión mexicana registrada en los últimos años ha sido bien recibida”, menciona Gonzalo Díaz, miembro de la Cámara de Comercio Peruano Mexicana. A mediados de este año, la inversión mexicana acumulada en Perú sumaba unos 2,700 millones de dólares. A la cabeza de esos montos están Grupo México, que controla una de las mayores productoras de cobre del país, y Telmex y su filial de telefonía celular América Móvil (Claro).

Por su lado, las relaciones con Chile también son coser y cantar. Ambos países mantienen un tratado de libre comercio desde hace más de 10 años que ha sido ampliado recientemente a una alianza estratégica.

El síndrome Brasil
Hacia el lado del Atlántico, sin embargo, el panorama se pone más difícil para los proyectos diplomáticos de Calderón. Por ejemplo, en Argentina. La relación entre el presidente Néstor Kirchner y Fox quedó dañada después de la cumbre de Mar del Plata en noviembre del año pasado, en la que ambos presidentes se enfrentaron a través de los medios de comunicación. Fox defendió en esa cumbre el ALCA; Kirchner y Chávez propugnaban el fortalecimiento de Mercosur como alternativa al área de libre comercio continental.

El mandatario argentino parece querer componer las cosas. La escala de Calderón en Buenos Aires fue incluida en la gira por interés de Argentina, según declaraciones del embajador argentino en México, Jorge Raúl Yoma.

Pero el centro de la estrategia latinoamericana de Calderón debe pasar por Brasil, la única economía que se mide cara a cara con la mexicana. A diferencia de los roces con Kirchner, Fox y Lula mantienen una vieja y buena relación. “Tiene sus raíces en los encuentros que Jorge Castañeda y el intelectual brasileño Roberto Mangabeira Unger organizaron durante 1996 y 1997 entre líderes de centro izquierda latinoamericanos”, recuerda Clovis Rossi, columnista del diario Folha de Sao Paulo y uno de los más importantes analistas políticos de Brasil.

Pero esa amistad no derivó en relaciones más cercanas entre países. “El gobierno brasileño prioriza a Sudamérica y a México se le percibe como estrechamente vinculado y asumido como parte de la integración de Norteamérica”, señala Eyerbe, de la Universidade Estadual Paulista.

México, en todo caso, es un gran desconocido para la masa brasileña. “Para el de a pie, México es Cancún”, dice Rossi. Esto a pesar de las fuertes y notorias inversiones mexicanas en Brasil, unos 8,000 MDD. Salvo Jugos del Valle, que sí es identificada como firma mexicana, el resto, que incluyen la mayor operadora de telefonía de larga distancia en el país, Embratel, y la segunda en telefonía celular, Claro (ambas propiedad de Slim), no son percibidas como mexicanas. Lo mismo sucede con la cadena hotelera Caesar’s Park, propiedad de Grupo Posadas. Y con Femsa, que recientemente compró la marca de cerveza Kaiser.

Brasil, definitivamente, se planta como el principal obstáculo para que México se proyecte como líder regional. En primer lugar, México para los brasileños es un destino turístico pero con connotación negativa. “Exige visa a los turistas brasileños”, apunta Rossi. “Fox prometió eliminarla. Es percibida como una barrera impuesta por EU y, en esas condiciones, difícilmente en Brasil se ve a México como un país que promueve la integración”.

Y es en Brasil donde ven con más escepticismo el eventual ingreso mexicano al Mercosur. Eyerbe cree que la visión mexicana va en contra del rumbo de fortalecimiento sudamericano que ha tomado el bloque. “No creo que se le diga no a México, pero es difícil que se dé una definición, principalmente si se percibe una continuidad del acercamiento a EU”, señala.

¿Cómo se definirán las relaciones entre México y Sudamérica bajo Calderón? Más que la búsqueda de un liderazgo, apuntará a aumentar su influencia en la subregión. “Calderón puede ser un tecnócrata con menos carisma que Fox, pero sabe más de política sudamericana que el actual presidente mexicano. Fox le entregó la política exterior a Jorge Castañeda. Calderón se va a meter más personalmente”, pronostica Navia, de la Universidad de Nueva York.

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