El populismo latinoamericano

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Raúl Ferro / Santiago, Lima y Montevideo

Felipe Calderón llegó a Los Pinos en minoría. Y eso no se refiere a la situación interna mexicana. Como político de centro-derecha, el presidente de México es minoría en el nuevo contexto latinoamericano. En diciembre se cerró un periodo electoral que incluyó 12 comicios presidenciales en Latinoamérica y confirmó la muy comentada opción a la izquierda que comenzaron a tomar los votantes de la región en esta década.

Según Adrián Bonilla, director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en Ecuador, tras este ciclo electoral, 67% de la economía latinoamericana y 75% de su población han quedado bajo gobiernos que se califican como de izquierda. Esto, claro, técnicamente hablando. Pero a la hora de hilar más fino, la lectura del mapa político latinoamericano es bastante más compleja. En la región hoy se ha consolidado una corriente populista que llega al poder con un discurso que rompe con los partidos políticos y las elites tradicionales. Esa tendencia incluye a líderes de derecha, como el reelecto presidente colombiano Álvaro Uribe, y de izquierda, el venezolano Hugo Chávez, quien, según las encuestas disponibles al cierre de esta edición, triunfaría en los comicios de este mes en su país.

Estos gobiernos populistas conviven con presidentes surgidos en entornos de mayor institucionalidad. Según Bonilla, en el último año fueron elegidos (o eran favoritos en encuestas) dos presidentes de centro-derecha, Calderón, en México, y Óscar Arias, en Costa Rica; dos presidentes de centro-izquierda, Michelle Bachelet, en Chile, y Lula, en Brasil; cuatro de izquierda, Chávez, en Venezuela; Evo Morales, en Bolivia; Daniel Ortega, en Nicaragua, y Rafael Correa, en Ecuador; y dos de derecha, Uribe, en Colombia, y Alan García, en Perú.

Pero también es importante considerar la lista de los perdedores. Luego del triunfo de Evo Morales en Bolivia, en diciembre de 2005, a principios de este año, en Perú, el militar nacionalista Ollanta Humala se puso a la cabeza de las encuestas, y en México, AMLO registraba una marcada ventaja. Los analistas comenzaron a encender luces amarillas: el populismo nacionalista y estatista cercano a la línea de pensamiento de Chávez parecía arreciar en Latinoamérica. Un año y 10 elecciones después, está claro que el proyecto bolivariano del presidente venezolano se ha desinflado, lo que insinúa, en principio, más estabilidad en las relaciones hemisféricas.

Éstas son buenas noticias para Washington, donde el resultado de este ciclo electoral latinoamericano ha sido tomado con alivio, según Peter Hakim, presidente de Diálogo Interamericano, centro de análisis político sobre asuntos del hemisferio occidental, con sede en Washington DC. Lo son también para Felipe Calderón, entre otras cosas porque significa que los reclamos de fraude de López Obrador no tendrán demasiado eco en la región.

¿Derecha? ¿izquierda?
En este panorama, las etiquetas de izquierda o derecha han perdido significación. Para Susan Kaufman Purcell, directora del centro de política hemisférica de la Universidad de Miami, la principal diferencia en la región se da entre gobiernos que respetan la democracia representativa y el libre comercio y gobiernos que no lo hacen.

“La pregunta es si estamos ante populistas al estilo de Hugo Chávez o Evo Morales, del tipo caudillista autoritario, donde el riesgo es que usen las reglas democráticas para debilitar el sistema democrático”. A la vista de los resultados electorales, la corriente chavista claramente se ha debilitado, dice Kaufman. “Incluso en el caso de Daniel Ortega, en Nicaragua, todavía hay que ver qué camino toma”. Ortega moderó su discurso en estas elecciones presidenciales, no obstante contar con el apoyo explícito del gobierno de Venezuela.

El ex presidente socialdemócrata uruguayo Julio María Sanguinetti también pone en entredicho la rotulación ideológica tradicional. “Antes, la izquierda hablaba de no pagar la deuda externa; hoy, habla de pagar cuanto antes para liberarse del Fondo Monetario Internacional”. De hecho, en los últimos años, tanto Brasil como Argentina pagaron con antelación financiamientos del FMI, y Uruguay, gobernado por el izquierdista Tabaré Vázquez, se prepara para hacer lo mismo.

Un ejemplo extremo es Brasil, donde Lula ha sido catalogado como conservador no sólo por sus contrincantes de izquierda, sino también por miembros del establishment empresarial, como Olavo Setúbal, patriarca del Grupo Itaú, uno de los conglomerados financieros más importantes de ese país. Clovis Rossi, columnista del diario Folha de Sao Paulo, lo resume en números: entre enero de 2003 y junio de 2006, el gobierno de Lula destinó 242,700 millones de dólares al pago de los tenedores de bonos del gobierno y 13,800 millones de dólares al programa Bolsa Familia, que favorece a los brasileños más pobres.

Una de las consecuencias de la ola populista latinoamericana que marcará las relaciones hemisféricas en los próximos años es su sentido contrario a la integración. El populismo, por definición, se centra principalmente en atender el mercado interno, lo que lo hace poco compatible con las visiones de integración que dominaron la década pasada. “La desarticulación del Mercosur y el debilitamiento de la Comunidad Andina de Naciones, con la salida de Venezuela, son buenos ejemplos de esto”, dice Peter Hakim, de Diálogo Interamericano.

Lo mismo puede decirse del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, un proyecto muerto que sólo está en espera de su funeral, pues en muchos casos ya ha sido sustituido por algunos acuerdos bilaterales.

¡Energía, energía!
Un caso particularmente significativo de la crisis del modelo de integración de los 90 es el de la energía. Mientras en la década pasada se dieron pasos importantes hacia redes y mercados energéticos integrados, el proceso comenzó a dificultarse en los últimos años.

En los 90, por ejemplo, Argentina y Bolivia se convirtieron en importantes abastecedores de gas natural para Chile y Brasil, respectivamente. Estos últimos países hicieron cambios relevantes en sus matrices energéticas incorporando el gas que les venden sus vecinos. Pero la política de tarifas controladas en Argentina –que ha desincentivado la inversión en exploración, desarrollo y transporte de hidrocarburos y, por tanto, los volúmenes disponibles para exportación– impuesta tras la megacrisis de 2001, y la revisión de los contratos con Brasil impulsada por la postura nacionalista de Evo Morales en Bolivia, han hecho trizas el referido modelo integrador.

Ante los incumplimientos argentinos de entrega, Chile está invirtiendo cientos de millones de dólares en una planta de regasificación para importar gas natural de Indonesia, mientras que Brasil se ha propuesto alcanzar el autoabastecimiento en el mediano plazo. “Estamos ante un escenario de relaciones bilaterales, de interconexión que requiere sólo la coordinación de regulaciones nacionales y planeación del despacho. Un esquema de integración requiere una política energética común y reglas supranacionales”, señala Fernando Sánchez Albavera, director de la División de Recursos Naturales e Infraestructura de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

Parte del marco ha sido también la tendencia que se registra en el mundo hacia un mayor nacionalismo petrolero. Según Daniel Morón, senior manager de la consultora Arthur D. Little, tras una franca apertura al sector privado en las décadas de los 80 y 90, en los últimos años hemos visto un claro cambio de tendencia en todo el mundo. Ejemplos de ello –dice Morón– son la creación de una nueva empresa de energía estatal en Argentina (Enarsa), la nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia, el endurecimiento de los contratos en Venezuela y la intensificación del debate político en México sobre la participación privada en los hidrocarburos.

Los números son dramáticos. Según Mauricio Garrón, Director de Estrategias y Proyectos de la Organización Latinoamericana de Energía (Olade), la diferencia económica entre un escenario de integración energética plena en Latinoamérica y otro de baja integración es equivalente a 1% del PIB de la región. “Para el periodo 2003-2018, una plena integración en gas natural traería beneficios por 90,000 MDD en total y una plena integración eléctrica 15,000 MDD”, dice.

El proceso de integración energética camina mucho mejor al norte de la región, lo que involucra directamente a México. El mercado eléctrico centroamericano, con la construcción de la línea de transmisión integrada y un marco regulatorio supranacional ya definido, está cerca de convertirse en realidad. Y además hay planes para interconectarlo al sistema mexicano por el norte y al sistema andino, a través de Colombia, por el sur.

La involución de la integración energética latinoamericana es buen ejemplo de por dónde irán las relaciones hemisféricas. “La integración tiene límites reales”, dice Hakim. La consolidación de modelos populistas más preocupados de sus audiencias internas y el debilitamiento del modelo de Chávez más allá de Venezuela (que ha disipado el riesgo de polarización en los países latinoamericanos) indican que en los próximos años las relaciones bilaterales serán más importantes que las multilaterales.

En este escenario, Hakim dice que es importante que México y Brasil, las dos economías más grandes de la región, redoblen esfuerzos por entenderse, lo que hasta ahora no ha sucedido. La buena noticia para Felipe Calderón es que no necesita embarcarse en una competencia continental de liderazgo. Pero sí tendrá que reforzar las relaciones bilaterales con los países de la región, poco cultivadas en los últimos años a pesar de la mayor exposición de las empresas mexicanas en Latinoamérica. México lo intentó hace unos años, especialmente con Brasil, durante la gestión de Jorge Castañeda como canciller, pero después las relaciones se descuidaron. Es hora de reconstruirlas.

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