El sueño de Zaga

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Gardenia Mendoza Aguilar

Los ojos de Carla Hills se abrieron desmesuradamente. “¡Si no quitan los aranceles, no hay Tratado de Libre Comercio, ni nada!”, gritaba en inglés el furibundo empresario textil Mayer Zaga, mientras daba manotazos sobre la mesa en la que se negociaba el capítulo textil del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Era el año de 1989. El entonces secretario de Comercio, Jaime Serra Puche, había pedido al dueño de Grupo Industrial Zaga y de la marca de lencería Vicky Form que le ayudara a ‘ablandar’ la postura de los negociadores estadounidenses que encabezaba Hills y que estaban obstinados en mantener intacta su estructura arancelaria en el sector textil, mientras México pedía su remoción.

El plan, y quizá más el manotazo, funcionó. Luego de abandonar la sala durante 15 minutos, Carla Hills regresó con cara de resignación a la mesa y dijo: “Vamos a quitar las cuotas como quieren ustedes”. Mayer sonrió, moviendo hacia arriba el extremo derecho de los labios, en un gesto muy de él cuando se muestra irónico. Estaba en su mejor momento. “Tengo una copia de aquel documento. Está en mi oficina como un trofeo”, relata Zaga.

Desde entonces, el empresario se inscribió como uno de los primeros ganadores del TLCAN y de otros tratados comerciales que vinieron después. Zaga (quien recientemente abrió varias tiendas en países de Europa del Este) obtuvo desde entonces mejores condiciones para impulsar las siete empresas que ahora conforman su grupo: Vicky Form (ropa interior), Thalía y Zamael (trusas para caballeros marca Zaga y maquila), Zagis (hilados, algunos de ellos usados en la construcción de yates y veleros), Gizatex Elásticos (tela), Gizatex Punto (cintas rígidas para colchones y maletas) y Goflex (elásticos para ropa interior).

“No cotizo en la Bolsa, no tengo obligación de dar a conocer mi facturación”, dice a Expansión en tono áspero, el estilo que le ha dado fama de hombre de poca paciencia y mucho trabajo pero, sobre todo, de empresario agresivo para impulsar sus negocios.

Ahora sus sueños están más cerca de la agricultura de alta tecnología que de los negocios textiles, aunque no descarta vestir con lencería a las mujeres chinas. “Estoy seguro de que lo lograremos”, afirma.

Actualmente el crecimiento de su grupo industrial es de 10% anual. La empresa Zagis, por ejemplo, en 2000 producía 60,000 pacas anuales de hilo. En 2006 la producción fue de un millón de pacas; es decir, 35 millones de kilogramos que alcanzarían para enredar ocho veces el globo terráqueo.

Pero no todo es maravilloso. En agosto de este año, Mayer Zaga vio frustradas sus aspiraciones a presidir de 2006 a 2008 la Confederación de Cámaras de Industriales (Concamin).

Zaga no llegó al final de la contienda en la que también participaban otros cuatro industriales. La filtración de documentos que lo involucraban en la invasión de terrenos de un área natural protegida en Hidalgo lo obligó a dimitir (como en los viejos tiempos priístas) para favorecer la ‘candidatura de unidad’, que recayó en el también textilero Ismael Plascencia, de acuerdo con el analista Alberto Barranco.

En ese entonces, el industrial textilero declaró a los medios que Plascencia tenía las mismas propuestas que él para hacer crecer a la industria. Asimiló su derrota de igual manera que digirió la victoria en las negociaciones del TLCAN: sacando provecho. En la cúpula industrial se quedó con 12 representaciones.

“La mejor época de Zaga como activista empresarial fue hace años, cuando estaba apuntalado por los gobiernos priístas; perdió fuerza con la llegada de Vicente Fox a la Presidencia de México. En cambio, Ismael Plascencia (quien al final fue elegido presidente de la Concamin) era bien visto por los panistas”, afirma Barranco.

-¿Le gustaría participar en algún momento en la política?, se le pregunta a Mayer Zaga.
-No es mi momento. Ahora debo luchar por las industrias mexicanas para que ya no se cierren más negocios y se creen nuevas empresas.
-¿Y más adelante?
-Uno no es dueño de su destino. Tenemos que ir caminando por la vida y luchando. Lo que viene después, es producto de ese esfuerzo.

El nacimiento de un emporio
Todo partió de cero, cuando Zaga, nieto de inmigrantes sirios de origen sefardí (religión judía y raza árabe), recorría a los ocho años las calles del centro de la Ciudad de México intentado convencer a posibles clientes para que visitaran la zapatería de la familia.

En 1964, ante la saturación del mercado del calzado, los Zaga cambiaron de giro con la Fábrica de Fajas Vicky. Trece años más tarde inició la instalación del resto de las empresas de Grupo Zaga con plantas de hilado, tejido de punto, acabado de telas, confección, cintas y elásticos.

A través de Zamael, empresa que inició operaciones en 1987, se lanzó a maquilar a firmas extranjeras, como Adidas, Fila, Carrefour, Joe Boxer, Ithaca, Stone, Tommy Hilfiger, Catalina Winner, y a tiendas departamentales como Comercial Mexicana, Casa Ley, Dorians, Coppel, Gigante, ISSSTE e IMSS.

Durante algunos lustros, Zaga confeccionó prendas interiores para la compañía estadounidense Victoria Secret’s mientras perfeccionaba sus propios diseños en Vicky Form; actualmente, la empresa hermana Zamael es la encargada de maquilar para otras firmas: produce más de un millón de prendas de lencería fina y de bajo costo.

Vicky Form se consolidó en México en 1994 por medio de una campaña con carteles publicitarios de lenguaje sexual implícito como “Más vale pájaro en mano…” y “Si como lo mueve lo bate…”, dirigida a mujeres modernas, ejecutivas, liberales, una clientela diferente a su mercado clásico de lencería barata al que estuvo enfocado durante 30 años.

Actualmente hay 200 tiendas de venta al menudeo para Vicky Form (el costo de una franquicia es de unos 385,000 pesos) y otro tanto de distribuidoras que surten a 120,000 vendedoras por catálogo.

Pero Mayer Zaga minimiza su éxito con un consejo de hombre de 69 años que ha vivido 43 con su esposa y madre de sus cuatro hijos: “El secreto de la ropa interior es saber quitársela a la mujer”.

Como sea, es su costumbre aconsejar e imponer sus experiencias a colaboradores, amigos y conocidos. José Zaga (un sobrino que a sus 24 años dirige el área de Comercialización Internacional de Vicky Form) tuvo su primer empleo a los 13 como cargador de rollos de tela en la compañía. “Mi tío sostiene que se debe crecer desde abajo para aprender cómo hacer las cosas... y saca ventaja de conocer cada proceso de la producción”, explica José.

Mayer fue incorporando al negocio a sus hijos, a la misma edad de José, cortaban ajustadores, los clasificaban y revisaban imperfecciones por un sueldo de 20 pesos diarios. Ahora ellos dirigen las divisiones del Grupo con la misma habilidad que su padre.

La conexión americana
Gracias a la apertura comercial a través del TLCAN, Mayer Zaga consiguió como aliados a los textileros estadounidenses que, después del manotazo a Hills, lo vieron como una pieza clave para expandirse en México más que un rival en el mercado estadounidense.

En el año 2000, Dick Williams, presidente de la compañía Dan River, y Zaga hicieron una coinversión en la industria textil y de la confección en el corredor industrial Jilotepec-Tulancingo, con una planta laboral de 3,500 personas y una inversión de 100 millones de dólares. Dos años después, junto con Moore Company, Zaga creó Goflex, otra empresa de elásticos para ropa íntima.

Éstas y otras alianzas impulsaron a Grupo Zaga a exportar a Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, y lo llevaron a ser considerado el consorcio textil más importante de México. Es un título sin datos duros porque las cifras sobre el dinero que mueve en sus negocios es uno de los secretos mejor guardados por Mayer.

El otro lado de la tela
La consolidación de los negocios textiles ha permitido a Mayer ampliar sus intereses a otros sectores: es dueño de una escuela preparatoria con especialidades tecnológicas, cuyo plan de estudio fue diseñado de acuerdo con las necesidades de sus empresas y de las de su socio, Claudio X. González, hijo del empresario que preside el consejo de administración de Kimberly-Clark de México.

En electrónica, tiene una patente de rocolas; en la industria editorial, es dueño de la revista Kena; en el transporte, comercializa con frigoríficos, y en la agricultura es socio de empresarios holandeses que desarrollan el invernadero de alta tecnología Agro Park-High Tech Greenhouse Cluster, en Querétaro.

“La agricultura es ahora mi pasatiempo favorito”, comenta Mayer, que también puede dedicar una tarde a escuchar a cantantes de boleros como Marco Antonio Muñiz y a salseros antillanos como Adalberto Álvarez o a releer Aura, de Carlos Fuentes.

Hace unos años no podía darse esos lujos. Su tiempo libre lo invertía en estrechar relaciones con el gobierno. En marzo de 2000, encabezó la comitiva de empresarios que acompañaron al entonces presidente Ernesto Zedillo a Jerusalén, la ciudad israelí donde se suscribiría el TLC de México con esa nación.

Cinco días después, estaba en las tribunas del Senado de la República, en una labor de convencimiento para desgravar aranceles a la Unión Europea en el marco de las negociaciones por un TLC Europa- México que permitiría duplicar en seis años los 45 millones de dólares de exportaciones de la industria textil nacional hacia el viejo continente.

Zaga también ha sido un intenso promotor de la empresa mexicana frente al gobierno: presidió la Asociación de Industriales de Tepeji del Río, la Cámara Nacional de la Industria Textil (Canaintex), la Cámara México-Israel de Comercio e Industria y el Consejo Mexicano del Algodón.

¿A qué más puede aspirar Zaga? A un proyecto de largo plazo: seguir vistiendo a los mexicanos “hasta que no haya ni un solo descamisado”.

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