Teórico, polémico, riguroso

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José Manuel Suárez Mier

El pasado 16 de noviembre murió Milton Friedman, uno de los economistas más influyentes del siglo XX. Desde una perspectiva histórica, resultan notables los logros que consiguió, con un puñado de colegas de la Universidad de Chicago, al evolucionar de manera radical el análisis económico y las políticas públicas consecuentes.

Cuando llegué a Chicago, en 1971, para estudiar el doctorado en Economía, el consenso profesional era de una fe ciega en las enseñanzas de otro gran economista, John Maynard Keynes, a quien se le atribuía, con cierta exageración por cierto, proponer el uso de gasto público deficitario y la intervención del gobierno para alentar mayor crecimiento económico y empleo.

En ese entonces estaban en boga los modelos económicos que proponían la planeación económica centralizada y la posesión estatal de los ‘medios de producción’, como en la Unión Soviética, o la planeación ‘indicativa’ y una fuerte intervención de los gobiernos en la economía, como en países de Europa occidental con regímenes socialdemócratas.

En ese marco, se veía como una aberración arcaica que la Escuela de Chicago impugnara la supremacía del Estado en la economía, defendiera la libertad individual y la acción de los mercados sin intromisión gubernamental como el ideal para que la sociedad progresara y generara riqueza.

La contribución de Friedman a restaurar la fe del grueso de los economistas en las virtudes de los mercados en lugar de la intervención gubernamental mezcló un trabajo teórico y empírico de gran rigor y una enorme habilidad para promover sus ideas a nivel popular mediante intensos debates, conferencias, artículos periodísticos y hasta una exitosa serie para la televisión pública.

Lo que le dio el Nobel
Las tres aportaciones que, a juicio del Banco Central de Suecia, le merecieron el Premio Nobel de 1976 fueron:

El análisis del consumo. Friedman demostró que la gente no gasta en función del ingreso que está recibiendo en un momento dado sino en relación con lo que él llamó su ingreso permanente, que es el que cada quien cree que va a obtener a lo largo de su vida. La implicación de este hallazgo es qué cambios en el gasto público tienen un impacto menor al que se pensaba en el comportamiento de los consumidores, situación que resta efectividad a una política fiscal como la que proponen los keynesianos.

Teoría e historia monetaria. Sus trabajos demostraron la importancia crucial que tiene la política monetaria en contraste con el énfasis keynesiano en la política fiscal, y cómo una política monetaria equivocada puede causar gravísimos perjuicios. En la Historia monetaria de EU, que escribió con Anna Schwartz, prueba que la Gran Depresión fue causada porque el Sistema de la Reserva Federal dejó caer la cantidad de dinero en circulación estrepitosamente, lo que generó un círculo vicioso que condujo a la quiebra de bancos y al colapso del consumo.

Inflación y desempleo. Friedman demolió el concepto de que una mayor inflación es no sólo aceptable sino bienvenida porque permite reducir el desempleo y alienta un más rápido crecimiento de la economía. Demostró que de haber una relación causal y opuesta entre inflación y desempleo, ésta existiría sólo en el muy corto plazo y en cuanto se ajustaran las expectativas de la gente se regresaría a un nivel de desempleo como el previo o incluso más elevado. La ratificación de que Friedman tuvo razón vino con la experiencia de los años 70, después de que el embargo petrolero de la OPEP elevara el precio de los hidrocarburos en forma acelerada, lo que condujo a que coexistieran una inflación creciente con mayor desempleo y estancamiento de la economía, fenómeno al que se bautizó con el nombre de estanflación.

Otro aspecto en el que Friedman sobresalió fue su cruzada personal y política en defensa de la libertad y contra el totalitarismo y la dictadura de cualquier signo ideológico. En una época en la que en los círculos intelectuales era políticamente incorrecto atacar el colectivismo en cualquiera de sus manifestaciones, él emprendió una campaña permanente en favor del libre albedrío, de los derechos humanos y de la propiedad privada.

Admiración u odio
Ser un verdadero liberal en el sentido clásico, hizo que Friedman entrara en conflicto con conservadores, que adoraban muchas de sus ideas, como acotar la intervención del Estado en la economía a un mínimo, pero no así otras, como su mortal crítica a la ‘guerra contra las drogas’ que él definió como un subsidio al crimen organizado.

¿Qué proponía al respecto? Legalizar su uso, con lo que se le daría un golpe de muerte a los narcotraficantes y sus cárteles. Ponerles impuestos, regular su uso y dedicar parte de los enormes recursos que hoy se desperdician en combatir el narco con acciones policiacas, a programas de salud pública que familiaricen a la gente con los peligros de usarlas. Sabía, sin embargo, que su propuesta resultaba políticamente inaceptable.

El éxito del que estaba más orgulloso Friedman, por las propuestas que logró hacer realidad, fue la eliminación del reclutamiento forzoso de jóvenes seleccionados al azar para las fuerzas armadas. Creía que la conscripción obligatoria, que se eliminó en Estados Unidos en 1973, era equivalente a la esclavitud al imponer a los reclutados servir sin tener en cuenta su voluntad al respecto, e imponía elevados costos a la sociedad.

En los 35 años que conocí a Milton Friedman, fui testigo de la bonhomía que lo caracterizaba en la relación con sus alumnos, colegas y hasta sus adversarios, y del gran sentido del humor que usaba con gran efectividad en sus frecuentes debates. Le encantaba discutir y era evidente que gozaba mucho dar clases. Sus cátedras eran rigurosas pero también divertidas y nunca, que yo recuerde, hizo sentir mal a algún alumno por preguntar una tontería, como otros maestros.

A pesar de ser una celebridad desde muchos años antes de ser distinguido con el Premio Nobel, en 1976, iba a sus clases sin falta y atendía a sus alumnos con la diligencia de quien no tiene nada mejor que hacer. Cuando estaba en Chicago, asistía al Seminario de Moneda y Banca donde se discutían temas monetarios y financieros y se refinaban las tesis doctorales de quienes habían escogido esos tópicos. Las críticas de Friedman solían ser devastadoras pero siempre amables, útiles y constructivas.

Un asunto que resultó muy controvertido y le generó serios ataques a Friedman fue su visita a Chile, en 1975. Un sinnúmero de detractores lo criticaron por avalar con su presencia el régimen militar de Augusto Pinochet. Lo menos que dijeron de ese viaje fue que había una inconsecuencia entre sustentar una adhesión inequívoca a la libertad y patrocinar, al mismo tiempo, a un gobierno dictatorial. Durante la siguiente década, el economista enfrentó protestas en sus apariciones públicas en todas partes del mundo.

Él respondió que había sido invitado a Chile por una fundación privada, para dar consejo sobre cómo atacar el problema de inflación, en lo que no veía nada reprobable. Señaló que le llamaba la atención que viajes similares a la Unión Soviética, Yugoslavia y la República Popular China, con regímenes igualmente dictatoriales, no hubieran generado una reacción similar a la que causó su estancia en Chile, lo que mostraba el claro sesgo ideológico de sus críticos.

En última instancia, lo ocurrido más adelante en Chile corroboró una de las tesis de Milton Friedman: un sistema económico liberal, como el que adoptaron sus ex alumnos de Chicago, es incompatible con un régimen político autoritario y tarde o temprano conduce a la restauración de la democracia, como pasó en 1990 en el país sudamericano.

Milton Friedman siempre confió en el poder de las ideas, aunque a veces se equivocó. Él pensaba, por ejemplo, que bajar los impuestos obligaría al gobierno de EU a restringir su gasto (“hay que hambrear a la bestia”, solía decir) y no ha sido así. De la misma manera, su fe en el método para privatizar empresas en la Unión Soviética fue exagerada a la luz de sus resultados. Pero su ‘promedio de bateo’ en el impulso de ideas polémicas que a la larga resultaron correctas fue notable.

La última vez que estuve con él, en marzo, le pregunté qué cambiaría si tuviera la oportunidad de reescribir su texto Price Theory. Me dijo que seguramente agregaría nuevos elementos que han surgido en la profesión, como la Teoría de Juegos, pero que no cambiaría más nada. Ello representa un contraste notable con otros textos reeditados y que han dado vuelcos radicales, como el de Paul Samuelson.

Friedman siempre supo distinguir entre lo efímero y lo permanente. Por sus aportaciones, el mundo es hoy más libre y más próspero. ¡Gracias, maestro!

Profesor de Economía en la American University de Washington.
opinion@expansion.com.mx

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