Es la economía, AMLO

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Salvador Camarena

“Por tu culpa vamos a perder, por lo de manos limpias y por los spots de Valle de Bravo”, espetó Rafael Giménez a Francisco Ortiz. En esa ocasión el publicista estuvo a punto de responder a golpes las críticas del encuestador de Arcop y tuvo que intervenir Juan Molinar Horcasitas (también integrante del cuarto de guerra de Felipe Calderón), para calmar los ánimos.

A pesar de esos encontronazos, Ortiz invitó a Giménez a una reunión en un departamento de la calle Moliere donde habían citado al consultor estadounidense Dick Morris. “La otra campaña fue entretenida, pero era de arranque, ésta (Manos Limpias) ya es un grave daño para Calderón”, diagnosticó el consultor al hacer la evaluación de los promocionales que estaban al aire. El estadounidense pidió entonces hablar con el candidato. Sería apenas una de las dos ocasiones en que Morris y Calderón se entrevistarían, pues en realidad la relación con el consultor estuvo a cargo de tres personas, Francisco Ortiz en el inicio de la contienda; Rafael Giménez heredaría la función tras la salida del publicista, y a nivel más ejecutivo, Juan Camilo Mouriño. En el equipo de campaña aseguran que el ex asesor de Bill Clinton y de Vicente Fox, entre los muchos mandatarios con los que ha colaborado, no recibió ningún pago de parte de Calderón o del PAN.

En las sesiones que sostenían con Morris, según diversos testimonios, “el equipo exponía cómo estaban las encuestas, cómo venían las cosas, qué estaba pasando, sucediendo, por dónde pensábamos ir, y él hacía algún apunte y daba algunas opiniones. Eran reuniones de tres, cuatro horas, se iba, y luego intercambiaba correos con Rafael y con (la analista política) Alejandra Sota (…). Quiso venir desde el principio. Decidimos escucharlo pero no integrarlo. (…) Nunca estuvo en ningún cuarto de guerra, en ningún grupo de toma de decisión, ni en la preparación de los debates, no estuvo en la crisis por el tema de Diego Zavala”.

(...)
En el punto muerto en que se encontraba la campaña en febrero, Morris, fanático en México del restaurante Prego, sugería adoptar el tema de la inseguridad, pero otros en el equipo daban la batalla por el tema económico. Como los argumentos eran defendidos con igual pasión por ambas partes, se acordó hacer un cuestionario para aplicar una encuesta con el que Morris, Giménez y Juan Molinar, pretendían conocer un poco más sobre cuál de esos elementos privaba en el interés de los ciudadanos. Así surgió un documento al que luego conocerían como Estrategia ajustada, en el que les queda claro, de nueva cuenta, que hay que aferrarse al tema económico. La investigación además les ayudó a definir que en contraste con “El presidente del empleo” (Calderón), debían ligar la figura de Andrés Manuel López Obrador con la palabra Deuda, y no Crisis como otros querían, para que el efecto nocivo fuera más contundente.

Con las aportaciones de Morris, los hallazgos de la encuesta y los análisis de Alejandra Sota y Rafael Giménez se hizo el giro definitivo hacia la economía como tema de la campaña, con la gran ventaja de que se trataba de un campo en el que Calderón se sentía muy cómodo. Con esa decisión, además, quedaba atrás la estrategia basada en una cuestión de atributos (Manos Limpias), y entraron en una campaña temática, terreno donde sentían que sí podían competir con López Obrador.

“Vámonos por el empleo”, “vámonos por el empleo”, fue la frase que se convirtió en una especie de obsesión del equipo. Con esa ruta, los estrategas de Calderón asumieron además que harían una campaña tipo incumbent, como se denomina en inglés a aquellos que están buscando reelegirse. “No cometamos el error de Labastida”, decía alguno en relación con la torpeza del ex candidato priísta que no supo aprovechar los logros de la presidencia de Zedillo.

Había razones para asumirse dueños de la oferta de continuidad. Según datos que dio a conocer por entonces la consultora GEA-ISA, entre 1992 y 2005 prácticamente se duplicó la clase media del país, o sea aquella que gana entre cinco y 11 salarios mínimos, mientras que durante la presidencia de Vicente Fox el crédito al consumo creció 40% por año.

El equipo podía enfrentar a la “sensación de estabilidad económica”, la “sensación de riesgo” que suscitaba López Obrador entre algunos sectores de la población, según revelaban sus encuestas.

Había llegado el momento de concretar lo que en la estrategia “desde siempre” fue claro: que tarde o temprano tendrían que entrar a lo que ellos denominaban una campaña de contraste entre el panista y el perredista. Ése fue el banderazo formal para que se concretara lo que sería el primer spot que, por un lado, abonaría el terreno del discurso económico para los panistas y, por otro, trataría de “desenmascarar” a un oponente lleno de atributos, como aparecía entonces Andrés Manuel.

Ese primer spot es conocido en el equipo como el de los “ladrillos” y se venía trabajando desde la segunda mitad de febrero. En él, unas manos van poniendo uno sobre otro ladrillos que tienen leyendas como “segundos pisos”, “pensiones”, “distribuidores”.

Cada vez que se pone uno, una voz grave lee la leyenda del respectivo ladrillo y pregunta “cómo pagó López Obrador” cada una de esas cosas, la respuesta es siempre la misma: “Se endeudó”. Luego la voz, siempre en off, asegura que AMLO “triplicó la deuda del DF” y a continuación advierte que “si llega a presidente nos va a endeudar más y vendrá una crisis económica (se ve otro tabique con la palabra crisis grabada), devaluación (escrito en otro ladrillo), desempleo (igual)” y de repente se colapsa el endeble muro mientras la voz alerta que “éstos son los grandes planes de López Obrador, un peligro para México”. Estas últimas cuatro palabras, además de escucharse, aparecen sobre una imagen en blanco y negro del político tabasqueño. Y finalmente la firma del Partido Acción Nacional.

De la mano de Dick Morris, con un tema surgido de la investigación, con el copy inicial del propio asesor estadounidense, con la ejecución y puesta en punto de Antonio Solá (consultor político español) y la producción de Ortiz (responsable de la campaña de Vicente Fox) estaba naciendo el primer eslabón de la campaña negativa de 2006, la más polémica que haya conocido México hasta hoy.

A pesar de su importancia, el mensaje pasó un tanto inadvertido, tanto para los panistas, atascados en su impotencia por la caída libre de su candidato, como para los perredistas, tranquilos en la cómoda ventaja de alrededor de 10 puntos que López Obrador tenía a finales de febrero. Cuando el primero de marzo la encuestadora GEA-ISA confirmó esa ventaja, Calderón detuvo la campaña.

Volantazo al aire
“Acabando esa junta se vienen a Sacramento”. Aitza Aguilar comunicó a varios de los integrantes del cuarto de guerra que el candidato los esperaba en la oficina de (la calle) Sacramento, también en la colonia del Valle. Entre los convocados estaban Rafael Giménez, Josefina Vázquez Mota, Juan Molinar Horcasitas, Juan Ignacio Zavala (cuñado de Calderón), Juan Camilo Mouriño, Alejandra Sota y, aparte, el entonces consultor externo Guillermo Valdés de GEA-ISA.

“¿Qué está pasando, qué nos está pasando?”, cuestionó serio Felipe Calderón a Rafael Giménez. En una intervención de alrededor de dos minutos, éste explicó que aunque se encontraban aún dentro de su nivel en intención de voto, lo que preocupaba era “que ahora por primera vez estamos perdiendo puntos”. El candidato cuestionó en seguida al consultor externo Guillermo Valdés, cuya encuesta de ese día primero de marzo le daba una ventaja a López Obrador de hasta nueve puntos. “Lo que nosotros estamos viendo es que la caída fuerte es entre trabajadores”, subrayó Valdés, quien ha sido asesor formal e informal de Calderón durante casi 10 años.

“Valor y Pasión por México” no había pegado. Juan Molinar Horcasitas ese día reconoció que se había equivocado al impulsar lo de los valores al gobierno. El candidato por su parte planteó su conclusión: “La campaña está mal. No está funcionando, no puede seguir así, necesitamos dar un golpe de timón. Yo viví la campaña de Castillo Peraza en el Distrito Federal en 1997, y no quiero que me pase lo que a Castillo Peraza. Carlos negaba la realidad de las encuestas. Si estamos mirando la información en que confiamos y nos está diciendo que no, que va mal, que estamos mal, que vamos perdiendo, no me va a pasar lo que a Carlos, una persona inteligente que negó la realidad”, adelantó Calderón a los ahí reunidos. En ese momento, además, planteó la necesidad de hacer un “ajuste total a la campaña, reorganizarla y tomar decisiones fuertes”.

En los siguientes tres o cuatro días deberían ser revisados todos los rubros y ejecutados los cambios debidos. Hubo luego una discusión sobre si era el mejor momento de anunciar el cambio de rumbo. Unos decían que no, argumentando que faltaba muy poco para que los distintos encuestadores salieran de nueva cuenta a sondear a la ciudadanía, y que por ende la gente no tendría oportunidad de percibir “cambio” alguno. La opinión pública podría entonces concluir que había fracasado la nueva estrategia.

Entre los que se oponían estaba Juan Camilo, que era partidario de realizar los cambios y esperar a que éstos fueran impactando antes de salir con el anuncio sobre los mismos. Felipe decidió finalmente que se anunciara de inmediato que habría cambios, lo mismo en una entrevista de radio que tenía ya pactada con Joaquín López Dóriga ese mediodía, que el lunes siguiente, en un evento que habría que armar ex profeso y que decidieron se llevara a cabo en el hotel María Isabel Sheraton, objeto por esos días de una polémica clausura por parte de las autoridades perredistas.

Con la entrevista a minutos de ocurrir, el equipo afinaba las líneas generales a comunicar. “Había una discusión sobre si debíamos reconocer públicamente que andábamos mal, ‘que nos iban a linchar’, decían algunos, y yo les dije: ‘Yo necesito apostar lo último del capital político que me queda, que es credibilidad’. Yo no puedo mantener la credibilidad si digo que las cosas cambian y que aquí no pasa nada, ¿no?”, comenta Calderón sobre lo que discutió con sus colaboradores aquel día.

“Muchas veces pensé, después de 1997 (cuando vio caer la preferencia del PAN en el DF en la campaña de Castillo Peraza), que si hubiéramos dado un golpe de timón y reconocido (la caída) tal vez hubiéramos tenido chance de recuperarnos. Y estábamos justo en el momento, si en 1997 no fuimos capaces de rectificar, por muchas razones, me incluyo en ellas, ahora dije: ‘tengo que rectificar, sí, tengo que ensayar la otra alternativa’, sin saber siquiera si iba a resultar. (…) Dijeron que era un suicidio político. De hecho, la opinión de López Obrador era que yo ya estaba reconociendo mi derrota, que ya estaba fuera de combate, y que la pelea era entonces con Madrazo, sé que eso fue lo que comentó internamente con su equipo”, rememora Calderón.

La entrevista radiofónica se convertiría en un testimonio poco común en la política mexicana, con elementos de candidez y con repercusiones inmediatas. Los analistas se dividían entre quienes sepultaban a Calderón en definitiva al catalogar el mea culpa como un error garrafal y una inocultable muestra de desesperación, y quienes, los menos, creían que había logrado convencer a la opinión pública de que se le diera una segunda oportunidad.

Pero más importante aún es el hecho de que, en la entrevista, Calderón pone sobre la mesa cada uno de los elementos cruciales de la estrategia política que instrumentaría, casi sin error, los siguientes cuatro meses: lanzar la idea de que se “puso las pilas”, presentarse como un presidente del empleo, invitar a “encuerar” la “amenaza” representada por López Obrador como un político endeudador, presumir que ya había colaboración entre la campaña y el PAN de Manuel Espino, y adelantar que regresaría a su equipo original –bautizado ese día como “mi escuadrón”–. Esto último implicaba una reestructuración de su equipo para, supuestamente, marginar a los expertólogos que, según dijo, le habían llevado a tener un pésimo lema de campaña y a confeccionar una imagen de candidato mocho.

La conversación, que duró alrededor de una hora, se dio con el estilo desenfadado y punzante que López Dóriga imprime en su programa de Radio Fórmula, en el que intercalaba mensajes del auditorio que le reclamaban a Calderón porque no veían que mostrara el perfil de alguien que busca en serio la presidencia de la República.

“La tregua (navideña) fue una especie de metida al congelador y otra vez tengo que calentar motores y efectivamente, creo que las cosas han ido bien pero efectivamente no he avanzado y necesito hacerlas mucho mejor”, dijo al arranque del programa.

“Porque otras opciones verdaderamente terminarían por llevar a México a un despeñadero al que no quiero que vaya”, señaló más adelante.

“La verdad es que la campaña interna la iniciamos con un equipo muy pequeño de jóvenes muy audaces, muy frescos, la mayoría voluntarios, y nos fuimos con el corazón, con el corazón por delante y luego la campaña, pues ya que tenía que ser más profesional y más gente y las encuestas y los grupos focales y ‘di esto’, ‘di lo otro’ y que en parte sí, yo creo, Joaquín, que empecé a decir y hacer cosas que no digo yo y que no soy yo”.

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Ese siguiente lunes, en un salón del Sheraton abarrotado de panistas, un Felipe Calderón sudoroso y arropado por Manuel Espino, nombró simbólicamente a Josefina Vázquez Mota como su jefa de campaña –ella se enteró en el momento mismo del anuncio– y relanzó su candidatura con el logo “Para que vivamos mejor”.

El acto se armó al vapor y con fines estrictamente mediáticos. No existía tal estrategia de relanzamiento. Lo que sí hizo Calderón esos días fue 1) reactivar a su escuadrón, liberado ya desde el fin de semana de Francisco Ortiz; 2) regresarle a la investigación su papel preponderante a la hora de definir tácticos; 3) decantarse definitivamente por una campaña temática, y no de atributos, y 4) dar el banderazo a la campaña negativa.

El 23 de marzo, apenas tres semanas después de la entrevista, el monitoreo de intención de voto empezó a mostrar resultados favorables, comenzó la recuperación y por primera vez era López Obrador el que perdía puntos.

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